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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Una Canarias despoblada, pero no vaciada

Tenerife solitaria y arrinconada

La población creció en los últimos 20 años en 26 de los 31 municipios de la Isla pero el despoblamiento anida en rincones rurales aislados como Teno Alto o Icor

En Teno Alto, en Buenavista del Norte, quedan apenas 57 habitantes, 39 menos que en el año 1996. Más allá de los fines de semana, cuesta ver gente en las calles de este caserío y, mucho más, niños en su parque infantil. El senderismo está en auge. Llegan muchos turistas y locales, pero eso no se traduce en oportunidades de empleo ni de futuro. Y la mayoría de los jóvenes se marchan a otros lugares. | | CARSTEN W. LAURITSEN

La población ha crecido en los últimos 20 años en 26 de los 31 municipios de la isla de Tenerife, con porcentajes del 161% en San Miguel de Abona, del 146% en Granadilla de Abona o del 123% en Adeje, todos ellos situados en el Sur. Al margen de la capital, que ha perdido apenas un 2,6% desde el principio del siglo XXI, la despoblación se ha centrado en la Isla Baja, en el Norte, donde el padrón cae entre un 7,2 y un 16%, y, de forma especial, en rincones rurales aislados, alejados y faltos de oportunidades de empleo, de servicios y de actividad económica. Rincones donde las familias no encuentran futuro y los mayores pelean contra el ocaso de una forma de vida.

La Tenerife solitaria y arrinconada muestra su cara más dura en caseríos perdidos de Anaga, Teno o las medianías olvidadas del Sur. Lugares como Teno Alto, en Buenavista del Norte, o Icor, en Arico, son ejemplos diferentes de la evolución de estos núcleos en peligro de extinción, que han perdido habitantes pero luchan por sobrevivir. No han llegado todavía a la situación crítica de tantos pueblos perdidos de la Península, de la España vaciada.

Tenerife solitaria y arrinconada

Mientras el sur de Tenerife crece al ritmo que marca la frenética actividad económica, el área metropolitana y el Norte se reparten incrementos poblacionales diversos, con Acentejo al alza, azuzada por las oportunidades de hogares a precios asumibles. La Laguna (+18,5%), Tegueste (+17,2%) y El Rosario (+32,6%) parecen crecer a costa de Santa Cruz de Tenerife, que baja un 2,6% en 20 años, pero se mantiene firme en el liderazgo insular con más de 208.500 chicharreros censados. Y en esa debilidad, Anaga se muestra como su talón de Aquiles.

Tenerife solitaria y arrinconada

La Isla Baja, la comarca natural que forman Garachico, Los Silos, Buenavista del Norte y El Tanque, tiene en 2022 menos población que en 1960. La despoblación de esta zona del Norte de Tenerife comenzó a finales de los años 90 del siglo XX y se ha agravado en el siglo XXI. Sólo entre 1994 y 2014, las localidades de Buenavista, Los Silos, El Tanque y Garachico perdieron 2.814 habitantes, una reducción equivalente a la actual población tanquera.

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Los datos de la evolución histórica de la población de los municipios del Archipiélago, elaborada por el Instituto Canario de Estadística (Istac) a partir de las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE), reflejan que la Isla Baja tenía en 1960 un total de 18.137 habitantes, y ahora son 17.182. Las comparaciones con cualquier otra comarca tinerfeña son una oda al pesimismo.

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La despoblación se aceleró en esta zona entre 2002 y 2014, con la ayuda de la depuración de los padrones. En ese periodo los cuatro municipios perdieron 2.280 habitantes. El 81% de la reducción total se concentró en esos años de burbuja inmobiliaria y crisis. Garachico tiene en la actualidad un total de 4.895 habitantes, 372 menos que en 1960 (5.267), 126 menos que en 1950 (5.021) e, incluso, 118 menos que en 1940 (5.013). Lejos parecen los años en los que la Villa y Puerto superaba los 6.000 habitantes, entre los 80 y los 90 del siglo XX.

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Los Silos superó la barrera de los 5.000 habitantes en 1960 y desde entonces nunca había bajado de esa cifra, hasta que llegó 2014 y su población se quedó en 4.727 personas. La cifra actual, 4.692, lleva al municipio a 1950, cuando la localidad tenía 4.690 vecinos. Buenavista cuenta con 4.766 residentes, 255 menos que en 1960. Esta localidad tuvo más de cinco mil vecinos entre 1986 y 2012. Y en los años 90 del siglo XX nunca bajó de los 5.469, 703 más que ahora. El Tanque es el único municipio que tiene en la actualidad (2.829) más habitantes que en 1960, pero uno menos que en 1970, cuando tenía 2.830. Este pueblo alcanzó los 3.000 habitantes en 1991 y los mantuvo hasta 2010, cuando por primera vez bajó de tres millares.

Si la Isla Baja parece una isla dentro de otra en cuestión poblacional, algunos de sus caseríos son el ejemplo perfecto de la Tenerife más solitaria y arrinconada. Entre 1996 y 2022, lugares como Teno Alto, Masca, Los Carrizales, El Palmar y Las Portelas perdieron entre el 19,7 y el 53,48% de su población. Una merma brutal en poblaciones de entre 43 y 536 habitantes.

El Palmar tenía 536 habitantes en 1996 y ahora son apenas 392, 144 menos en 25 años, una reducción de casi el 27%. En Las Portelas, en el mismo periodo, se ha pasado de 365 a 295 vecinos, 70 menos, casi un 20% de descenso poblacional. En Masca, un icono del turismo que lleva a que cada año reciba cantidades ingentes de visitantes, apenas viven en la actualidad 93 personas. Casi un 24% menos que en 1996.

En Los Carrizales vivían 43 personas en 1996, ahora quedan 23. En 25 años este caserío ha perdido el 53,48% de su población. Como si Santa Cruz de Tenerife pasara en un cuarto de siglo de 208.500 habitantes a apenas 97.000. Pese a su caída, Los Carrizales muestran una tendencia menos preocupante que Teno Alto, a juicio del alcalde de Buenavista, Antonio González Fortes, de Sí se Puede. «Se percibe un mayor interés por ejecutar obras para poner en explotación viviendas de turismo rural y hay familias que han apostado por mudarse allí. Nunca ha sido un lugar muy poblado, pero parece que va en una mejor dinámica», afirma el mandatario.

En Buenavista del Norte preocupa el futuro de Teno Alto. Un lugar emblemático para la ganadería, con unas condiciones climáticas duras y una población cada vez más envejecida y sin apenas relevo generacional. 96 personas vivían allí en 1996 y en 2022 quedan apenas 57. Un descenso del 40,6% y unas sensaciones muy preocupantes. Solo en este caso, el alcalde de Buenavista reconoce su temor a que pueda quedarse sin población estable en un momento no demasiado lejano. De continuar la tendencia actual, con 1,5 habitantes menos cada año, en 38 años no quedarían vecinos en este rincón del Parque Rural de Teno. ¿Las razones? El alcalde las tiene claras: las duras condiciones de vida, la falta de oportunidades de empleo, las dificultades para rehabilitar y acondicionar viviendas dignas y la lejanía de los servicios básicos y de alternativas culturales y de ocio. Esto empuja a la población joven a lugares con más futuro y más facilidades.

Antonio González espera que las decisiones de las administraciones ayuden a fijar la población en estos caseríos y pone como ejemplo a Masca, «donde se tiene que conseguir que la actividad que genera un atractivo como el barranco de Masca también deje riqueza en el Norte y no se vincule tanto con el Sur, desde donde las conexiones son mucho más cómodas». Además, las estrictas medidas de conservación del Parque Rural de Teno suponen, en ocasiones, un obstáculo insuperable para los habitantes de la zona, que optan por mudarse. Ya el presidente de la Asociación de Vecinos Barranco de Masca, José Riquelme Díaz Gorrín, pedía en 2014 a las administraciones que «no conviertan Masca en Mascalandia, un parque temático sin habitantes».

Evitar que lugares como Masca o Teno Alto se queden sin gente requiere soluciones complejas y conjuntas. Y el modelo de los pueblos peninsulares, que incentivan la llegada de familias, choca con una dura realidad: aquí no hay empleo ni demasiadas casas disponibles.

Lo contrario que en el margen opuesto de la Isla, donde con la construcción de una carretera, la TF-1, en la década de los 70 del siglo pasado comenzó la expansión demográfica, urbanística y económica de Tenerife. Y parece que el operativo sigue en marcha, con el desarrollo del Anillo Insular de Carreteras que unirá Norte y Sur de forma más rápida y segura en un par de años. En el poniente esperan que este proyecto contribuya a fijar la población en su entorno. La demanda de mano de obra desde la construcción y el turismo, creciente durante más de tres décadas consecutivas, atrajo prosperidad a la Isla y a Canarias, pero también propició la emigración interna. Mientras en el Sur y Suroeste, convertido en uno de los destinos turísticos de mayor relevancia en el mundo, el trasvase de las zonas rurales apenas recorrió unos kilómetros hasta los núcleos costeros o de medianía de Arona, Adeje y Guía de Isora, en el Sur y Sureste los pueblos de la zona alta languidecieron desde los 80 hasta la crisis del 2008. La autopista dirigió el tráfico a la parte baja de la comarca, suprimió el transporte de mercancías y mucha de la actividad económica tradicional que creció en torno a la carretera general del Sur. Con la pérdida de la actividad agrícola, la azada fue sustituida por el cemento o el uniforme de los hoteles.

En un periodo como el actual, donde ningún municipio del Sur pierde población –Arona es el quinto de Canarias por su censo desde hace un par de años–, de ese declive demográfico dan testimonio la medianía de zonas como Agache (Güímar) y Fasnia. A finales del siglo XX, Europa destinó mucho dinero a esta franja del territorio por su condición de comarca deprimida. Hoy tiene un crecimiento paulatino y sostenido. Es Arico y la zona fronteriza de Granadilla de Abona la que sigue trabajando por recuperar «la vida». En torno a la agricultura y la ganadería, núcleos como Los Blanquitos, Cruz de Las Ánimas, La Higuera, Chimiche y Las Vegas, en la medianía alta granadillera; o El Bueno e Icor, en la ariquera, recobran vitalidad demográfica.

«Cuesta, pero va aumentando». Una sentencia de Germán Borges, natural de Icor –pueblo cuyo existencia data del siglo XVI, con viviendas del XVII y XVIII y declarado BIC– y presidente de la última asociación de vecinos, dada de baja el pasado 31 de diciembre. «En los setenta, aquí vivíamos unas 300 personas», de las que hoy vuelven a ser casi la mitad «porque la gente retorna al campo. Las cosas están tan complicadas en la ciudad que ahora se giran hacia estos lugares, donde rehabilitan algunas casitas, construyen algún cuartito o arreglan cuevas». El termómetro de este incremento está en «el aumento de la basura en los contenedores» y en «que todo el mundo pide fibra para la conexión a internet». Ello dibuja un perfil del nuevo vecino. Se trata de «gente moderna, de treinta y tantos hacia arriba, preparada». Eligen Icor porque heredaron o compraron una casa. Con «la vida más cara en las ciudades y los sueldos estancados, optan por el campo porque están a 10 minutos de la autopista», a través de la conexión de Las Eras. Aquí conviven con «los de toda la vida», porque «a los mayores les gusta estar donde nacieron, y aquí siembran su saquito de papas y continúan viviendo de esto». «La gente de ahora va más a la tecnología y siembran algo alrededor de la vivienda, pero muy poco; prefieren ir al súper». O a la venta de Fabiola, «la que fue de Fabio, pasó su hija y ahora, a la nieta».

Morras, lomos o calles son seis en Icor. «Todas están asfaltadas desde la época de Lalo (Eladio Morales, alcalde de Arico de 1995 a 2011), por lo que en alguna parece que hubo una guerra por lo destrozada que está, caso de La Chajaña». Pero sí hay agua y luz, aunque carece de red de saneamiento, pero tienen pozos negros. Papa, tomate –«por aquí estaban los llanos de Gonzalo El Guirre, que llevaba tres camiones cargados de gente para trabajar las huertas»– y hasta tabaco fueron los productos «que dieron de comer a mucha gente. Hoy no hay nada». Ni transporte público. «Aquí funcionó muy bien Tuwawa», un servicio de Titsa pensado para las zonas poco pobladas y diseminadas. «Aquí lo utilizaban seis personas, la gente estaba muy contenta con ese transporte».

Ese éxito es una de las referencias de Sebastián Martín, alcalde de Arico, para quien el futuro de los pueblos aislados requiere «mejorar la conectividad con el transporte público, dinamización y acceso a las tecnologías». Alude a la existencia de cuatro diagnósticos del estado de la comarca «que identificaron acciones y proyectos que no se concretaron por el Cabildo y el Gobierno canario».

Las cifras reflejan que en el sur tinerfeño no hay despoblación. Los Blanquitos, La Higuera, Chimiche y El Desierto (Granadilla) están muy por encima de su censo de finales del siglo XX. Por ejemplo.

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