Esta es la palabra que le dices a tu bebé y que ya usaban los antiguos canarios
El creador de contenidos Ayose Himar González desvela un gesto de ternura que guarda raíces canarias

Madre acariciando a bebé / LP/DLP

Hay palabras que parecen nacidas de la ternura más pura. Un “ajó” suave, dicho al compás de una caricia en la barbilla, basta para que un bebé estalle en risas. Lo que pocos saben es que esa voz infantil, tan universal en Canarias, no nació en la cuna sino en la raíz más antigua de estas islas.
El Diccionario de la Real Academia Española ya recoge la interjección ¡ajó!, ¡ajú! o ¡agho! como onomatopeyas de los primeros balbuceos del niño, empleada como estímulo cariñoso.
No obstante, esa palabra contempla una raíz que hoy nos concecta con los ritos de lactancia y con la forma en que los antiguos pobladores entendían el ciclo de la vida.
El creador de contenidos Ayose Himar González, impulsor del proyecto @phdc_23, lo recuerda en uno de sus vídeos virales: “Los antiguos canarios llamaban 'ahó' con hache aspirada a la leche, alimento esencial de vida. Con el tiempo esa voz ancestral se transformó en expresión de cariño, en juego, en memoria viva de nuestro pasado. Cada vez que decimos 'ajó', hablamos también la lengua de nuestros antepasados”.

Otro beneficio de la lactancia materna para el bebé. / Freepik.
Otras voces que siguen vivas
El caso de 'ajó' no es único. Canarias está sembrada de palabras que han sobrevivido a la conquista y que hoy usamos casi sin darnos cuenta.
Algunas palabras hacen referencia a alimentos o al ámbito gastronómico, como es el caso de las siguientes:
- Baifo, el cabrito pequeño que aún nombra a las crías de cabra.
- Gofio, la harina tostada que fue alimento de subsistencia y hoy es emblema gastronómico.
- Jilorio: se dice cuando una persona tiene hambre.
Otras se refieren a lugares y costumbres:
- Almogarán: lugar de rituales religiosos.
- Tagoror: la asamblea donde los menceyes deliberaban.
- Tamarco: el abrigo de piel que protegía del frío en las cumbres.
Y no faltan términos que pasaron al habla cotidiana con naturalidad: tenique, piedra pequeña; guirre, el alimoche canario; chácara, instrumento de percusión. Todas ellas, como el “ajó”, son vestigios de una lengua desaparecida y dónde venimos.
Quizá la próxima vez que alguien pronuncie un “ajó” a un bebé, sin pensarlo, estará invocando a los antiguos habitantes de las islas, a la leche que los sustentaba y a la lengua que todavía se resiste a morir.
Porque, como resume el creador de contenidos, cada vez que acariciamos a un niño y le decimos ‘ajó’, no solo jugamos con él, sino que estamos hablando la lengua de nuestros antepasados.
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