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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Gran Muralla Verde | Freno a la desertificación del Sahel

El muro verde

La Gran Muralla Verde del Sahel podría detener la expansión del Sáhara, la inmigración y el avance del terrorismo yihadista

El muro verde

La Gran Muralla Verde es una línea imaginaria, sin trazado concreto, que tiene el faraónico reto de reverdecer el Sahel. Se trata de una barrera vegetal que se extiende desde el Océano Atlántico hasta el Mar Rojo, atravesando once países. La Unión Africana se marcó en 2007 esta loable meta para frenar la expansión del Sáhara y con ello la desertificación de las áreas rurales. Esta recuperación forestal también aportaría beneficios de carácter social como la creación de empleos verdes que ayudarían a arraigar a la población a su tierra, contribuiría a frenar la inmigración hacia terceros países o hacia las ciudades y, además, pondría trabas al avance del yihadismo. Sin embargo, en los 14 años que han pasado desde que arrancó la iniciativa, solo se ha recuperado el 4% de las 100 millones de hectáreas estimadas como zona de intervención inicial. La fecha marcada para alcanzar este propósito era 2030, con lo que para cumplir este compromiso habría que multiplicar por 38 la velocidad a la que se ha trabajado hasta ahora en la construcción del dique natural.

La idea es que el muro verde mida 15 kilómetros de anchura por 8.000 kilómetros de longitud, que atraviesan las zonas más áridas del desierto que crece entre la costa mediterránea de África y las sabanas del Sahel. Burkina Faso, Chad, Yibuti, Eritrea, Etiopía, Mali, Mauritania, Níger, Nigeria, Senegal y Sudán son los países implicados en esta regeneración forestal. Estas naciones dependen de la solidaridad exterior para poder financiar los trabajos y no siempre el compromiso internacional ha estado a la altura de la misión que contribuiría a mejorar las condiciones de vida de más de 135 millones de personas que dependen de estas tierras degradadas para su subsistencia.

Con el paso del tiempo la iniciativa se ha implementado para lograr la implicación de la población en las tareas de reforestación y se han creado proyectos de desarrollo local. La Gran Muralla Verde «ha estado casi congelada porque estaba alejada de la realidad de las comunidades locales y ahora se está consiguiendo su participación con acciones más inclusivas», señala Dagauh Komenan, historiador y autor del libro El Sahel occidental frente a los objetivos del desarrollo sostenible. Cuando se planteó el proyecto, las repoblaciones se iban a llevar a cabo solo con acacias raddianas (Acacia tortilis) o árboles del desierto. En aras de lograr que los habitantes de la zona afectada colaboren con la causa se está fomentando, de forma paralela, la creación huertos y la plantación de árboles frutales, que aportan riqueza a la población que cuenta con escasos recursos. En este sentido, la periodista y escritora del libro El cambio climático en África, Aurora Moreno, destaca que los promotores de la iniciativa «se han dado cuenta de que crear un enorme corredor verde no tiene sentido si no es realmente aceptado por la población y brinda algún beneficio específico que les facilite la vida». Por esto, se impulsa la siembra de especies resistentes y adaptadas a la climatología de la región, así como de plantas medicinales, se apuesta por las mujeres para la gestión de los cultivos y se da valor a los saberes ancentrales y a las técnicas agrícolas tradicionales.

La desertificación del Sahel es una de las evidentes consecuencias del cambio climático. La temperatura media de la zona, que oscila entre los 38 y los 45 grados, se ha elevado en los últimos años y aumenta 1,5 veces más rápido que la media mundial, a pesar de que el continente africano es responsable de apenas el 4% del dióxido de carbono global. A esto se suma que las precipitaciones escasean cada vez más. Solo llueve una semana al año y cuando lo hace es de manera torrencial. Estas condiciones meteorológicas tan extremas hacen que se endurezca la tierra, lo que impide que el agua de lluvia penetre en el suelo y deriva en riadas que arrasan las aldeas y los cultivos.

El muro verde

Técnicas ancestrales

La reforestación del Sahel lleva aparejada la creación de 10 millones de empleos verdes derivados de la instalación de huertos, forrajes, árboles y reservas naturales. Las cifras actuales están muy lejos de ese objetivo. Hasta ahora se ha formado a unos 1.500 campesinos y se han generado otros tantos puestos de trabajo. No obstante, es imposible saber cuántas personas están involucradas en esta iniciativa panafricana. El Sahel es una de las regiones más pobres del mundo –con un salario medio de entre 60 y 100 euros mensuales– y la población se mueve mucho para asentarse en enclaves en los que tener una vida mejor. Además, las comunidades que habitan en esta zona son nómadas del desierto, lo que complica aún más el recuento. «Las personas que están contratadas para el proyecto se dedican principalmente a la formación de los campesinos, para que aprendan cómo tienen que plantar las semillas de cara a obtener el mayor beneficio», subraya Komenan.

Una de las principales críticas que recibe la Gran Muralla Verde es que se basa mayoritariamente en el conocimiento occidental e, inicialmente, daba de lado a las técnicas tradicionales del continente africano. «Es una iniciativa muy costosa y emplear artes que vienen de fuera aumenta su coste», lamenta Komenan, quien apuesta por aplicar técnicas locales, porque plantar y mantener árboles en el desierto no es una tarea fácil. «Para dejar respirar a la naturaleza hay que recurrir a técnicas tradicionales que han pasado de generación en generación», afirma el historiador marfileño.

En Senegal –país que más ha avanzado en la construcción de la barrera natural– se crean fincas organizadas en círculos concéntricos y en el exterior se plantan acacias, para que protejan de la erosión del viento y den sombra, en el siguiente sector van los árboles frutales y en centro los vegetales más frágiles. Otro ejemplo es el de Yacouba Sawadogo, agricultor de Burkina Faso, quien recuperó hace cuatro décadas la zaï, un arte tradicional utilizado en la región del Sahel para restaurar las tierras áridas y aumentar la fertilidad de los suelos que se basa en el uso de termitas. Sawadogo logró reforestar más de 40 hectáreas en 20 años, una tarea por la que recibió el premio Right Livelihood 2018– también conocido como Premio Nobel Alternativo– y protagonizó el documental El hombre que paró al desierto.

Al cambio climático se suma el efecto del sobrepastoreo. Los animales arrasan con todos los brotes verdes que encuentran para alimentarse, lo que contribuye a que el desierto gane la batalla y las tierras cada vez sean más áridas. Ahora se proporciona de manera gratuita el fruto de las acacias a los ganaderos para que alimenten a sus rebaños, logrando un doble beneficio: que los pastores no tengan que recorrer grandes distancias en busca de forraje y que los animales esparzan las semillas del árbol con sus heces.

A la construcción de la Gran Muralla Verde, además de la lucha contra la degradación medioambiental, se le atribuyen una serie de cometidos relacionados con la mejora de calidad de vida de la población del Sahel. Si se brinda la posibilidad de contar con alimentos, tierras fértiles y un empleo digno en su lugar de origen, los habitantes de esta región empobrecida del planeta no tendrán la necesidad de abandonar a sus familias y alejarse de sus hogares para tener un futuro. «Para la juventud es más interesante vivir de la agricultura, como hicieron sus padres, que arriesgar la vida al emigrar», afirma Komenan, quien añade que esta es una de las vías para frenar la salida de personas desde los países emisores de migrantes.

Terrorismo yihadista

La falta de recursos actúa como detonante de conflictos. El yihadismo aprovecha la debilidad de la población para lanzar sus redes y expandirse, especialmente en la franja occidental del Sahel –desde Chad hasta Mali–, que es el epicentro del terrorismo islámico. En el África del este hay más presencia de los Al Shebab, pero su influencia no es tan fuerte como la del Estado Islámico y, sobre todo, no aspiran a ninguna forma de conquista territorial como sí hace Al Qaeda. La Gran Muralla Verde, sostiene Komenan, «ayuda a frenar la expansión del terrorismo porque los que integran estos movimientos son jóvenes desempleados. Ofreciéndoles la oportunidad de contar con un medio de vida se les apartaría del camino de estos islamistas». Moreno considera que las expectativas que se tienen sobre los beneficios sociales que reportará el proyecto de reforestación «son muy altas». La periodista ganadora del premio de ensayo Casa África 2020 apunta que es más difícil que el terrorismo se implante y expanda si la población tiene una mayor calidad de vida, «pero esto no es siempre así, porque la realidad es muy compleja y con muchos matices».

Precisamente, el yihadismo es una de las rémoras de la Gran Muralla Verde. El objetivo de los terroristas es hacer frente al Estado y consideran que las plantaciones y las reservas creadas en el marco de este proyecto son una vía para hacer daño al desarrollo promovido por los gobiernos, con la ayuda de instituciones internacionales y donaciones de empresas extranjeras. «Introducen animales en los huertos para arruinar las plantaciones. Van en contra del avance de los países», lamenta Komenan.

Hipocresía occidental

La velocidad a la que cada uno de los países implicados en la repoblación del Sahel es dispar. Existe mucha diferencia entre las posibilidades de Senegal y las de estados como Mali o Yibuti, que tienen una situación política y económica aún más delicada. El avance de la iniciativa panafricana depende absolutamente de la financiación internacional. En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP) de 2021, celebrada en Glasgow (Reino Unido) del 31 de octubre al 12 de noviembre, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, prometió reforzar las ayudas europeas para el desarrollo de la Gran Muralla Verde, que son de 700 millones de euros anuales. Además, el presidente francés, Emmanuel Macron, anunció que los 17 millones de euros que su Gobierno, junto al Banco Mundial y otros donantes han inyectado este año se están ejecutando a través de la creación de un acelerador para la gestión financiera. Y, desde el ámbito privado, la Fundación Earth Bezos –creada por el fundador de Amazon, Jeff Bezos– prometió otros 870 millones de euros a esta iniciativa y a otras relacionadas con la restauración del paisaje en África. «Desde la Unión Europea y la COP se promueve este tipo de iniciativas para la reforestación de África, al tiempo que apoyan o permiten la tala zonas de selva que cuentan con una gran biodiversidad en el mismo continente, para destinar esos terrenos a monocultivos como el caucho o la palma aceitera», critica Moreno, quien concluye que «occidente arrasada por un lado para repoblar por otro».

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