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La ‘vietnamita’ frente a los golpistas

Diputados y sindicalistas canarios rememoran el temor con el que vivieron el 23F, un día en el que vieron peligrar las libertadas conquistadas tras la caída de la dictadura

Los diputados se levantan de sus escaños y miran hacia la puerta por la que irrumpe el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero

Los diputados se levantan de sus escaños y miran hacia la puerta por la que irrumpe el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero

Cuando en el Congreso de los Diputados empezaron a retumbar los disparos del teniente coronel Antonio Tejero, aquel 23 de febrero de 1981, el país se paralizó. Se encendieron los transistores de todas las casas y la mayoría de la población escuchaba estupefacta a través de la radio un relato que le trasladaba a los años más oscuros de la dictadura. En Canarias, a pesar de la aparente tranquilidad que da la lejanía con la Península, la ciudadanía salía a las ventanas y portales de sus casas para comentar los acontecimientos y tratar de arañar algún dato que pudiera apaciguar los ánimos. En la céntrica avenida de Mesa y López, de la capital grancanaria, junto a la Base Naval, se escucharon numerosos tiros al aire de varios exaltados partidarios del régimen franquista que celebraban antes de tiempo el triunfo de una operación que, de haberse culminado con éxito, habría cambiado la historia de España. “Iba en un taxi y escuché los disparos de un famoso fascista de esa época, al que llamábamos El Popi, que junto a otros cuatro simpatizantes lanzaban tiros al aire”, rememora Pepe del Toro, entonces un joven afiliado de Comisiones Obreras (CCOO) y simpatizante del Partido Comunista, que terminó la jornada en el calabozo.

Esa tarde, Del Toro había decidido disfrutar de un baño en la Playa de Las Canteras, pero sin separarse de su radio para seguir la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno. Al salir del agua, un compañero del sindicato se le acercó al grito de “¡hay disparos en el Congreso, es un golpe de Estado!”. Su mujer y su sobrina, asustadas, llegaron a la playa con la intención de refugiarlo en La Aldea de San Nicolás, porque entendían que su vida corría peligro. “Me negué a esconderme y salí corriendo hacia el edificio del sindicato a destruir papeles y a esconder documentación”, recuerda. Lejos de amedrentarse, se dirigió a la sede del Partido Comunista –situada entonces en la calle Prudencio Morales–, donde acordaron salir a las calles a dar información a la población sobre lo que estaba ocurriendo. “Fuimos hacia la zona del Auditorio Alfredo Kraus, donde antes estaban las conserveras, a repartir propaganda y a hacer pintadas, hasta que apareció un furgón de la policía donde nos metieron como a sacos de papas”, relata Del Toro. Junto a una docena de compañeros, pasó horas cargadas de incertidumbre, porque ni los propios agentes sabían cómo proceder y, entre ellos, comentaban que había que esperar a que hablara el Rey para tomar una decisión.

Esa jornada también se vivió con una enorme tensión entre las filas del Partido Comunista de España (PCE). “Salí del trabajo y me fui corriendo al consulado de Cuba para buscar asilo”, explica Juan Samper, un histórico militante de UGT que en ese momento tenía 34 años y era miembro de una célula del PCE. Una vez superado el impacto inicial, se reunió con sus compañeros en la sede que tenían en la calle Triana para organizar la hoja de ruta que tomarían si el golpe de Estado fructificaba. “Escondimos la documentación que teníamos y pasamos la tarde pegados a la radio”, recuerda Samper y detalla que una las tareas que llevaron a cabo durante la tensa espera, fue desempolvar la vietnamita, una fotocopiadora manual, casi clandestina, que tenían en el patio trasero de la sede. “Empezamos a imprimir propaganda para repartir por la calle en caso de que hiciera falta, si los golpistas conseguían su objetivo”, señala Samper. Quien ese día le dijo a su mujer, Rosa Delia, que no lo llamara y que no intentara localizarlo por ningún lado, a pesar de que ella celebraba ese día su cumpleaños.

Tejero irrumpió en el Salón del Plenos de Congreso de los Diputados a las 18.23 horas. En ese momento había 14 representantes canarios en la Cámara Baja -seis por la provincia de Las Palmas y ocho por Santa Cruz de Tenerife-. Uno de ellos era Jerónimo Saavedra, quien evoca que durante “las largas horas de silencio impuestas por los asaltantes” le fue imposible contener el recuerdo de lo sucedido en 1973, cuando Augusto Pinochet creó un campo de concentración y tortura para militantes políticos en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, tras dar su golpe de Estado. “Pensé que terminaríamos todos retenidos en el Bernabéu”, recuerda Saavedra, a quien también se le pasó por la cabeza que ya no podría vivir más en España y que tendría que emigrar a Italia o Alemania para trabajar en alguna universidad.

La única diputada canaria, María Dolores Pelayo, recuerda que el actual alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, tenía un pequeño transistor a través del que podían seguir con mucha discrección lo que sucedía en el exterior, que distaba mucho del relato que los golpistas les anunciaban a viva voz, con la intención de hacerles creer que su propósito había triunfado. “Solo podía pensar que todo el trabajo que había realizado y el sacrificio que había hecho con mi profesión y mi familia, podía quedarse en nada; fue demoledor ver lo fácil que resultaba derrumbar con la violencia las conquistas que habíamos logrado”, explica Pelayo.

“Al escuchar los disparos nos tiramos al suelo porque no sabíamos si estaban tiroteando al Gobierno. Tenía miedo, pero también rabia al pensar que se podía repetir la historia”, detalla José Miguel Bravo de Laguna. Quien recuerda como un momento de gran tensión cuando sacaron del hemiciclo a Adolfo Suárez (UCD), a Felipe González (PSOE), a Santiago Carrillo (PCE) y al ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún. “En ese momento no sabíamos a dónde los llevaban, ni qué pasaría con ellos, pero los tuvieron encañonados en el Salón de los Pasos Perdidos, uno en cada esquina”, revela Bravo de Laguna.

Luis Fajardo Spínola, cuyo escaño se situaba entre el de Gregorio Peces-Barba y el de Enrique Múgica, reconoce que llegó a plantearse con rabia que el país “no tenía remedio” y que “se iba a romper una democracia que tanto había costado construir, después de años luchando contra la dictadura”.

A la 1.14 horas del 24 de febrero, el Rey Juan Carlos I ofreció un discurso a través de Televisión Española en el que anunciaba que las intenciones de Tejero habían fracasado y el ánimo de los españoles se aquietó. Ese mismo día, con la reseca del golpe de Estado, fuerzas políticas y sindicatos comenzaron a trabajar en la convocatoria de una manifestación multitudinaria en pro de la democracia, que transcurrió el día 27 de febrero en todas las grandes ciudades del país y la sociedad se echó a la calle para defender su libertad. Desde entonces, lamenta Saavedra, la política española ha retrocedido en el talante, en la cultura del pacto, en el respeto mutuo y en la tolerancia. “Hay una nueva generación al mando de los partidos y los medios colaboran avivando la crispación y el enfrentamiento. España se ha convertido en un país insoportable en la convivencia, con una sociedad muy polarizada”, concluye el histórico socialista.

Spínola considera que “hay que valorar más la recuperación de la democracia y no ponerla en peligro, sino luchar para elevar su calidad” y destaca que “antes, los enfrentamientos eran duros pero nunca se perdían las formas”. En esta línea, María Dolores Pelayo considera que la clase política actual “es una jauría que va a tirarse a la yugular del adversario y hace falta que se paren a reflexionar, porque solo se mueven por ambiciones negativas”. Bravo de Laguna afirma que “las generaciones más jóvenes no han tenido que vivir esa incertidumbre política y, aunque ningún sistema es perfecto, este es el menos malo”.

El entonces diputado por Las Palmas, Antonio Márquez, apunta que el Rey Juan Carlos I “se hizo grande ese día, pero en estas cuatro décadas ha deteriorado su figura por su forma de actuar y por sus errores personales, algo que ha sido devastador para él y para la monarquía”. Este martes se conmemora el 40 aniversario del 23-F sin la presencia del Rey emérito, a quien la historia define como un personaje clave para abortar el intento de golpe de Estado. El Congreso de los Diputados celebrará un acto, presidido por el Rey Felipe VI, en el que se recordará cómo la sociedad española reaccionó para defender la democracia.

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