Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Análisis

Disculpe, caballero, este tipo es un grifiento

Últimamente ha cambiado mucho el concepto de experiencia política

El vicepresidente del Gobierno de Canarias, Román Rodríguez. | | LP/DLP

El vicepresidente del Gobierno de Canarias, Román Rodríguez. | | LP/DLP

Después de explicar lo bien que lo están haciendo en materia hacendística y presupuestaria gracias a que afortunadamente el Gobierno español y los comisarios de la Unión Europea coinciden en el análisis neokeynesiano de Román Rodríguez, el Gobierno autonómico y sus aliados habían ordenado preguntas y comparecencias para una defensa gallarda de su inexistente política económica.

Porque el Ejecutivo dispone de una política social y asistencial, la que figura en los presupuestos generales y la que improvisa, buena o mala, peor o mejor ejecutada, pero no tiene, por supuesto, una política económica. No la tiene porque no dispone de ningún margen de maniobra para tenerla. Pero no la tenía antes del apocalipsis covid: casi toda la preocupación del pacto de progreso se basaba en disponer de recursos financieros para aumentar las perras dedicadas a los sistemas públicos de sanidad y educación de la administración autonómica, más una cantidad reservada (entre muchos interrogantes) a la transición energética en el archipiélago. Por eso, cuando a principios del pasado año se buscó sustituto por la salida hacia el Ministerio de Política Territorial de Carolina Darias, Elena Máñez se le antojó a Ángel Víctor Torres una opción perfectamente admisible.

Torres, al anunciar el nuevo nombramiento, habló de Máñez como una política de largo recorrido que suponía una garantía para el Ejecutivo. Últimamente ha cambiado mucho el concepto de experiencia política. Máñez tiene una carrera política bastante similar –aunque más corta – que la de Darias. Ha ocupado muchos puestos donde, por lo general, no ha debido gestionar demasiado ni ha dejado ninguna huella apreciable, como la Delegación del Gobierno, la consejería de Política Social en el Cabildo de Gran Canaria o el Instituto Canario de Igualdad bajo la presidencia de Paulino Rivero. Sus conocimientos de economía son prácticamente nulos. Pero sería la fiscalidad, las relaciones con la UE y las políticas sociales quienes gestionarían de facto –bajo la coordinación casi zarista de Román Rodríguez– las acciones del departamento, que englobaría además Empleo y Conocimiento. Que conste que Máñez aceptó automáticamente, aunque le encantaba la vida de diputada en Madrid. Atrás –aunque seguramente no olvidado– queda el compromiso feminista y el gusto por las políticas sociales. Es la imagen casi perfecta de la socialista compiyogui, clase media acomodada, estilizada, cordial y con un punto de despiste que no conviene confundir con ninguna forma de debilidad.

Máñez intervino ayer en varias comparecencias y, como es obvio, no se despegó un milímetro del mediocre discurso gubernamental. Tampoco ofreció novedades. En su primera comparecencia resultó particularmente horrible, ofreciendo unas diapositivas con datos comparativos de empleo entre 2008, 2013 y 2020. Máñez palabreó durante un rato para mostrarse satisfecha porque, produciéndose en los últimos trimestres una caída del PIB más prolongada y profunda que en 2008, el desempleo era menor ahora. Evidentemente la consejera obtenía ese mágico resultado no incluyendo entre los parados a los inscritos en un ERTE. En ese caso, sí tenemos un paro muy similar al de 2008, superior al 32% de la población activa, y sigue subiendo. Que se presente en un Parlamento un gráfico tan tontorrón, pueril y exculpatorio como ese demuestra (este cronista no encuentra otras palabras y pide disculpas anticipadas por las elegidas) lo realmente jodidos que estamos, y no solo económica, sino también políticamente. Por supuesto, sobre los retrasos en la percepción de los salarios por parte de los afectados por los ERTE –una figura, por cierto, instituida en la reforma laboral de la satánica Fátima Báñez, calificada en su día como “una desgracia histórica” por el PSOE– ni una palabra. Tampoco sobre la eternización en el limbo administrativo de las ayudas para los autónomos, en su mayoría sin ver un euro desde el mes de abril.

Este irregular desempeño –por decirlo de algún modo– no afectó al optimismo de la consejera Máñez, a la que en medio de la migraña creí escuchar que ahora mismo la mejor política económica es vacunar a mucha gente. Quizás la mejor política sanitaria consistiría en nombrar consejera de Economía y Empleo a mucha gente. No tuve más remedio que salir a coger el aire y en medio de la calle, mientras esperaba a una amiga para tomar café o hacerme un psicoanálisis, se me acercaron dos hombres de mirada acuosa y voz temblona y me pidieron al mismo tiempo un par de euros para desayunar. Ambos se miraron escandalizados.

-¿Me quieres quitar el pan? –dijo uno.

-Yo me acerqué primero, cabrón – replicó el otro con cara de asco bajo unas barbas deshilachadas.

-Mándate a mudar.

- Disculpe, caballero, este tipo es un grifiento.

Empezaron a gritarse. Salí del medio y caminé a paso ligero hacia la calle de El Pilar. Al pasar a la altura del jardincillo del Parlamento, que domina su fachada, varios diputados bostezaban entre sonrisas. El final de los plenos siempre es muy duro.

Compartir el artículo

stats