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Parlamento de canarias | Visto con otra mirada

Supercalifragilisticoespialidoso

Elena Máñez saca dinero de su bolso y Dick Van Dyke se despista y ayuda a ganar a Coalición Canaria una votación

El consejero socialista José Antonio Valbuena, en un momento de la sesión de ayer. | | MARÍA PISACA

En una de sus primeras crónicas parlamentarias sobre las Cortes de la II República Josep Pla, que aún conservaba algunas ilusiones, se refería a la política como “una astucia al servicio de la realidad”. Ha llovido mucho desde entonces. Llovió una guerra civil. Ahora mismo nos llueven encima taradas y tarados que quieren jugar (y juegan) a la guerra civil. Me encantaría disponer de una máquina del tiempo y remitirlos al bombardeo de Guernica o a la batalla del Ebro, a una checa en el verano madrileño del 36 o pudrirse en un campo de trabajo franquista. La peña aplaude a una pésima gestora que hace demagogia con la masa madre de su propia estupidez, a un rogelio pecholata que va en sudadera y acompañado por guardaespaldas de la Policía Nacional a luchar contra el fascismo, a un catedrático de Metafísica que repite, como si fuera un valor incalculable, que es una persona seria. ¿Y su seriedad qué carajo me importa? Lo que faltaba es que usted se tirase pedorretas en público. La política es propaganda sentimental altamente tecnificada al servicio de sí misma, y si la realidad no coincide con ella, tanto peor para la realidad. Y es en la puñetera realidad donde vivimos la mayoría.

El cronista, en fin, no estaba de un humor precisamente magnífico. Empeora cuando ya en la tribuna de prensa lee la exposición de motivos de la propuesta de ley orgánica para la derogación de parte del artículo 315 del código penal, donde se pone a parir al Partido Popular. Se puede y sin duda se debe poner a parir al PP (como al PSOE, a UP o a CC) en muchos sitios, pero no en la exposición de motivos de la reforma de una ley orgánica. Es una de esas barbaridades que no interesan a nadie, pero que erosionan la calidad de la producción jurídica y la salud misma del sistema democrático, y no es la primera vez que ocurre en el último año. El cronista se asoma al salón plenario y es incapaz de detectar, aun cargándose con toda la buena voluntad del mundo, ninguna astucia al servicio de la realidad. Dos largos días de pleno dan para mucho. Y lo que sí se pudo detectar es una reactivación de la oposición, que en algunas ocasiones abandonó su papel de estatua de sal.

Se puede ver, por ejemplo, a un consejero de Sanidad encorajinado porque uno de los diputados más razonables y precisos del PP, el doctor Miguel Ángel Ponce, le advierte que es conveniente modificar ciertos protocolos sanitarios, porque la cepa inglesa del coronavirus está desparramada por Canarias, y es más letal y al tiempo tiene un periodo de incubación más largo. A Blas Trujillo le molesta que le fastidien la digestión del desayuno (o será la merienda) con malos augurios y no responde nada positivo. O un buen discurso de Oswaldo Betancort, alcalde además de Teguise, clamando por la situación turística de su isla, replicado con su habitual y cansina displicencia por el socialista Iñaki Lavandera. Al señor Lavandera parece dolerle físicamente exhalar palabras dirigidas a la oposición. Le tocaba interpelación a la consejera de Economía, Elena Máñez, a la que algún periodista malvado llama por los pasillos la Mary Popins rubia, rigurosa y afable a la vez, y siempre sacando millones del bolso que nadie ve, pero que obviamente están ahí. Supercalifragilisticoespialidoso fue su discurso, en la que explicó que el Gobierno llega y llegará a todas partes con su maná, que las pymes y los autónomos no podrán tener motivos de queja, y que además la morterada –miles de millones, como de costumbre– va a reformar profundamente la economía de Canarias: una economía más digital, más verde, más sostenible y basada en la investigación y el desarrollo. Y todo esto, no te lo pierdas, Dick Van Dyke, por la mera transferencia de recursos –la señora Máñez se refería al reparto de las ayudas directa del Estado, aprobadas recientemente, aunque también aludió a sus propios recursos y programas. Por supuesto, hay que subrayar, y así lo hizo la consejera Máñez, que nunca antes se habían aplicado tantos medios económicos para auxiliar las empresas, pymes y autónomos, lo que no deja de ser sorprendente, porque los recursos transferidos de Madrid y, en su momento, de Bruselas, están y estarán destinados a evitar que caigamos en el canibalismo. Es como extasiarse por la abundancia de bomberos y mangueras de agua en un incendio devastador. Nunca se aplicaron estos recursos –sencillamente– porque nunca se ha producido esta situación. Máñez, por supuesto, insistió en que comenzará a crearse empleo en el segundo semestre del año. Es posible. La cuestión es cuanto se tardará en llegar al 19,5% de paro de enero de 2020 –que no es una tasa insignificante– y como siempre, cuál será su calidad y su resistencia a corto y medio plazo.

Entre todo el barullo desasosegante dos consensos llenos de sentido común. La aprobación por unanimidad del decreto ley de Mejoras de la Prestación Canaria de Inserción, con el agradecimiento de Noemí Santana, consejera de Derechos Sociales, justificadamente satisfecha, agradeció a todas las fuerzas políticas. La aprobación, igualmente de todos los grupos, de la proposición no de ley presentada por Cristina Valido para garantizar el derecho de los afectados por desórdenes psicológicos como efecto de la pandemia al acceso a apoyo psicológico en Atención Primaria. Y por último el triunfo inopinado de CC al ganar la votación en la PNL que presentaron para eximir del pago del impuesto de la renta de las personas físicas a los insertos en ERTE, excluyendo al SEPE como segundo pagador. Los coalicioneros ganaron por 33 votos a favor y 32 en contra. Las PNL, obviamente, no son de obligado cumplimiento por nadie. Pero es curioso que las fuerzas de la izquierda parezcan preferir que Hacienda clave a trabajadoras y trabajadores que perciben como media 500 euros mensuales. Por cierto, Román Rodríguez no estaba en ese momento en el pleno, y por tanto no votó. No hubo astucia: se despistó. Como con el superávit.

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