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Crisis migratoria | Convivencia con los canarios

“Cuando les das algo, en los ojos ves la profundidad de su agradecimiento”

Familias de La Laguna entregan ropa y alimentos a los migrantes de Las Canteras para ayudarles a sobrellevar su nueva vida | Critican el rechazo de vecinos de la zona

“Cuando les das algo, en los ojos ves la profundidad de su agradecimiento”

“Cuando les das algo, en los ojos ves la profundidad de su agradecimiento”

Pedro González Bello, vecino de Las Canteras, en La Laguna, participó en la construcción del antiguo acuartelamiento militar ahora gestionado por el Ministerio de Migraciones. Cuando acabó la obra un comandante lo convenció para que fuera a construir una piscina en una base militar española en El Aaiún, en el Sáhara Occidental. Y allí trabajó durante tres años. Al regreso, hablaba muy bien de cómo lo había tratado la población local en la entonces colonia española. Pedro tuvo cinco hijos y a la mayor, Conchi, le enseñó unas pocas palabras en árabe. Medio siglo después, son hombres magrebíes y subsaharianos los que intentan trabajar en Europa y, por ahora, viven en el cuartel que Pedro ayudó a levantar. Sus tres hijas, con sus parejas, una cuñada y algunos de sus nietos, han decidido involucrarse en una experiencia de solidaridad espontánea, sencilla y humilde, pero que desborda humanidad y entrega hacia quienes denominan como sus “nuevos vecinos”. Conchi González asegura que, “cuando les das algo, en los ojos ves la profundidad de su agradecimiento”.

Su hermana Miguelina y su marido, José Dorta, viven en una de las calles por las que los usuarios del centro de acogida caminan hacia el casco histórico lagunero. De la observación de esas personas, en cholas y con escasa o nula ropa de abrigo, nació la idea de que podían darle algún calzado deportivo o alguna chaqueta que José ya no utilizara. Esos pequeños gestos han ayudado a los magrebíes o subsaharianos que viven en el antiguo cuartel. Pero también reconfortan y aportan sensaciones positivas a quienes los llevan a cabo, pues favorecen a quienes están solos y sin apoyo.

De la ropa pasaron a la entrega de comida. Y de los alimentos, al asesoramiento para que puedan pedir asilo y trasladarlos al aeropuerto para que intenten salir de la Isla.

Dorta es albañil y parte del tiempo de descanso lo dedica a llevar a los migrantes que lo necesitan a pedir asilo ante la Comisaría de la Policía Nacional de Distrito Norte, en Santa Cruz. Y es que tener pasaporte y el primer documento sellado de solicitud de protección internacional, así como el documento de arraigo familiar, es fundamental para, al menos, intentar salir hacia la Península.

Conchi González entrega alimentos y ropa a un grupo de jóvenes migrantes. | | ANDRÉS GUTIERREZ

Dorta explica que algunos migrantes tienen su teléfono y lo llaman para pedirle ayuda. Le anima saber que las explicaciones que plantea a algunos de los internos de Las Canteras sirven a estos para que, a su vez, informen a su grupo de compañeros o amigos sobre el procedimiento a seguir. Cree que la conversación y poder conocer sus preocupaciones o sus historias hasta llegar a Tenerife también es importante “para que no se sientan solos”.

Desde la carretera, algunos jóvenes saludan con la mano. Otros se acercan y le muestran a José uno de sus papeles manuscritos. Este recuerda que la mayoría tiene necesidad de “afecto y apoyo”. Sobre algunos comentarios que se vierten en redes sociales y grupos de conocidos en contra de quienes llegan en situación irregular, Dorta opina que “tenemos un concepto de ellos que no es el adecuado; en todos lados hay personas buenas y malas, no es lo que se ve y se dice”.

¿A qué atribuye ese mal concepto entre parte de la sociedad? Este vecino cree que “es por desconocimiento”. “Cuando hablas, te acercas, con ese simple gesto, ves gratitud”, dice.

Para el día 6 de mayo prevé trasladar al aeropuerto a tres marroquíes, que ya supuestamente han reunido la documentación necesaria. Ante algunas situaciones que le cuentan los usuarios de Las Canteras o Las Raíces, se pregunta cómo es posible que las ONG que gestionan ambos recursos no tengan a más personal dedicado a asesorar a estas personas en su intento de proseguir el camino. Y es que, a veces, los migrantes gastan dinero en la compra de billetes, que después no pueden usar, ya que no se les deja coger el avión, pues no poseen la documentación obligatoria.

José Dorta dedica parte de su tiempo a tramitar documentos para los inmigrantes

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Su cuñada, Conchi González, junto al marido de esta, Urbano Negrín, recuerda que su aportación empezó cuando los veía cerca de un supermercado de Las Canteras y les compraba algo para que comieran. En las bolsas que ahora les entregan puede haber frutas, aceitunas, gofio, leche, atún, miel, dátiles, bollería, arroz, macarrones, agua o tortilla, por ejemplo. Y, en otras ocasiones, también aportan champú, cepillos o pasta de dientes, entre otras cosas.

“La vida en la calle no es buena para nadie”, sentencia Dorta, que evoca una experiencia propia y se rompe de emoción. “Hay pocas cosas en la vida que me hayan reconfortado tanto como ayudar a estas personas; es muy gratificante”.

Jéssica es hija de Conchi y Urbano. Intenta inculcar a su hijo el respeto a quienes proceden de otros lugares, “porque en casa no somos racistas”. Defiende la importancia de que en los centros se enseñen conceptos básicos de las culturas y las religiones de quienes viven en otros continentes para así poderlos entender mejor.

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