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Con perspectiva

Camiones en el desierto y otras formas de generar conflictos

Se cuenta que, en los albores de la guerra hispano-estadounidense de 1898, cuando el magnate de la prensa William Randolph Hearst no era capaz de obtener informes fiables sobre algún tipo de conflicto interno en Cuba, sus enviados allí presentes pidieron permiso para volver a Nueva York: «No. Yo hago las noticias. Usted proporcione las imágenes y yo proporcionaré la guerra», le espetó a uno de sus ilustradores. El resto ya lo conocemos, tras una serie de artículos sensacionalistas repletos de infundios replicados por todo el país, Hearst, el precursor del amarillismo periodístico, consiguió su propósito político: provocar un conflicto bélico que terminaría con el archiconocido ‘desastre del 98’.

Salvando las distancias con aquel episodio histórico, y de vuelta en el siglo XXI, a principios de mes amanecíamos con la noticia de dos camiones de mercancías argelinos presuntamente bombardeados y calcinados en la ruta Ouargla – Nouakchott, con tres víctimas mortales. El amarillismo en este caso del aparato de comunicación argelino-polisario se puso en marcha de inmediato acusando a Marruecos de haber efectuado ese ataque en zona mauritana. Algo que resultó ser falso, ya que ante los bulos interesados que hicieron circular desde dicho aparato, replicados infinitamente en redes sociales, el ministerio de Defensa mauritano salió al paso rápidamente emitiendo un comunicado para desmentir tales afirmaciones. En decir, el suceso no fue dentro de fronteras mauritanas.

El siguiente varapalo internacional a los propagadores de embustes que pretendían iniciar una escalada bélica vino desde la propia ONU, a través de su portavoz adjunto Farhan Haq, cuando afirmó en una primera valoración de los hechos usando como fuente a la propia Minurso, que confirmaban que el lugar de ataque se encontraba cerca de Bir Lehlu, al este del muro, en zona controlada por el Polisario y de acceso restringido. Es más, dicho portavoz de la ONU llegó a afirmar con incredulidad sobre los motivos de la presencia de estos camiones en esa zona de operaciones militares –especialmente habiendo otra ruta– que no tiene «ninguna explicación sobre por qué los camiones están donde están».

Más allá de la tragedia que supone la muerte de tres seres humanos, cosa que parecen haber olvidado aquellos que la están utilizando sin pudor con fines propagandísticos, es más que evidente que los dos camiones argelinos se encontraban en una zona indebida, que a su vez se desconoce el contenido de la carga de los mencionados vehículos y para quien iba dirigida, máxime teniendo en cuenta su ubicación en el momento del incidente, detalles que hacen que sea todo ciertamente sospechoso, ya que perfectamente podría tratarse de un cargamento de armas. Cabe la posibilidad de que incluso pudieran haber atravesado un campo minado. En cualquier caso, desde Marruecos se negaron las acusaciones cuando un portavoz del gobierno afirmó «Marruecos tiene un respeto muy escrupuloso a los principios de buena vecindad con todos».

Llama más la atención, si cabe, la forma tan descaradamente rápida con la que el Polisario emitió un comunicado apoyando a Argelia, condenando el hecho y dando soporte a Argelia al dar por válida una versión absolutamente sin corroborar que expresaron automáticamente con el fanatismo habitual, para a continuación dar paso a las correspondientes amenazas en tono beligerante.

En ese sentido, no debemos olvidar cómo recientemente el Polisario echó arena por encima –nunca mejor dicho– para tapar sendos incidentes en los que el ejército argelino agredió a la propia población saharaui residente en los campamentos. Me refiero a los casos de los buscadores de oro que fueron atacados entre octubre de 2020 y abril de 2021, con poca cobertura mediática en España pero que en su día denunciamos. Uno de los casos incluso con las víctimas quemadas vivas en el interior de un pozo. Efectivamente llama la atención la doble moral, el doble rasero de los dirigentes del Polisario, alarmados, indignados y desolados por el destino de estos tres camioneros argelinos, pero absolutamente despreocupados, menospreciando el ataque y asesinato de los suyos por parte de militares precisamente argelinos. Ninguneando la vida de su propia gente hace tan solo unos meses, pero haciendo ahora un absoluto ejercicio de ‘mamporrerismo’ político y mediático hacia su protector argelino.

El equilibrio en esa zona, y esencialmente entre esos dos países, es particularmente delicado. Y siempre habrá quien esté al acecho para azuzar a la opinión pública, avivar la llama y sembrar el caos usando la inventiva como principal arma. En este caso no para vender periódicos como Hearst por aquel entonces, pero es evidente la importancia del trasfondo económico de todo lo que ocurre en esta región.

Llegados a este punto, conociendo los antecedentes de quienes diseñaron y propagaron este relato, no sería descartable incluso que todo esto se trate de un ataque de falsa bandera. Ya nada nos puede sorprender de Argelia y el Polisario.

Después de leer los partes de guerra diarios de estos últimos, trufados de hiperbólicas hazañas bélicas, pero sin ninguna prueba que las demuestren, cualquier cosa sería posible. Como en 1898 con el acorazado Maine, algunos necesitan que pase algo aunque no esté pasando nada, un detonante. Y si no, inventémoslo.

* Ignacio Ortiz es politólogo

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