Catorce años después de la gran crisis de los cayucos, un nuevo ciclo migratorio ha puesto a prueba a la frontera sur de Europa, Canarias, en un año del que se recordará el muelle de Arguineguín como el icono de un fracaso colectivo y de la afrenta a la dignidad humana que puede generar la tentación de reproducir los errores de Lesbos o Lampedusa. Pero más allá de sus cifras -23.000 llegadas, 1.851 muertos y desaparecidos, según Caminando Fronteras-, la ‘Ruta Canaria’ ha dejado en 2020 un reguero de historias de vida y muerte, de esperanzas y de una sociedad sometida a sus peores contradicciones por un virus de más largo recorrido que el de la Covid-19, la xenofobia.

Este es un resumen del año, en doce momentos:

Enero, 708 personas: Nacer y morir en la patera

El organismo de inteligencia que supervisa todos los esfuerzos de España para el control de la inmigración en África Occidental, el Centro de Coordinación Regional de Canarias, corrobora que las rutas han cambiado. Ahora convergen en las Islas. Las pateras llegan cada vez con más embarazadas y niños a bordo, a veces en condiciones límite, como la rescatada el día 8 al oeste de Lanzarote, con una mujer que acaba de dar a luz. Su bebé no sobrevive, muere antes de llegar a tierra. Descansa en el cementerio de Teguise en una tumba sin nombre, como tantos otros. Se llamaba Alhassane Bang.

Febrero, 1.181 personas: A la deriva a 800 kilómeros de El Hierro

El día 8, un carguero avisa de que ha encontrado una patera con una veintena de subsaharianos a 800 kilómetros al suroeste de El Hierro. Hay una tragedia a bordo. Dos helicópteros del Ejército del Aire evacuan al día siguiente a Tenerife a los ocho más graves, entre ellos una mujer que fallece nada más llegar. Llevan dos semanas a la deriva. Faltan dos de los ocupantes iniciales de la barcaza, que murieron de hambre y sed en la travesía, y cinco más, que saltaron por la borda, desesperados. 

Marzo, 1.477 personas: La niña que cruzó sola el mar

Es 30 de marzo, España lleva dos semanas confinada en casa y a Arguineguín llega una embarcación de Salvamar con 28 jóvenes subsaharianos a bordo. Entran en el puerto cantando, es su forma de agradecer que están vivos. No es una patera más, en el grupo hay un caso singular: una niña de ocho a diez años que viaja sola, se llama Mace. 

El jueves, cuando termine este año marcado por la pandemia que todo lo ha complicado, serán 2.400 los menores no acompañados bajo la tutela del Gobierno de Canarias, pero ninguno como ella. Nadie tan pequeño ha cruzado el mar en patera sin un pariente, un amigo o un conocido que la acompañe. 

Abril, 1.936 personas: La Covid lo complica todo aún más

La pandemia comienza a cambiarlo todo. Durante un par de semanas, el flujo de pateras parece haberse detenido. Es un espejismo: Marruecos ha sacado a la calle a sus fuerzas de seguridad para asegurarse de que su población respeta el confinamiento y ello, de rebote, contiene por un tiempo las salidas. En Canarias, los servicios de emergencia llevan ya días preguntándose cómo se podrá sobrellevar la acogida en un contexto de pandemia. De hecho, los CIE han cerrado al registrarse algunos contagios entre los internos y empiezan los test sistemáticos a todos los que desembarcan de una patera y las cuarentenas.

Mayo, 2.475 personas: La nave de la vergüenza

Con el temor al contagio del coronavirus, dejan de utilizarse la comisarías para las primeras 72 horas de retención de los inmigrantes y se buscan alternativas. En Gran Canaria, se habilita un almacén en el puerto de Las Palmas al que pronto las ONG se refieren como la nave de la vergüenza. El apelativo se lo gana en cuanto se revela que medio centenar de inmigrantes han dormido en ella en el suelo, hacinados, a medio metro unos de otros, sin duchas ni lugares para asesarse. Esa nave se sigue utilizando hasta noviembre, cuando el Defensor del Pueblo emite un informe en el que se denuncian todas sus carencias y sus condiciones insalubres.

Junio, 2.700 personas: Cruz Roja intenta anticiparse en Arinaga

En seis meses, las llegadas de inmigrantes ya superan a todo 2019, que a su vez había duplicado los datos de 2018. Cruz Roja intenta anticiparse a lo que parece que está por llegar y comienza a construir un gran campamento de acogida en el polígono industrial de Arinaga, pero el Ayuntamiento de Agüimes frena sus planes aduciendo problemas urbanísticos. La ONG desiste y desmonta lo construido. CEAR también alerta sobre el acelerón que van a experimentar las llegadas y pide que se traslade a parte de los inmigrantes a la Península. Por primera vez, se habla del riesgo de que se convierta Gran Canaria en “una isla cárcel”.

Julio, 3.136 personas: Arguineguín: del atasco nace un campamento

El principal puerto de operaciones de Salvamento Marítimo en Gran Canaria, Arguineguín, sufre las consecuencias del atasco que genera la incesante llegada de pateras combinada con las carencias de la red de acogida montada durante el estado de alarma, que comienza a desmanterlarse, porque los ayuntamientos reclaman con la desescalada los polideportivos y escuelas que cedieron en marzo. El 28 de julio, 58 personas, entre ellas tres niños, pasan más de 16 horas tendidos sobre el cemento del muelle de Arguineguín. Es el anticipo de lo que traerán los meses siguientes: un campamento pensado para 400 personas donde llegarán a hacinarse casi 2.600.

Agosto, 3.933 personas: Todos muertos en el cayuco

La Organización Mundial para las Migraciones, Cruz Roja y Acnur alertan: la ‘Ruta Canaria’ se está convirtiendo en la más mortífera del mundo. Se calcula que perece una de cada 16 personas que se aventura en el océano en ella. Agosto da una muestra con cifras terroríficas: 127 vidas se pierden en diferentes naufragios y accidentes en el curso de tres semanas. Entre ellos, los ocupantes de un cayuco a la deriva localizado el 19 agosto a 150 kilómetros de las Islas. A bordo, solo muertos. Quince cadáveres. Según las autopsias, murieron de hambre y sed entre ocho y diez días antes. “Eran saquitos de huesos, nada más”, dice una de las forenses.

Septiembre, 6.081 personas: Complejos turísticos, albergues de acogida

Las llegadas se multiplican con respecto a la media de los meses anteriores y la ruta da un vuelco. Empieza a ser utilizada mayoritariamente por personas de origen magrebí, cuando hasta ese momento era protagonizada por inmigrantes subsaharianos. El muelle de Arguineguín, convertido en un campamento, el 20 de septiembre se va llenando, la red de acogida se ve desbordada y, por primera vez, se recurre a los complejos turísticos como solución de emergencia. Inicialmente se utilizan para dar techo a 265 personas. Al cabo de dos meses, serán más de 6.000.

Octubre, 11.409 personas: Senegal vuelve a mirar al cayuco

Nunca antes habían llegado a Canarias tantas personas en patera en 30 días como en octubre, un récord que corrobora que 2020 va a ser histórico. Interior reabre los CIE de Tenerife y Gran Canaria con el propósito de reactivar las devoluciones, pero dos elementos se cruzan en su camino: la segunda ola de la pandemia, que aconseja reducir su aforo, y una sentencia europea que impide retener en ellos a quienes soliciten asilo. El ministro de Migraciones, José Luis Escrivá, visita Arguineguín y allí se da de bruces con la realidad: solo ese día y la noche siguiente llegan 1.105 personas en patera. Se comienzan a sucederse también la llegadas de cayucos multicolores: es evidente que cientos de jóvenes de Senegal vuelven a arriesgarlo todo en el mar, como en 2006, convencidos de que la covid y la sobrepesca de las flotas extranjeras les han dejado sin presente.

Noviembre, 19.556 personas: El colapso

Todo colapsa ante un aluvión sin precedentes de más de 8.000 personas en 30 días: La red de acogida, la comprensión inicial del sector turístico, el campamento del muelle y hasta la paciencia de las instituciones de Canarias, cuyo Gobierno anuncia abiertamente de que “se rebela” contra quienes pretendan que todos los inmigrantes llegados a las Islas se queden en su territorio. Exige solidaridad. Y, mientras, en Arguineguín, hay más de 2.600 personas durmiendo sobre el cemento. En el muelle no sobra ni un metro cuadrado, faltan garantías sanitarias, el derecho a la asistencia jurídica naufraga y las 72 horas máximas de detención que marca la ley se convierten en estancias de tres semanas en el muelle. Human Rights Watch, Amnistía Internacional y CEAR levanta la voz y el campamento de Arguineguín acaba cerrando cuando el Defensor del Pueblo advierte a Interior sobre sus condiciones indignas. El mes termina con una tragedia y un destello de humanidad: una patera vuelca en Órzola (Lanzarote), a escasos metros del muelle. “Solo” mueren ocho personas porque siete vecinos del pueblo no dudan en arrojarse al mar en una noche sin luna a socorrer a los que se hunden como piedras tras días agarrotados en la misma posición.

Diciembre, 22.932 personas (a día 27): Xenofobia: tenemos un problema

El Estado solo ha habilitado 300 de las 7.000 plazas en campamentos que prometió para ir vaciando los hoteles utilizados como albergues de inmigrantes (a falta de otro uso, porque el sector turístico sigue parado por la crisis de la covid). Un sector del empresariado y de la política local comienza a convocar manifestaciones con el propósito de “Salvar el turismo”, lema que algunos transforman rápidamente en “Fuera inmigrantes de los hoteles”. Se reactiva así un problema que ya había emergido en agosto en forma de manifestaciones en el pueblo de Tunte, cuando algunos quisieron ligar inmigración con Covid. Ese incidente del verano terminó con dos detenidos por incitación al odio y con llamamientos serios del Gobierno y el Parlamento de Canarias contra la xenofobia.