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La insularidad custodia el latir de los pueblos en la Canarias despoblada, pero no vaciada

La población de las Islas se ha triplicado desde 1940, pero se concentra en los municipios turísticos y las capitales. El entorno rural del Archipiélago pierde vecinos, pero no está desocupado

Un vistazo a la Gran Canaria despoblada

Un vistazo a la Gran Canaria despoblada José Carlos Guerra

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Un vistazo a la Gran Canaria despoblada Isabel Durán

En Canarias existen municipios o pagos con una creciente sangría de despoblación y algunas carencias de servicios básicos. Aun así, no puede hablarse de una Canarias vaciada, en comparación con el término empleado para referirse al fenómeno de abandono de determinados territorios en la España peninsular. La diferencia en el Archipiélago es que nuestra condición isleña, que obliga a una distribución más compacta de los núcleos de población, hace que cualquier enclave se encuentre conectado fácilmente con aquellos lugares que disponen de los recursos e infraestructuras que atienden a los ciudadanos que carecen de ellos en su entorno. Si bien desde los años 40 el número de residentes en Canarias se ha triplicado, en algunas islas como La Palma o El Hierro el crecimiento ha sido más lento y otras incluso han perdido población, como es el caso de La Gomera. Pero la despoblación en el Archipiélago no es una cuestión exclusiva de los núcleos rurales sino que también se produce en determinados barrios de las ciudades, donde su población está cada vez más envejecida y la natalidad se ve mermada.

El concepto de España vaciada evoca a pueblos completamente desocupados o con una población residual y muy envejecida, con duras condiciones climáticas, escasas comunicaciones y con una agricultura marginal como medio de vida. Esta estampa no se dibuja en el Archipiélago, aunque sí presenta elementos comunes en el germen de la despoblación. La España vaciada es la culminación de un largo proceso de la economía y la demografía que comenzó a gestarse en los años 50, con el éxodo del campo a la ciudad y el inicio del proceso de industrialización de nuestro país. En Canarias, este movimiento se produjo desde las islas no capitalinas hacia Gran Canaria y Tenerife.

En la siguiente década, en los años 60, el desarrollo del turismo impulsó a la población a emigrar del interior a las zonas costeras. En el Archipiélago la población abandonó considerablemente los municipios cumbreros y los territorios agrícolas para ocupar el sur de las islas capitalinas, así como Lanzarote y Fuerteventura. Estas islas orientales vieron crecer exponencialmente su número de residentes, siendo las que mayor desarrollo demográfico han registrado en las últimas décadas, con un 88% Fuerteventura y un 82% Lanzarote. En el Archipiélago, además, cabe tener en cuenta el fenómeno de la emigración hacia Latinoamérica, especialmente, a Venezuela y Cuba, que hizo que miles de isleños abandonaran Canarias a mediados del siglo pasado.

La estructura de la pirámide demográfica de las Islas refleja la merma de la población en determinados entornos. El índice de envejecimiento del Archipiélago se ha disparado en los últimos años hasta alcanzar el 126,2%, lo que supone que se contabilizan 126 personas mayores de 64 años por cada 100 menores de 16. Esto explica, en parte, que el Archipiélago haya pasado de ser la comunidad autónoma más natalista a cosechar el índice de fecundidad más bajo del territorio nacional, con 0,97 hijos por mujer.

El reparto de la población en Canarias presenta un notable desequilibrio. Más de la mitad de los habitantes se concentran en solo nueve municipios, que ocupan menos del 10% del territorio. El efecto succionador de las áreas metropolitanas hace que las pequeñas poblaciones mengüen su atractivo y pierdan capacidad para mantener o atraer población joven, capaz de emprender proyectos con efectos contagiantes en el entorno y que generen actividad económica en la zona. El catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de La Laguna (ULL), José Ángel Rodríguez, señala que los municipios del Archipiélago menos poblados carecen de una masa crítica de residentes que haga viables inversiones, públicas o privadas, para ampliar los servicios o infraestructuras de la localidad. A esto se suma la carencia de conectividades estratégicas que hagan factibles las interacciones de la población y de las empresas entre localidades. Rodríguez sostiene que Canarias presenta una versión singularizada de lo vaciado a la que denomina «la pequeñez insularizada», porque la escasa extensión del Archipiélago hace que, necesariamente, los puntos de interés sean más accesibles que en los territorios continentales, ya que las distancias son más cortas.

Mejorar los enlaces y las redes de carreteras que vertebran los accesos a las áreas despobladas e impulsar el desarrollo de las telecomunicaciones ayudaría a afianzar la población. Pero, ¿hasta qué punto sería conveniente aumentar la población de estos municipios? La construcción de nuevas viviendas podría sobrepasar el umbral que permite la conservación del espacio tal como es y romper el atractivo de estas áreas. Un aspecto que impide que exista una Canarias vaciada es que, además de que el suelo es un bien limitado y de alto valor, el 40% de la superficie de las Islas está protegida al estar incluidas en los Parques Nacionales, Parques Naturales o Rurales. En El Hierro, el terreno preservado de la isla llega al 58% y en Tenerife alcanza el 48%. Ese territorio queda exento de la intervención humana, por lo que no pueden construirse zonas residenciales y obliga a concentrar las viviendas en el resto del suelo insular.

La insularidad custodia el latir de los pueblos I. Durán

Migrantes de estilo de vida

Con perspectiva sociológica, las características de los municipios canarios más afectados por la despoblación son muy heterogéneas. La catedrática de Geografía Humana de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), Josefina Domínguez, señala que estas localidades, pese a sus dimensiones y ubicación, se «contaminan» del desarrollo turístico. Cita como ejemplo Betancuria, en Fuerteventura, el municipio con menos habitantes de Canarias con solo 762 vecinos. El encanto de esta localidad majorera hace que los turistas quieran visitarla y que algunos emprendedores abran pequeños negocios para atenderles. En muchos casos, además de la población natural de los pequeños municipios, que suele estar envejecida, recalan «emigrantes de estilo de vida» que eligen instalarse en esos idílicos enclaves donde encuentran calidad de vida. Por último, destaca Domínguez, los pueblos que pierden población estable tienen un importante número de casas que, tras una inversión para rehabilitarlas, se convierten en una segunda residencia familiar. Ante esta diversidad de realidades, «cada municipio tiene que buscar la piedra filosofal que garantice su futuro, porque no existe una receta única», destaca la catedrática, quien subraya que la demografía es una variable dependiente de la economía.

Domínguez afirma que la población es el bien más preciado que posee un espacio geográfico, porque el principal recurso es el humano; de este modo, la pérdida de vitalidad demográfica y el envejecimiento suponen consecuencias para la economía local. Asimismo, los expertos coinciden en que para paliar el abandono de los territorios y reforzar la atracción de nueva población es necesario invertir en la mejora de las conexiones que acerquen estas localidades a las áreas más pobladas que cuentan con más servicios e infraestructuras, así como mejorar las telecomunicaciones para fomentar la implantación de empresas. Juan del Río, sociólogo, especialista en estudios cuantitativos y cualitativos en las áreas sociales y económica, apuesta por aprovechar las oportunidades que brindan estos territorios, como el auge del turismo rural, la recuperación de la agricultura ecológica para el consumo interior o la captación de nómadas digitales que busquen vivir en entornos poco masificados. «El turismo rural tiene mucha demanda y las nuevas generaciones, que no encuentran trabajo en otros sectores, podrían reubicarse en esta nueva industria», sostiene el sociológo.

La Comunidad Autónoma lleva años trabajando para garantizar un equilibrio territorial y ya no solo se distribuyen las inversiones según el volumen de población. Dominguez destaca que la política de cohesión territorial de la Unión Europea y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (Feder) han ayudado a que los espacios en riesgo de envejecimiento y abandono se hayan beneficiado y hayan recibido ayudas para financiar la creación de infraestructuras y servicios.

El fenómeno de la despoblación no se produce solo en los municipios del interior de las Islas, también se ha detectado en algunos barrios de las capitales canarias. Igual que en los pueblos, Vegueta o los riscos de Las Palmas de Gran Canaria y el casco antiguo de Santa Cruz de Tenerife han perdido población por el envejecimiento de sus residentes. Además, el alto coste de las viviendas en estas áreas ha desplazado a las familias jóvenes hacia barrios nuevos, en las afueras de la ciudad o en municipios colindantes, en los que se lanzan promociones residenciales más económicas y cuentan con planes urbanísticos más modernos.

La emigración desangra las Islas Verdes


En La Palma, La Gomera y El Hierro, las conocidas como Islas Verdes, el desarrollo demográfico es singular, lento y muy influido por la emigración a América y a las islas capitalinas, sobre todo a Tenerife. Este fenómeno afectó particularmente a El Hierro, que sufrió una grave merma de habitantes entre los años 60 y 70, cuando perdió cerca del 40% de su población. Este mismo factor golpeó a La Gomera, que es la única isla que actualmente cuenta con menos habitantes que hace ocho décadas, cuando registró un 37% más de personas empadronadas. Muchos de esos canarios emigrados han retornado ahora a su lugar de nacimiento, donde cuentan con una mejor atención sanitaria. Esto ha contribuido al envejecimiento relativo de la población de estas Islas.

A pesar de que muchos palmeros emigraron a América, la isla ha ido ganado población década tras década, excepto en los últimos diez años, periodo en el que ha registrado un descenso del 4%. Muchos jóvenes han abandonado la isla para formarse y no han regresado porque en su entorno no encuentran oportunidades para desarrollarse profesionalmente. El golpe recibido con la erupción del volcán de Cumbre Vieja es un nuevo varapalo para la población ya que, al perder todas sus pertenencias, muchas familias pueden plantearse trasladarse a otra isla con más salidas laborales.

Al estar cerca de Tenerife y tener buenas comunicaciones por mar, La Gomera recibe el impacto del turismo, pero sin el desarrollo directo del sector dentro de su territorio. Por su parte, El Hierro mantiene un perfil eminentemente rural y con un escaso desarrollo turístico. En estas islas se da el caso de muchas familias que poseen una doble residencia porque la falta de servicios en sus localidades les obliga a desplazarse a Tenerife con frecuencia, donde han optado por adquirir una segunda vivienda.

El profesor titular de Geografía Humana de la Universidad de La Laguna, José León, destaca que estas islas deben fomentar determinadas actividades económicas que actúen como polos de atracción para la población. «Las condiciones de estas islas son óptimas, por ejemplo, para acoger entrenamientos de deportistas de alto rendimiento. Un sector en el que se podría invertir, generar empleo y aumentar la residencialidad. Igual que ocurrió con el Observatorio del Roque de Los Muchachos, en La Palma», concluye León.

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