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Crisis migratoria | Mujeres solidarias

‘Superheroínas’ de Cruz Roja

Seis mujeres cuentan el trabajo que hacen para ayudar a los migrantes y y no entienden el acoso que sufre la ONG por auxiliar a estas personas

Por la izquierda Mari Afonso, Paula Atochero, Carla Santana (de pie), Iara Dechanp,  en el centro, Alicia García a su lado y Fina Ramal, en las dependencias de Cruz Roja en Las Palmas. | | LP/DLP

Por la izquierda Mari Afonso, Paula Atochero, Carla Santana (de pie), Iara Dechanp, en el centro, Alicia García a su lado y Fina Ramal, en las dependencias de Cruz Roja en Las Palmas. | | LP/DLP

Son seis mujeres con sólidas convicciones: ayudar a los demás, sean de dónde sean. No importan las nacionalidades, solo que requieran auxilio y así, desinteresadamente, colaboran con Cruz Roja para asistir a los migrantes que llegan en pateras y cayucos a las Islas. Unas en el muelle de Arguineguín y otras en los recursos y hoteles donde están albergados. Algunos voluntarios de la ONG han sufrido acoso en las redes o insultos personales por ayudar a los migrantes.

Escucharlas emociona y más de una vez se saltan las lágrimas cuando hablan durante la entrevista. Son mujeres de distinta edad, da gusto oírlas y da enojo lo que sienten cuando en las redes sociales o en la calle tratan mal a las voluntarias y voluntarios de Cruz Roja por el simple hecho de ayudar a los migrantes, esos brotes de xenofobia que ninguna comparte ni entiende porque como, otros miles de compañeros, se dejan la piel por auxiliar a las personas, porque está en su ADN hacerlo. Y en su forma de entender la colaboración no existen las nacionalidades, solo las personas necesitadas y los miles de migrantes que han llegado a Canarias -23.000 el año pasado y 2.340 hasta febrero de este año- lo son. Son seres humanos, con historias personales muy duras, que llegan a unas Islas muchas veces sin saber dónde están, que sienten rechazo y ven frustrado continuar su proyecto de vida hacia Europa, que es lo que, en general, quieren, coinciden en señalar.

El presidente de Cruz Roja en Canarias, Antonio Rico, denunció recientemente en el Parlamento el “acoso” que sufren los voluntarios que atienden a los migrantes en los centros de acogida que están bajo su organización, especialmente a través de las redes sociales. Y criticó que los acosadores “insisten en un mensaje incierto”: que los inmigrantes “tienen subvenciones importantes y viven estupendamente”, “sacrificando” a la población canaria.

“Aprendimos a bofetones porque había una pandemia y llegaban muchas pateras, pero estamos 24 horas para ayudar”

Mari Afonso - Auxiliar de Enfermería

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Estas seis voluntarias no suelen mostrar públicamente lo que hacen, pero esta vez aceptan contar su trabajo, para que se conozca el esfuerzo que realiza Cruz Roja. Fina Ramal, médica voluntaria, es taxativa sobre las cuestiones negativas sin fundamento que salen en las redes sociales. Dice que no hay que hacerles caso porque son solo cuatro personas que intoxican. Como si no existieran, enfatiza. Pero estos mensajes negativos a veces calan y se amplifican y eso genera impotencia.

A Paula Atochera, enfermera de 29 años, la insultaron cuando salía de una intervención en el muelle de Arguineguín. Paula recuerda que estaba con un compañero senegalés que tenía una beca de estudios y la policía les tuvo que escoltar hasta el coche porque al verlos en la calle con el chaleco de Cruz Roja les empezaron a increpar. Siente impotencia porque “no es correlativo” esos insultos con la labor que hacen y mucha gente habla sin saber y alentados por los mensajes negativos de las redes sociales. Paula Atochero, enfermera de Madrid, estuvo en ese muelle de la vergüenza atendiendo en la primera emergencia a los migrantes que llegaban. Vino a colaborar con Cruz Roja hace seis meses porque le interesa la ayuda humanitaria. Tiene un máster en salud internacional. Lo del muelle fue “inhumano”, expone, por tener a tantas personas hacinadas en ese espacio. Llegaron a ser 2.300 migrantes. Paula cree que hay que conocer las historias individuales, que son personas que no solo lo pasan mal en el trasiego del viaje, “es que han dejado a familias detrás, a fallecidos en el mar, pero imaginen lo que les queda aún por pasar”, recalca vehemente, porque no saben que será de ellos, si van a poder seguir su tránsito, si van a ser deportados o van a poder trabajar. Cuando Paula los atiende sanitariamente nada más llegar en las pateras y cayucos, si es una ruta muy larga arriban con hipotermias, deshidratación... “Es duro”, señala, y Mari Afonso, otra voluntaria que ha estado en el muelle, asiente. Una de las historias que más marcó a Paula fue, sin duda, la de la madre que trajo a dos mellizos, un niño y una niña de 10 años, de Guinea Conakri. El pequeño murió y lo tiraron por la borda delante de su hermana y de la progenitora. La mujer se quedó en shock. Paula fue la que ayudó a desembarcarla y esa señora “estaba fatal”, evoca.

Fina Ramal, médica y cooperante, pasa consulta en los hoteles de la capital grancanaria

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Ella se siente completa haciendo su labor de ayuda humanitaria pero no puede con los brotes de xenofobia infundados. ¿Merecen recibir insultos? No. Los voluntarios no cobran, han estado al pie del cañón tanto con la covid como con la masiva llegada de migrantes.

Estas seis mujeres aprovechan que mañana es el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, para reivindicarse como mujeres trabajadoras y como féminas voluntarias que, sin duda, realizan una labor impagable: ayudar a los demás.

Pensionista

Mari Afonso es auxiliar de enfermería y ahora es pensionista. Vive en Maspalomas, en El Tablero, y empezó a colaborar en Cruz Roja hace cinco años pero también estuvo en Protección Civil. Es referente de voluntariado en la comarca Sur, es decir, lleva el voluntariado de la zona. Sus hijos son mayores, su marido también es pensionista y decidió ayudar metiéndose en Cruz Roja, que “es la tabla de salvación de la gente que no tenemos mucho que hacer”, cuenta Mari.

“Algunas personas me insultaron al salir de Arguineguín por ser de Cruz Roja, sin saber lo que hacemos”

Paula Atochero - Enfermera

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Como a Paula, le tocó vivir el muelle de Arguineguín, aunque en los meses con más afluencia fue operada, pero lleva “haciendo pateras”, como ella dice, mucho tiempo. Ambas insisten en que todos estaban desbordados por la aglomeración de personas en ese espacio y en una situación de pandemia. “Aprendimos a bofetones”, dice Mari, porque hubo un repunte de pateras desde finales de 2019 y, encima, vino el coronavirus en marzo, donde Cruz Roja también colabora en dar una respuesta a personas afectadas por la covid.

Han atendido a 166.000 personas en distintas áreas, realizando traslados sanitarios, seguimiento telefónico a los mayores, despliegue de albergues a personas sin hogar, apoyo psicosocial, educación virtual a los niños, por decir algunas de sus actuaciones. No han parado. Son 17.600 voluntarios en Canarias de los que 3.400 se han incorporado para hacer frente a la covid.

Tres estudiantes, una enfermera y una pensionista también se dejan la piel por colaborar

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Mari transmite humanidad. Cuenta que en un día tuvieron 19 pateras, incluidas las noches: ”Son 24 horas trabajando porque las pateras no llegan a la 9 de la mañana, llegan cuando llegan , de madrugada, a cualquier hora, y nos llaman y acudimos”. No solo hacían la primera intervención sino, como no los trasladaban del muelle, debían ducharlos, darles la comida, adecentar el sitio... Los subsaharianos llegaban mucho más “cascados” tras muchos días en el mar, aunque es cierto que hay pateras de magrebíes que se pierden. En definitiva, lanzarse al mar es un drama. Se quedan sin comida, sin bebida y suelen llegar deshidratados y, por desgracia, personas fallecidas. Ella ha visto muchas personas muertas, explica, y otro tipo de hechos, como una vez que arribó una mujer que había dado a luz y la placenta se la tuvieron que quitar en el hospitalito del muelle, y meterla en una ambulancia medicalizada con el aire acondicionado caliente para que “ese niño cogiera vida, porque estaba frío, y teníamos que sacarlo adelante como fuese”. Con tantas pateras una se acostumbra, entre comillas, a ver situaciones terribles, dice Mari, aunque cuando llegan a casa y piensan, a veces lloran y no lo pasan bien. Por si acaso, tienen equipos de psicólogos. El drama del muelle de Arguineguín fue desmesurado. ”Los voluntarios prácticamente estaban 24 - 48 horas, se iban a dormir a la roulotte de la lado, y a trabajar“. “Fue agotador tanto física como emocionalmente”, insiste, aunque quiere resaltar que la atención a los migrantes por parte de Cruz Roja, de los médicos, de los equipos que estaban allí, fue de “diez” porque se dejaron la piel.

“Fuimos a un centro de hombres y nos daba miedo por la diferencia cultural, pero nunca faltaron el respeto”

Carla Santana - Estudiante

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Iara Dechanp, Carla Santana y Alicia García no han vivido el muelle pero colaboran en los centros, en especial en el de Tafira, para atender a los migrantes.

Tres jóvenes estudiantes

Las tres tienen 20 años, son estudiantes universitarias y manejan las redes sociales. Están en completo desacuerdo con lo que se escribe en contra de Cruz Roja. Iara y Alicia estudian Trabajo Social y Carla Derecho y en octubre decidieron colaborar con la ONG. Iara siempre quiso hacer voluntariado y uno de los amigos de su padre que está trabajando activamente le dijo que necesitaban voluntarios. Era salir de su zona de confort, pero lo hizo, como sus dos amigas. Las tres viven en las Palmas y les tocó ir al centro de Tafira donde, al principio, solo había hombres pero ahora acogen a familias con niños.

“No somos nadie para ponerles ni muros ni vetos; ellos solo quieren irse pero no son libres para hacerlo”

Fina Ramal - Médica

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El primer día fue un poco “chocante” porque escuchar sus historias “es muy fuerte”, cuenta Iara, y se emociona. Con lágrimas en los ojos explica que se sintió muy identificada porque sus padres emigraron de Argentina y tuvieron que pasar todo ese proceso y el papeleo para poder hacer una vida aquí. En el caso de Carla, ella siempre vivió con su abuela a la que le dio un ictus y la nieta la cuidaba. Así se dio cuenta de que le gustaba colaborar. Las tres tienen que estudiar pero buscan tiempo. Lo que hacen es “distraer” a los migrantes, que no piensen en sus familias que dejaron: hacen deportes, refuerzo de español, juegan con los pequeños...

“Quise colaborar y me sentí identificada porque mis padres también son emigrantes de Argentina”

Iara Dechanp - Estudiante

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Según Carla, al principio, al ser un centro de hombres les dio como “un poco de miedo por la diferencia cultural”, porque en esos países desgraciadamente hay mucho machismo, pero no hubo problemas ni falta de respeto. Hasta terminaron jugando al fútbol. Cuando llegaron las familias con niños fue muy fácil. Juegan a juegos senegalés, a la gallinita ciega, al pañuelito con los niños, “y también con los padres”, precisan. Los menores que van al colegio a las dos semanas ya hablaban español. “Son esponjas”, dicen. Alicia narra la historia de un chico de Senegal de 23 años, que les chocó a las tres, porque estaba estudiando Finanzas en la universidad y lo dejó todo porque en su país no tenía futuro. Alicia le comentó a ese joven lo de los enfrentamientos en Maspalomas y los brotes xenófobos y, en cierto modo, el chico le respondió que podía entender que la gente se asustara pero aclaró a las chicas: “No todos somos iguales”. Él quiere irse a Francia y continuar con sus estudios universitarios pero con la ‘excusa’ de la covid le han impedido seguir su tránsito. Todos los migrantes tienen test PCR y los canarios o peninsulares sí viajan. Pero ellos “no son libres” para hacerlo, aunque tengan pasaporte y dinero, puntualiza Fina Ramal, una médica de Barcelona que lleva años en Canarias y respondió a la llamada de Cruz Roja en diciembre. Tiene un curriculum extensísimo. Fue enfermera asistencial durante 17 años en servicios de Salud Mental, luego médico en Atención Primaria y Urgencias, ahora es profesora de la ULPGC en la Facultad de Ciencias de la Salud e imparte cooperación sanitaria. Además es cooperante durante doce años y trabaja en un proyecto en Mozambique para la formación de médicos y especialistas locales. Con la covid no ha podido viajar y estaba “más ociosa de lo habitual”, precisa, y al ver el llamamiento de Cruz Roja de que necesitaban médicos contestó. Ella atiende a los migrantes que están en los hoteles de Las Palmas de Gran Canaria.

Faltan dentistas voluntarios

Fina pasa consulta una vez a la semana, los valora, y lo que hace es filtrar para determinar a quién debe mandar al centro de salud o ella misma diagnosticarlos. Esto es importante para las personas que están en los hoteles, todo hombres, porque hace que se relajen pues hay mucha frustración y necesitan apoyo psicosocial, en general, expone. A demanda de los centros de atención integral ha dado talleres en Tafira y en Ingenio a mujeres con niños sobre la importancia de los hábitos de limpieza para la salud, la higiene bucodental porque tienen “muchísimos” problemas dentales, como caries y gengivitis. Y aquí hace un inciso: se necesitan dentistas voluntarios porque remitir a estas personas a centros de salud va a ser inviable.

“Un chico senegalés me dijo que ‘podía’ entender los actos xenófobos, pero que no todos son iguales; él quiere estudiar”

Alicia García - Estudiante

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También les da talleres de alimentación para los bebés y el efecto que el azúcar causa en los dientes, por ejemplo. Les puso radiografías de los bebés para que vieran que nacen con dientes y se quedaron “flipadas”, pero entendieron por qué si les dan la chupa con miel, el primer diente sale con caries. Y uno de los últimos talleres fue sobre la crianza respetuosa que implica una forma de criar donde el niño es el centro, y en ese taller aprovechó para “introducir conceptos de cómo funcionan las cosas aquí y sobre la protección al menor”.

Tres estudiantes, una enfermera y una pensionista también se dejan la piel por colaborar

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El mayor problema es la falta de información, recalca. Son personas que están en movimiento, “han sufrido lo que no está escrito, y solo quieren seguir su tránsito”. Los macrocentros no son una solución porque hay personas con historias y vidas diferentes y pueden producirse, lógicamente, fricciones entre ellos, y mucha frustración, porque necesitan continuar con su camino y “no somos nadie para ponerles ni muros ni vetos ni limitaciones”, sentencia.

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