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Una Canarias despoblada, pero no vaciada

La isla del silencio

Los despoblados pagos del interior de Gran Canaria sobreviven como destino de fines de semana y vacaciones de unas nuevas generaciones que mantienen el apego a la tierra de sus padres y abuelos

Un vistazo a la Gran Canaria despoblada

Un vistazo a la Gran Canaria despoblada José Carlos Guerra

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Un vistazo a la Gran Canaria despoblada Juanjo Jiménez

La Higuerilla es una composición de veinte casas colgadas de un risco cuya antigüedad tendría que datar el Carbono 14, una escuela unitaria levantada a la vera del precipicio y una era abandonada. Todo ello coronado por el señor Bentayga, detrás, y Artenara a lo muy lejos, embutido todo en la caldera de Tejeda, en Gran Canaria.

Juana Bolaños, del vecino y muy minúsculo pago de El Roque, narraba en su momento que en La Higuerilla «habían tales cantidades de gentes que hasta los que se casaban no tenían hueco allí para vivir, y aquello creció sumándole cuartos a las casas».

A allá abajo iba ella, a la era, a separar paja del grano, o para echar una mano en las matanzas de cochinos y a lavar las tripas «cargadas de porquería, cosa que da asco cuando lo haces, pero rico cuando te lo comes en morcilla».

Esto lo contaba en noviembre de 1995, hace ya 27 años, y La Higuerilla sigue tal cual.

La isla del silencio

Con sus candados de marcas de otros siglos condenando las cancelas de las puertas, la vegetación entrando en cuartos y alcobas y la pizarra de la vieja escuela anunciando con tiza nueva «Bienvenidos a la fiesta de La Higuerilla», el pueblo más grande en toda la caldera abandonado del todo.

Maximiano Armas Sosa, de 68 años, anda rehabilitando una antigua casona con el techo a dos aguas del vecino El Roque, en la misma infraestructura, dividida en dos, que compartía con la ya desaparecida Juana Bolaños. Él mismo fue en su momento a la escuela de La Higuerilla, cuando su población «era un ganado», de tal forma que en 1964, cuando se abrió el colegio, compartía clase con medio centenar de chiquillos.

En el propio El Roque, guindado en la degollada sobre la que se asienta el Bentayga y por tanto mucho más pequeño, trajinaban de fijo 14 familias, y el mundo era un andurrial sin carreteras a la tienda de Benjamín Reyes, en Las Moradas, a por ultramarinos, y un cruzar todo el gigantesco cráter de Tejeda cuando se requerían servicios de mayor envergadura.

«Aquello era un escándalo, un bullicio», hasta que el almanaque cruzó la línea de los años 70, «que es cuando esto empezó a ir para atrás». Al albur de la sequía, de la explosión de la agricultura de exportación y el auge del turismo, hermanos, primos y familias enteras de vecinos cogieron rumbo para La Aldea de San Nicolás, Vecindario, Maspalomas y la capital grancanaria.

Maximiliano aguantó hasta los 17 años, hasta que hizo las cuentas de que ahí ganaba 6.000 pesetas al mes, y en la costa 7.500 a la semana. Nacido y criado en El Roque, ahora que se jubiló vuelve a su pago con ánimo renovado, a la tranquilidad inmensa que le da ver «cabras por la mañana, y cabras por la tarde», desde su asombrosa atalaya, en la que existen dos queserías, y poco más.

Cruzando el fielato del farallón se baja hasta La Solana, que en términos de lejanía viene a ser la capital de la Tejeda interior.

La Solana resulta el símbolo de los nuevos tiempos, un poco postpandémico, otro tanto por el potente arraigo de hijos, nietos y biznietos por la tierra de sus ancestros.

La isla del silencio

José Juan León anda por el pueblo, que parece de paquete, albeado hasta las trancas, con un chaleco reflectante. Resulta ser el concejal de Obras y Servicios del consistorio cumbrero. Su censo, a ojo, son de unas 30 personas estables, frente a las ni diez del pago colindante, el coqueto El Chorrillo.

Asegura que los fines de semana La Solana es un rebumbio que se multiplica en verano, y de ahí las mejorías, en la que también está enfrascado el Ayuntamiento, reponiendo y añadiendo puntos de luz, adecentando la plaza o afinando el saneamiento. Un empuje que también achaca a la asociación cultural La Milagrosa, «gente joven que lleva años trabajando» y que convierte los meses del estío en una fiesta de convivencia prácticamente familiar.

Pero esto ocurre, aunque no en la misma medida de éxito que en La Solana, con los demás pagos de Lomo Abajo, como El Toscón, El Juncal o El Carrizal, «que desde hace unos diez años ahora se han ido acicalando» con la reinvención de la casa rural, o la propia casa particular que de un tiempo a esta parte hacen las delicias de generaciones más jóvenes. De espaldas a la iglesia, donde se siguen dando misas, y si se alonga al mirador de la propia plaza, asoma por debajo el matrimonio formado por Inés Suárez Suárez y Leopoldo Marrero, que coinciden con la radiografía de León, pero que en cualquier caso aún se queda corto al calificar que cuando ella era joven «esto era una maravilla».

Tal maravilla que no fue hasta que tuvo 10 años que bajó a Las Palmas. Asegura que allí vivía «una gran familia, con lazos de sangre o sin ellos, de mucho más de 200 personas», para repetir idéntico relato, el de la partida junto con sus padres y sus siete hermanos «a los cultivos de tomate cuando ya no quedó nada de comer por culpa de la sequía».

Ya de mayor Inés y Leo se están arriba casi toda la semana, además de comprar otra a casa para sus hijos y sus siete nietos, que van y vienen «y disfrutan una locura» en el ombligo de la isla.

Por la vertiente sur la situación de los pequeños pagos es idéntica a la de El Roque. No están en las últimas como La Higuerilla, pero tampoco son ni de lejos, el tinglado vivo de La Solana.

En Risco Blanco, a medio camino entre Tunte y el casco de Santa Lucía, Benito Ramos, de 59 años, anda enfrascado con su hermano Juan Mateo y su hijo Acaymo en el arreglo de un muro de su propiedad. Policía Local jubilado de San Bartolomé de Tirajana, nunca dejó de lado la casa familiar, ni su pago natal, del que, en una tónica calcada, vivió de pequeño clases con medio centenar de alumnos. Era un pueblo con sus dos tiendas, su iglesia y un centro de salud que hoy actúa más como centro administrativo, «porque cuando viene el médico te atiende en casa, o en la calle si hace falta».

En los años 70, al igual que ocurriera en los vecinos pagos de Taidía, La Culata o Agualatente, la familia siguió la estela de los tomateros, viviendo en la costa hasta que acababa la zafra en abril o mayo y volviéndose a ir en septiembre, hasta que pudieron invertir en una casa en Vecindario».

El lugar es un remanso de tranquilidad, con unas vistas espectaculares desde la base de la pared que da nombre al punto, donde Benito se ha ido fabricando una casa de auténtica arquitectura parrandera, con un pasillo en formato XL del que cuelgan decenas de helechas, con su jaulón de pájaros y un patio enorme presidido por un horno de leña del que invita a pan bizcocho.

A Acaymo, su hijo, no le importaría en absoluto hacer de Risco Blanco su domicilio permanente, confiesa mientras agarra una tosca gigante para ir configurando el muro, pero los bajos sueldos se revelan como un handicap extra para repoblar el interior.

Trabaja en el sector de la hostelería y el salario no le llega para cubrir con cierta holgura el trayecto diario que supone en tiempo y dinero el tramo Risco Blanco-Maspalomas. «Si llegara cobrar 200 euros más, me cuadra».

Al que sí le cuadra es a Juan Luis Sánchez Oliva, de 52 años, nacido en Agüimes y que tras casarse con una natural del precioso pueblo de Ingenio de Santa Lucía se ha convertido en un de los menos de diez vecinos que habitan el lugar.

En Ingenio de Santa Lucía también vivía un batallón de personas en las primera mitad del siglo XX, asocado en sus palmerales, que esconden bajo sus enormes hojas grandes huertas de frutales y olivos, no en balde en 2005 se inauguró una almazara justo enfrente de la vivienda de Juan Luis, en la que se muelen más de 65.000 kilos de aceitunas procedentes de la caldera de Tirajana.

Relata que las nuevas generaciones se aprestan a arreglar las casas de sus apellidos, pero también es testigo de la dificultad de rehabilitar en unas zonas con una alta protección en la que «mover una piedra es un problema».

Con todo, el pago luce por sí mismo, y en la entrada unos operarios se afanan en mejorar los accesos de un lugar que día a día es frecuentado por turistas que vienen en ruta desde Fataga, que es muy visitado por los residentes del sureste y que de un tiempo a esta parte se ha revitalizado con la apertura de varias casas rurales.

Allí, como en todos los puntos remotos del norte, centro y sur, reina el silencio, tan solo cortado por la conversa, y con él asoma la vida en el canto de los alcaudones, los linaceros, los mirlos, los herrerillos, el quejido del águila ratonera, o el de los capirotes y los pintos, y cuando no, la hojarasca que delata a los lagartos o el rumor del agua en una acequia. El silencio que fue música para bisabuelos y tatarabuelos y que vuelve a sonar para los hijos y nietos que hoy albean su pasado.

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