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Crisis migratoria

El viaje de Youssef Rami y Azizi Zaroual de la patera a la empresa

Dos jóvenes que llegaron en patera a Canarias en 2002, con 13 y 15 años, ahora son empresarios y tienen carreras de éxito

Youssef Rami corta el pelo a un cliente en su peluquería.

Youssef Rami corta el pelo a un cliente en su peluquería.

Gracias a su tenacidad, trabajo y sacrificio, Youssef Rami y Azizi Zaroual han logrado forjarse una vida desde cero. Los dos jóvenes llegaron en patera a las costas canarias hace casi dos décadas, con 15 y 13 años. Ahora son un ejemplo de integración y gestionan sus propios negocios en las Islas.

Dos de la mañana. Noche cerrada. Una patera con una vía de agua y 23 migrantes a bordo, entre ellos 11 menores, logra arribar a una playa canaria. Exhaustos, después de una larga jornada de navegación por alta mar desde Tarfaya, los jóvenes abandonan la embarcación en la orilla y se separan a toda prisa para evitar ser detenidos. Después de unos minutos, empiezan a encontrarse por las veredas y descubren que no hay más isla que recorrer. Aquello no era Fuerteventura, como el patrón de la embarcación les había indicado en un primer momento, era la Isla de Lobos. Envueltos por el miedo y la decepción de no haber llegado a su destino, los ocupantes de la barquilla se quedan dormidos en la arena hasta que, con la salida del sol, les despierta el ruido del helicóptero de la Guardia Civil. Esta escena la protagonizaron en 2002 Azizi Zaroual y Youssef Rami, dos marroquíes que con 13 y 15 años, abandonaron su ciudad natal en busca de una salida para sus vidas. Casi dos décadas después, su constancia, trabajo y sacrificio les ha llevado a convertirse en empresarios y tener una carrera de éxito. Un objetivo que hubiera sido más difícil de alcanzar sin la ayuda de los muchos canarios que se han cruzado en su camino y que les tendieron la mano cuando lo necesitaron.

Zaroual es jefe de cocina y copropietario del restaurante Don Quixote. Rami gestiona su propia peluquería, a la que le puso su nombre, y ha tenido cuatro hijos. Ellos son solo dos de los muchos ejemplos que hay en Canarias de que la integración de los menores extranjeros no acompañados es posible. Estos jóvenes, al igual que la mayoría de los que se suben en una patera para entrar a Europa a través del Archipiélago, llegaron solos y sin recursos. Lo que sí tenían de sobra eran ganas de aprovechar las oportunidades y luchar para forjarse un futuro.

«Ves que algún amigo se va y un par de años después vuelve con un cochazo y con dinero, algo que viviendo en Marruecos no hubiera conseguido nunca. Eso le pasa a un porcentaje muy bajo, pero sabes que si te quedas allí no lo vas a lograr y por eso decides arriesgarte», explica Zaroual. Quien después de meses hablando con su círculo de amistades sobre la posibilidad de emigrar decidió iniciar su viaje junto a Rami y otros ocho amigos más. «Mi familia no estaba de acuerdo y mi padre me preguntó que cómo iba a sobrevivir fuera si nunca había trabajado, por eso me obligó a ganarme el dinero para el pasaje faenando durante seis meses en una finca», señala.

“Compras tu muerte con tu propio dinero. No estoy mal aquí, pero no me la jugaría otra vez”, admite Rami

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Los diez niños cogieron una guagua de Beni Mellal a El Aaiún, donde se alojaron en un hotel hasta que contactaron con el hombre que podía traerles a Canarias. Después de pagarle 400 euros cada uno, se los llevó a una casa en la que permanecieron casi tres semanas. Les visitaba a diario para llevarles comida y un día les explicó cuál era el siguiente paso. «Teníamos que ir hasta las afueras de la ciudad, sigilosamente, y esperar a que llegaran dos coches, que nos llevarían por el desierto hasta la costa», detalla Zaroual. Una vez en la playa, los chicos montaron una jaima en la que se instalaron otros 20 días. Durante ese tiempo, prepararon la patera, colocaron el motor e hicieron pruebas para ver que todo funcionaba correctamente. No podían correr el riesgo de fracasar, porque se jugaban la vida.

Aferrarse a las oportunidades

Cuando reunieron todas las condiciones, se hicieron a la mar. A las pocas horas de navegación, empezó a entrar agua en la barquilla y el motor comenzó a fallar. «Yo era el más menudo de la patera y achicando agua con una taza me quedé dormido dos veces. Si no hubiese sido por una chica que viajaba con nosotros hubiera terminado en el agua», rememora Rami. A las cuatro de la tarde ya veían a lo lejos la tierra prometida, Fuerteventura, pero el patrón no quería arriesgarse a llegar a plena luz del día y les hizo esperar hasta que cayó la noche. Una vez en tierra, los dos jóvenes migrantes comenzaron una nueva vida.

Ambos querían trasladarse a Gran Canaria, donde creían que podrían encontrar más oportunidades. Zaroual tuvo que trabajar unos días en una feria de atracciones en Puerto del Rosario para ganar algo de dinero y poder viajar hasta Las Palmas de Gran Canaria. Un trayecto que días antes Rami pudo completar gracias a que sus padres pagaron el billete a través de un contacto en Marruecos. Se reencontraron en un centro en La Montañeta y después los trasladaron a una casa de acogida de menores extranjeros (CAME) en Arucas, donde forjaron una gran familia con los educadores y sus compañeros de residencia. En esos años, los jóvenes empezaron a formarse y descubrieron su pasión por la cocina y la peluquería.

Azizi Zaroual, jefe de cocina del restaurante Don Quixote. | | ANDRÉS CRUZ

Con las nociones básicas para desenvolverse como profesional, Rami consiguió un empleo en una peluquería de Pedro Hidalgo. «Allí trabajé durante once años y estoy muy agradecido al que era mi jefe. Me dio una oportunidad, apostó por mi y me formó, porque cuando llegué casi no sabía coger una tijera», sostiene el peluquero. Quien ahorró para poder abrir su propio negocio, en el que ha llegado a tener un equipo de seis personas, hasta que llegó la pandemia de la covid-19 y se vio obligado a reducir la plantilla.

Después de siete años detrás de los fogones en diferentes establecimientos, en 2012, Zaroual conoció a Agustín Camacho, responsable del Don Quixote. Junto a él ha crecido como profesional y ahora dirige la cocina del restaurante. «Desde que llegué me he encontrado a muy buenas personas por el camino. Gente que te ve potencial y está dispuesta a apostar en ti», apunta el cocinero. Quien alega que llegar a un país extranjero siendo un niño, sin control y orientación familiar, «te abre muchas puertas, tanto hacia el bien como hacia el mal». Por esto, Zaroual advierte que es una situación complicada y que hay que saber tomar las decisiones correctas para elegir el buen camino.

Casi dos décadas después de su llegada, los jóvenes recuerdan el viaje como una aventura, porque en ese momento no eran conscientes de los peligros a los que se enfrentaban. Ahora, reconocen que si pudieran volver atrás no lo repetiría. «Compras tu muerte con tu propio dinero. No estoy mal aquí, pero no me la jugaría otra vez», admite Rami. No obstante, ninguno se arrepiente de cómo ha desarrollado su vida en Canarias, a pesar de los escollos que han encontrado. «Con poco más de 18 años, estaba en la parada de guaguas de San Telmo y me apuñalaron en el cuello por el hecho de ser extranjero», relata Rami, mientras muestra la cicatriz que aún le queda. Ambos destacan que la sociedad canaria se ha abierto a la diversidad y ya no resulta tan extraño ver a personas de otros países en la calle. «La inmigración es algo mundial y ha pasado siempre, lo que ocurre es que la gente se olvida», sentencia Zaroual. Quien recuerda que su peor momento en las Islas fue unos meses después de cumplir la mayoría de edad. «Sigues siendo un niño y estás solo, pero te ves obligado a afrontar responsabilidades y pagos como un adulto», detalla.

Más diversidad cultural

«Cuando regresé a ver a mi familia por primera vez, recuerdo que mi padre se desmayó tras saludarme», asevera el peluquero y añade que, aunque solo habían pasado cuatro años, se fue siendo un niño y volvió como un hombre. Su padre era imán en una mezquita de Beni Mellal y, además, trabajaba vendiendo chatarra. «Yo ayudaba con la venta de bolsas, cigarros y tunos pelados en el mercado, pero me sentía responsable al ver a mi padre tan mayor trabajando cada día para sacar adelante a sus siete hijos. Esa fue la razón que me empujó a emigrar», señala Rami.

“Me he encontrado a muy buenas personas. Gente que te ve potencial y apuesta por ti”, apunta Zaroual

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Zaroual volvió a Marruecos después de cinco años viviendo en Gran Canaria. De su regreso recuerda las lágrimas de su padre al verle. «Es un hombre muy duro y nunca lo había visto llorar», asegura el cocinero. Quien cada vez que tiene oportunidad va visitar a su familia y siempre intenta ayudarles en todo lo que puede, porque sus padres «se han sacrificado toda la vida trabajando en la agricultura».

Los dos mantienen un contacto estrecho con sus orígenes y son conscientes de la realidad social y económica que se vive en Marruecos. Por esto, muestran su inquietud ante la numerosa llegada de migrantes a las costas Canarias durante los últimos meses. «La ola del año pasado asusta a cualquiera. Estamos en unas islas y los recursos están limitados», sostiene Zaroual. Rami, por su parte, apunta que «lo más preocupante son las condiciones en las que están obligados a vivir, porque hay muchos migrantes en las calles». En el Archipiélago hay cerca de 2.800 menores extranjeros no acompañados bajo la tutela del Gobierno de Canarias. Hace 19 años, Rami y Zaroual eran dos de ellos. Ahora, manifiestan, intentan apoyar a los que pueden, porque se ven reflejados en ellos y empatizan con la búsqueda de oportunidades y de un futuro mejor para ellos y sus familias en África.

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