Manuel Cabezudo es otro canario solidario con los migrantes llegados de forma irregular. Acoge en su espacio de ‘coliving’, en la capital grancanaria, a ocho senegaleses que dormían en la calle. Se negaron a que los trasladaran desde los hoteles de Gran Canaria a Las Raíces, en Tenerife, por miedo a la deportación.

Manuel Cabezudo lo hace de forma desinteresada. Solo le mueve la solidaridad. Acoge en su espacio de coliving a ocho migrantes senegaleses que dormían en la calle. Cuando Sara Fresno, una psicóloga grancanaria que vive en Francia, lanzó un aviso a través de Facebook el pasado trece de febrero –tras conocer en una web en la que colabora, muy popular entre los migrantes (Protégeons les migrantes, pas les frontieres: proteger a los migrantes, no a las fronteras), que en Canarias había chicos tirados en la calle y necesitaban ayuda–, Manuel no se lo pensó. Ni él, ni otro centenar de personas que han terminado creando la plataforma ciudadana Somos Red.

Una familia acogió a un chico senegalés, una señora mayor a otro, y Manuel decidió albergar a ocho muchachos que, al salir de los hoteles del sur de Gran Canaria, no querían ir al macrocentro de Las Raíces, en La Laguna, donde otros migrantes denuncian que pasan hambre y frío y, además, ellos temían ser deportados. Así que se quedaron en la calle.

Manuel optó por albergar a los ocho senegaleses. Pero Somos Red no ha parado. A la semana de acoger a estos chicos la plataforma ciudadana se encontró con la expulsión o marcha voluntaria de 64 personas del centro Canarias 50, en La Isleta, de origen magrebí, de los cuales 41 están en la calle desde el viernes de la semana pasada. Y allí anda Manuel echándoles una mano. Se le ha acumulado el trabajo pero lo hace porque le mueve la solidaridad y, como a otros, le enerva que las instituciones se pongan de perfil, como en el caso de los 41 migrantes magrebíes o de estos chicos senegaleses. Las dos historias se entremezclan, aunque los senegaleses quizás tuvieron más suerte porque ocurrió antes que lo de los magrebíes y tienen un techo, pero Manuel no cuenta con capacidad para albergar a más gente. Tiene una infraestructura de coliving, que es una evolución del coworking en el mercado de la vivienda, que dota de espacios a los residentes, generalmente profesionales, que además de compartir un lugar de trabajo, comparten una casa donde pueden seguir intercambiando experiencias, laborales y vitales. Antes del Covid en este espacio hacían numerosas actividades culturales.

Reciben clases de español, apoyo psicosocial y legal, aunque es temporal porque quieren irse

Previo a albergar a los ocho senegaleses, Manuel les preguntó a las personas que conviven allí de distintas nacionalidades si estaban conformes y nadie se opuso, aunque es evidente que es un choque cultural, son todos varones y su forma de vida y creencias es distinta a las de Europa. Pero van encajando. Manuel recalca que es un espacio de emergencia temporal y que estas personas quieren seguir su tránsito a Europa y trabajar.

Los chicos acogidos prefieren no dar su nombre. La mayoría son pescadores. Uno de ellos tiene 25 años y optó por abandonar Senegal para buscar una vida mejor. Aunque en la pesca tenía trabajo, en Senegal ganaba muy poco dinero y decidió jugarse la vida en el mar para labrarse un futuro mejor. Recuerda el viaje en la patera como muy complicado, iban 30 personas y llegó muy cansado. No imaginaba que venía a Canarias y solo esperaba –o le habían vendido la quimera– que al llegar a Europa encontraría empleo. Lo que ocurre es que arribó a unas islas y no puede seguir su viaje. Dice, como tantos otros, que tiene un tío en la Península que le paga el billete pero no le permiten viajar. Al llegar a Gran Canaria, primero fue al centro de Barranco Seco donde estuvo seis días, después a un hotel en Amadores en el sur de la Isla, luego, por el desalojo de los establecimientos turísticos, lo quisieron llevar a Tenerife, a Las Raíces, pero él, como otros, tuvieron miedo de emprender este viaje por temor a que los deportaran. Así que se quedó en la calle. Somos Red calcula que hay cientos de migrantes en esta situación.

Una vez en la calle le daban de comer en la mezquita de Vecindario, explica, y dormía a la intemperie. Estuvo días así hasta que contactó con una persona de Cruz Roja que había conocido en Barranco Seco y de allí llegó a Manuel y a todos los de Somos Red. Lo que al principio eran pocos chicos en apenas días se convirtieron en más. Esta plataforma presta apoyo a una cuarentena de personas subsaharianas y ahora se ha encontrado con los 41 marroquíes del Canarias 50, para los que piden un techo a las administraciones. Manuel acoge a los senegaleses y desde la plataforma consiguen ropa y y comida. Desayunan y comen en un bar cercano y una vez al día ellos mismos elaboran sus platos senegaleses en la cocina comunitaria. Les están dando clases de español y desde Somos Red se les presta atención psicosocial porque sus historias son muy duras. También están recibiendo asistencia legal para determinar si pueden pedir protección internacional. Ellos desean irse a Europa y, mientras están aquí, solo han pedido algo tan simple como tener wiffi para poder hablar con sus familiares. Y la tienen. Llevan una buena convivencia con el vecindario. Manuel lo dice alto y claro: la respuesta no es la xenofobia, sino la integración.