El Teide arrastra veinte siglos de "enfermedad" ecológica tras la desaparición del bosque de cedros ancestrales
La deforestación aborigen ha provocado la pérdida progresiva de grandes dispersores de semillas, como el petirrojo o el mirlo, lo que ha llevado a varias especies endémicas al borde de la extinción

Representación artística del Parque Nacional del Teide con sus bosques de cedros y mirlos capiblancos hace más de 2.000 años

El Teide está «ecológicamente enfermo» desde hace 2.000 años, coincidiendo con la pérdida de sus frondosos y ancestrales bosques de cedros canarios (Juniperus cedrus). La presión antrópica que el Parque Nacional ha venido sufriendo durante estos veinte siglos ha cambiado de arriba abajo su estampa natural, relegando el bosque a unos pocos ejemplares y provocando una cascada ecológica que hoy, por primera vez, se ha cuantificado. Y es que, en este tiempo, el ecosistema de alta montaña ha perdido casi un 70% de las interacciones entre la fauna y flora que existía en aquel entonces provocando que seis de cada diez especies vegetales estén hoy bajo la amenaza de desaparición.
«Hoy el ecosistema está funcionando al 30% de su capacidad». Así lo resume Manuel Nogales, ecólogo y delegado de Canarias del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que asegura que estos datos demuestran la delicada situación en la que se encuentra el Parque Nacional del Teide y, en concreto, su «ecología críptica». Es decir, aquella que no se ve a simple vista.
«Es el momento de actuar para salvaguardar este enclave único de Canarias», insiste el científico, que advierte: «o nos lo tomamos en serio y restringimos actividades o lo perderemos». Tras varias décadas de trabajo de campo y cálculos, Nogales ha liderado una investigación cuyos resultados han sido publicados en la prestigiosa revista Global Ecology and Conservation, en la que advierte que el problema se agravará con el avance del cambio climático, que es aún más intenso en los ecosistemas de alta montaña.
Dispersión de semillas
El indicador que más preocupa a los investigadores es la caída abrupta de los procesos de dispersión de semillas. «Es una fase fundamental de la historia natural de muchas plantas», revela Nogales, quien recuerda que este fenómeno «influye en la regeneración, la estructura genética y la distribución espacial de las poblaciones de plantas». Por tanto, es un elemento fundamental para medir la salud de los ecosistemas.

Lagarto actual en el Teide. / Andrés Gutiérrez
En el caso del Teide, hay tres especies que son casi imposibles de encontrar: el mirlo común (Turdus merula), el mirlo capiblanco (Tordus torquatus) y el petirrojo tinerfeño (Erithacus superbus). «Estas aves eran grandes dispersoras de semillas», revela Nogales que insiste en que la mayoría desaparecieron o se hicieron raras cuando también lo hizo el bosque de cedros. «La fauna que consumía sus frutos carnosos se marchó», sentencia.
Y aunque parte de estas relaciones las han cubierto los reptiles –en especial los lagartos–, su contribución no es suficiente como para regenerar el malogrado ecosistema. «Recorren distancias muy cortas y para mejorar el estado de salud del Teide necesitamos aves de cierta talla que lleven las semillas a largas distancias», insiste Nogales.
Deforestación del bosque
La agresiva deforestación que sufrió el bosque milenario provocó una reacción en cadena en el ecosistema que se ha prolongado hasta nuestros días. Así, a día de hoy, de las seis especies vegetales que producen frutos carnosos con las que sigue contando el Parque Nacional, cuatro se encuentran amenazadas. «Y todas ellas son las endémicas», concluye Nogales.
En este listado se encuentra, por ejemplo, el cedro canario, del que apenas se conocen ya 1.250 ejemplares de los que algunos tienen más de mil años. «Ellos fueron testigos del bosque que había en el pasado», insiste. Sin embargo, los pocos árboles que quedan en pie «se encuentran mayoritariamente en lugares inaccesibles», lo que también complica su correcta dispersión de semillas, explica Nogales.

Las tres rosas encontradas el año pasado, de izq a der: la encontrada en el Roque de los Muchachos de La Palma (R. roque-muchachensis), en las cañadas de El Teide (R. cannadas-teydensis), y en la caldera de Tejeda en Gran Canaria (R. gran-canariae). / CSIC
El mismo destino de los cedros la tienen la bencomia de cumbre o rosal del guanche (Bencomia exstipulata), el moralito (Rhamnus integrifolia) y la recién descubierta rosa del Teide (Rosa cannadas-teydensis), de la que apenas se han registrado 100 individuos.
Esto, a su vez, tiene consecuencias en los propios dispersores de semillas, dado que son los principales consumidores de sus frutos (frugívoros). De estos animales que se han detectado en las inmediaciones del Teide –un total de nueve–, al menos cuatro cuentan con protección especial, están en peligro o en situación de interés para la comunidad autónoma.
Reconstrucción del pasado
Para llegar a esta conclusión, los investigadores han realizado una reconstrucción del ecosistema natural y virgen de la cumbre de Tenerife. «Intentamos reconstruir las interacciones del pasado a través de lo que conocemos de las relaciones mutualistas que existen en la actualidad», explica el investigador. Así, por ejemplo, si los cedros o sus parientes próximos suelen tener interacción con los petirrojos en otras zonas geográficas, «los asignábamos como potenciales dispersores de semillas», indica.
Esta metodología ha tenido una buena acogida en el mundo de la investigación y la Ecología. «Abre una vía científica para reconstruir las interacciones perdidas en los ecosistemas de todo el mundo», revela el científico. No en vano, esta es una de las grandes incógnitas de la ciencia de cara a conocer cómo va a influir el cambio climático en diversos ecosistemas y qué se puede hacer para reconstruir aquellos que se encuentran ya degradados.
Recuperación del bosque
En este sentido, los gestores del Parque Nacional, a través de Gesplan, están tratando de revertir la delicada situación en la que se encuentra el Teide repoblando y recuperando el antiguo bosque de cedro. Gesplan cuenta con un presupuesto de 1.116.800 euros y un plazo de ejecución es hasta el 28 de febrero de 2026, para llevar a cabo esta complicada tarea.

El ejemplar denominado ‘El Patriarca’, uno de los cedros milenarios del Parque Nacional del Teide / Cedida
«Los gestores del Parque se lo están tomando muy enserio y lo agradecemos, porque esto puede ayudar muchísimo a su recuperación, pero el esfuerzo tiene que ser mayor e implicar a distintos estamentos», insiste Nogales.
El investigador se refiere a la gestión política que se realiza del Parque que considera «sensiblemente mejorable» para la conservación de este espacio natural. «La situación del Parque Nacional –que es el más amenazado de los cuatro canarios– no es compatible, por ejemplo, con algunasde las actividades deportivas que se están autorizando, ni con la apicultura o la cantidad de visitantes que recibe cada año», critica Nogales, que solicita a las autoridades «estar a la altura de las competencias que tienen transferidas en la actualidad».
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