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Harry Bosch va pasando el relevo

En ‘La espera’, el expolicía creado por Michael Connelly aparece escoltado por Renée Ballard y su propia hija

Michael Connelly, durante una visita a Barcelona en 2017.

Michael Connelly, durante una visita a Barcelona en 2017. / Christian Morales

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Han pasado 32 años desde que Michael Connelly (San Francisco, 1956) hizo debutar a Harry Bosch en las páginas de El eco negro, un personaje que se ha convertido en un clásico de la novela negra contemporánea. A lo largo de sus 25 novelas como protagonista o coprotagonista (además de unas cuantas en las que aparece como secundario), a Bosch lo hemos visto trabajar como inspector en la policía de Los Ángeles, luego meterse a detective privado (cuando tuvo que salir durante un tiempo del cuerpo) y finalmente jubilarse, aunque siempre se las ha arreglado para seguir investigando asesinatos que dejó sin resolver durante su carrera. El cáncer, además, tiene ya a nuestro querido y septuagenario Bosch bastante limitado, aunque Connelly ha querido ahora volver a darle su cuota de protagonismo en La espera, donde el escritor norteamericano vuelve a plasmar magistralmente la compleja realidad de esa megaurbe que es Los Ángeles a través de su sistema policial y judicial y, también, de sus miserias políticas.

En este nuevo relato, Connelly utiliza de nuevo el recurso de introducir varias tramas en la misma novela, algo que le ha funcionado antes. Así, por un lado, la policía Renée Ballard, jefa de la Unidad de Casos Abiertos (y a la que ya conocemos de novelas anteriores), busca el rastro de un violador múltiple al que hace años se le perdió la pista. Al mismo tiempo, tendrá que resolver un problema que puede acabar con su carrera como detective: le han robado la placa, el arma y la identificación, y debe recuperarlas sin dar parte, por lo que pide ayuda a Bosch.

La tercera parte sobre la que descansa La espera tiene que ver, ni más ni menos, con el asesinato sin resolver más famoso de Los Ángeles: el de la joven Elizabeth Short, tristemente, la Dalia Negra, cuyo cadáver apareció mutilado en 1947. Es precisamente la hija de Bosch, Maddie, que también es policía y que entra como voluntaria en la Unidad de Casos Abiertos, la que encuentra una información que podría suponer su esclarecimiento.

Connelly vuelve a confeccionar para sus lectores un relato trepidante, de los que no se pueden dejar de leer hasta la última página y cuyos engranajes funcionan con la perfección de un reloj suizo. El escritor en ese aspecto es todo un experto, ya que posee un conocimiento palmario del sistema judicial y policiaco de Los Ángeles: antes de dedicarse por completo a la escritura, trabajó durante una década como periodista de sucesos para un diario. Y hay en cada libro infinidad de detalles que reflejan el interés de Connelly de que sus novelas sean verosímiles a nivel de investigación policial y desarrollo judicial, y que respondan siempre a la más plena actualidad. La pandemia, por ejemplo, apareció fielmente plasmada en su momento, con los personajes llevando las mascarillas y reflejando la inquietud social de los años del covid.

Los últimos libros, además, incorporan las nuevas técnicas de investigación policial, desde la aplicación del ADN a casos antiguos hasta el rastreo de personas por genealogía. En La espera, ha introducido además el factor político como elemento de tensión, con una importante referencia al asalto al Capitolio por trumpistas en 2021. 

La novela, por lo demás, prosigue con la trayectoria vital que el escritor viene dando a cada uno de sus personajes. Ballard es una policía cada vez más madura pero con fantasmas familiares por resolver, mientras que Bosch, castigado por la quimioterapia, aparece ante los ojos del lector cada vez más crepuscular. La única gran preocupación que le queda a Bosch es que su hija Maddie, que tiene ya 26 años, no sufra en su trabajo como policía las heridas emocionales que él mismo bien conoce, derivadas de todos los horrores que ha tenido que ver. Pero todo parece indicar que tanto Ballard como Maddie seguirán la estela moral de Bosch, cuyo lema policial (ese famoso «Todo el mundo cuenta o nadie cuenta») le ha llevado siempre a desvivirse por meter al criminal entre rejas como única forma de buscar algo de reparación para las víctimas. Aunque ello le haya grajeado la enemistad de los altos mandos policiales (también le pasa a Ballard). Y es que Connelly, admirador de Raymond Chandler, ha insuflado en sus personajes algo de semejanza con su Marlowe: almas idealistas que se enfrentan a un mundo de crimen y corrupción. Es a sus víctimas a quien Bosch trata de seguir haciendo algo de justicia, aunque ya está pasando el testigo a la nueva generación.  

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