Pleno del Parlamento de Canarias | Sesión de control al Gobierno
«Ganaremos y estaremos otros cuatro años, y luego volveremos a ganar…»
La mayoría de las preguntas y la comparecencia de Rodríguez estaban solicitadas por la mayoría parlamentaria con un objetivo apologético

«Ganaremos y estaremos otros cuatro años, y luego volveremos a ganar…» / Alfonso González Jeréz
Alfonso González Jeréz
Es ya tradicional un chiste malvado de la etapa de Richard Nixon como presidente de los Estados Unidos. «Cuando Nixon está solo en una habitación… ¿hay de verdad alguien ahí dentro?». Ayer no participó en el pleno parlamentario el presidente Ángel Víctor Torres, pero apenas se notó. No por carencia de personalidad definida –Torres ha construido bastante bien su propio personaje y su guardarropía de esperanza y gemidos– sino porque no es un presidente que realice grandes anuncios en las sesiones parlamentarias. Se limita a contestar las preguntas de la oposición como un jugador de ping pong con un par de movimientos de muñeca. Al PP le replica que son malvados derechistas y a CC que lo hizo muy mal en su entronización durante mil años y un día en el poder, exigiéndole siempre sentido de Estado. Pero Torres estaba en Londres, persiguiendo junto a Yaiza Castilla turistas potenciales por la World Travel Market, a ver si conseguimos la alegría quince millones de guiris y diez mil nómadas digitales el próximo año, y las preguntas dirigidas al presidente se han aplazado hasta hoy miércoles.
El plato central del pleno estaba centrado en las preguntas dirigidas al vicepresidente y consejero de Hacienda Román Rodríguez, y en su comparecencia para explicar las medidas fiscales contenidas en el proyecto de presupuestos generales de la Comunidad autónoma para 2023, actualmente en tramitación. Tanto la mayoría de las preguntas como la comparecencia misma estaban solicitadas por la mayoría parlamentaria y tenían un objetivo obviamente apologético. Algo perfectamente habitual y normal en cualquier Cámara democrática, aunque deba añadirse algún matiz. Si el amable lector tiene la suficiente curiosidad puede revisar las preguntas, interpelaciones y comparecencias en el Congreso de los diputados o en algunas asambleas como el Parlament de Cataluña o las Cortes Valencianas podrá entenderlo. Por supuesto: ningún diputado critica, rechaza o cuestiona las acciones del Gobierno del que forma parte su partido. Esa libertad la perdieron hace tiempo. Pero difícilmente puede encontrarse en otras asambleas legislativas el nivel de ronroneante pleitesía que practican en el Parlamento canario los grupos de la mayoría con el Gobierno. Sus preguntas a consejeros y consejeras incluyen la respuesta preparada, a menudo, sobre los resúmenes ejecutivos y las notas de prensa de los distintos departamentos del Ejecutivo. Es un método que ha perfeccionado la presidenta del grupo parlamentario socialista, Nira Fierro, que siempre pregunta al presidente Torres adjuntándole la respuesta para lanzarle un curioso interrogante final: «¿Y usted qué opina?». Ayer ese papel le correspondió a María Esther González, una diputada que supura desprecio habitualmente, y que trata a la oposición como a una cáfila de oligofrénicos con anhelos criminales. Es una táctica terrible que como mínimo empobrece y dificulta el debate político y que más de una vez, en estos papeles, el arriba firmante ha descrito como una perversión del parlamentarismo. Al mediodía de ayer, sin embargo, la mayoría parlamentaria –y singularmente el vicepresidente Rodríguez– descubrió que la pervertidora del sistema parlamentario era Vidina Espino, la diputa del grupo mixto y exmilitante de Ciudadanos, con la complicidad, por supuesto, de Coalición Canaria.
Ciertamente Espino cometió un error. O más exactamente, una demasía. Después de una intervención inicial de Román Rodríguez, en la que se emplumó por enésima vez como un sacrificado dirigente de izquierdas y el gestor excepcionales de un Gobierno de gestores excepcionales – «las cosas se han hecho en todos los aspectos más que bien»– a Espino no se le ocurrió otra cosa que explicarle al consejero de Hacienda que no está para dar lecciones de ética política a nadie, y pronunció la palabra Amurga, es decir, una referencia directa a la compra –luego paralizada– de varias fincas rústicas de familiares de Rodríguez por el Cabildo de Gran Canaria. Un asunto inicialmente oscuro pero del que, finalmente, no se desprendió ningún comportamiento deshonesto por parte del ahora vicepresidente del Gobierno. La ocurrencia de Espino fue extemporánea, torpe y errada; enfureció a los diputados de Nueva Canarias, molestó a varios diputados socialistas y sorprendió a los coalicioneros.
Antes se habían pronunciado tal y como cabía prever los distintos grupos parlamentarios. La mayoría suscribió el relato oficial que no es sino una apropiación absurda y desgañitada de méritos bastante discutibles. Es decir, que el Gobierno canario, como el español, decidió responder a la crisis poscovid expendiendo el gasto público para robustecer los servicios públicos y proteger a los más vulnerables; lo contrario, por supuesto, lo que habían hecho el Gobierno de Mariano Rajoy – y en Canarias el de CC – en la crisis de 2008: recortes presupuestario en educación, sanidad y dependencia, congelaciones salariales, aplastamiento de los sectores populares. Es todo una fábula bastante indecente: las crisis son característicamente distintas pero, lo que es más importante, las políticas financieras y presupuestarias aplicadas en entre 2008 y 2015 y entre 2020 y la actualidad se han decidido desde Bruselas y la Unión Europa. La suspensión de la regla de gasto, las transferencias de recursos extraordinarios desde Madrid a través del endeudamiento del Estado, los fondos extraordinarios de la Unión Europea no son logros derivados de la acción del Gobierno de Canarias. Cuando escucho a Iñaki Lavandera charlotear sobre los recortes que practicó CC en la anterior crisis no puedo evitar la estupefacción, porque las mayores podas presupuestarias las ejecutó un Gobierno en 2011, 2012, 2013 y 2014 del que el vicepresidente y consejero de Educación era el secretario general del PSOE, José Miguel Pérez.
Todo el esfuerzo de ayer fue una maniobra de propaganda y si existen diputados de la mayoría que se la crean peor para ellos y para sus expectativas electorales en 2023. El PIB canario no sigue subiendo: continúa –eso sí– recuperándose y la producción total de bienes y servicios no alcanzarán el nivel de 2019 hasta mediados o finales del próximo año. Los servicios públicos –particularmente el sistema sanitario – no registran ninguna mejoría sustancial pese al esfuerzo financiero realizado en los dos últimos años: no todo es la pasta, también cuenta un diagnóstico fiable, el know how gerencial, una estrategia bien definida y articulada, la conexión y cooperación entre equipos de trabajo, una fiscalización interna coherente, la transversalidad obligatoria de algunas políticas públicas que sigue sin practicarse. El desempleo desciende, pero en buena parte gracias a los reajustes estadísticos y a la contratación pública; por lo demás, el nuevo precariado – esa gente que es fija durante seis meses – ve como la inflación adelgaza su salario día a día. Para Rodríguez todo va razonablemente estupendo. Después de denunciar a Vidina Espino como la segunda portavoz de Coalición Canaria –algo curioso cuando lo hacen diputados que actúan invariablemente como portavoces del Gobierno– Rodríguez estalló en un ataque shakesperiano de ruido y furia que no se contemplaba en Santa Cruz de Tenerife desde la última actuación de Los Bambones, y que disculpe la murga. «Les hemos ganado en todo, en todo, señoría, porque ustedes no saben gestionar, ustedes no saben defender los intereses de esta tierra, ustedes no saben recaudar con eficacia ni eficiencia, ustedes no saben defender a los más desfavorecidos, porque ustedes no saben nada, no saben cómo funciona el mundo, no saben lo que necesitan las sociedades, y nosotros, las fuerzas de progreso, seguiremos aquí, porque vistas las cosas ustedes continuarán en la oposición, y yo creo que este gobierno se verá revalidado en las urnas el próximo mayo, y volveremos a gobernar otros cuatro años, y probablemente otro cuatro años más, señorías, y ahí estarán, en la oposición, y les vendrá bien hasta que lo entiendan». Luego se sentó. Y se escucharon aplausos. Temblorosos. Como podrían sonar los que se dispensan a un suicida en plena forma.
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