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El pirata canario que salvó a las islas del hambre y acabó arruinado en Marruecos

Pascual Rodríguez de Sossa pasó de apresar navíos ingleses como corsario a llevar trigo desde Marruecos para alimentar a Canarias. Durante un tiempo fue un héroe. Murió olvidado, escribiendo a un rey que nunca le respondió.

Ilustración creada con inteligencia artificial para representar el texto.

Ilustración creada con inteligencia artificial para representar el texto. / LP/DLP

Héctor Rosales

Héctor Rosales

Las Palmas de Gran Canaria

La Guerra de la Oreja de Jenkins tuvo de todo. España atravesaba uno de sus peores momentos en siglos. Los imperios jugaban en nuevos tableros —y en varios al mismo tiempo—, cada uno igual de decisivo, aunque no todos igual de peleados. Lo que empezó como un enfrentamiento en el Caribe entre Inglaterra y España terminó absorbido por la Guerra de Sucesión Austriaca, con media Europa en batalla.

Como venía siendo habitual en los últimos años —todo lo contrario a antaño—, nada salió bien para los españoles. Pero de su parte hubo figuras tan destacadas como olvidadas, algunas canarias, como Pascual Rodríguez de Sossa, un hombre que tocó todos los palos que pudo y al que la fortuna acompañó, aunque no durante todo el camino.

La Marina inglesa dominaba el mar en aquel siglo XVIII. Sus rivales, España y Francia, se habían quedado atrás, aunque trataban de seguirle el ritmo. Con territorios en ultramar y rutas comerciales que dependían del océano, esos imperios no podían permitirse ceder tanto terreno a los británicos, y menos aún con la fama que los precedía.

Caricatura de 1738 en la que Robert Walpole se desmaya al ver la oreja cortada de Jenkins.

Caricatura de 1738 en la que Robert Walpole se desmaya al ver la oreja cortada de Jenkins. / LP/DLP

A la caza de navíos ingleses

El poder naval era lo que permitía a estos imperios sostener rutas comerciales tan largas como peligrosas, plagadas de piratas y corsarios. Y uno de ellos fue el canario Rodríguez de Sossa.

Nació en La Laguna y se echó al mar desde muy joven, como tantos canarios de la época. En plena guerra contra Inglaterra, se enroló en pequeñas embarcaciones canarias dedicadas al corso, esa forma de piratería legal que permitía atacar barcos enemigos con el respaldo real.

Con treinta años ya mandaba su propia balandra, Nuestra Señora del Rosario, y se había hecho un nombre entre los marinos del archipiélago. En 1740 capturó un bergantín inglés, el Samuel, y poco después una corbeta frente a la costa de Berbería, en lo que hoy es Marruecos, que logró llevar a Tenerife bajo intenso fuego enemigo. No era un hombre fácil de asustar.

Durante los años siguientes se dedicó a apresar navíos ingleses en aguas de Madeira, las Azores o Guinea, cuenta el historiador Mariano Arribas Palau. Las autoridades consideraron sus capturas «de buena presa»: botines legítimos que la tripulación podía repartirse como recompensa.

Para sobrevivir a las batallas y escaramuzas en las que se movía este corsario hacía falta no solo habilidad e inteligencia, sino también suerte. Y pudo agotar toda la suya durante aquellos años. Aunque, para ser justos, le duró bastantes más.

El HMS Centurion de George Anson capturando el galeón de Manila Nuestra Señora de Covadonga en 1743.

El HMS Centurion de George Anson capturando el galeón de Manila Nuestra Señora de Covadonga en 1743. / LP/DLP

Reciclaje tras la guerra

Acabada la guerra, muchos corsarios tuvieron que reciclarse. Ya no tenía sentido que hubiera tantos, porque no quedaba a quién atacar. Entre ellos, Rodríguez de Sossa, que cambió de trabajo, pero no se bajó del barco. Se dedicó a comerciar.

Dejó los cañones para protegerse y empezó a cargar pescado y grano. En 1766 pidió permiso en Madrid para comerciar con la costa africana: llevar víveres desde las islas y traer cereal de vuelta. En Canarias, donde las malas cosechas eran frecuentes, aquel intercambio era vital.

Su barco se convirtió en un puente entre las islas y los puertos marroquíes. No era una ruta inédita, pero sí arriesgada: comerciar con el norte de África exigía permisos, diplomacia y mucha suerte. Durante un tiempo, las cosas le fueron bien. Consiguió la autorización del sultán para exportar grano —unas cien toneladas de trigo, según explica Arribas Palau—, un privilegio inusual para un extranjero, y sus viajes llevaron trigo y cebada a islas donde el pan comenzaba a escasear.

Aquellos cargamentos fueron decisivos. Remediaron en parte el hambre que se padecía, vendiéndose el grano a precio moderado y por repartición, para que alcanzara a los más posibles. El propio comandante general de Canarias agradeció al sultán la ayuda y reconoció el papel de Rodríguez de Sossa, al que se refirió como benefactor por sus remesas.

Se acabó la suerte

Pero el comercio tampoco le trajo calma. Las tormentas, los naufragios y los impagos resultaron enemigos más persistentes que los cañones y acabaron por arruinarlo. En Mogador, la actual Essaouira, donde había instalado su base, los precios cambiaban cada día, casi según el humor del sultán, y las mercancías se perdían en esperas interminables.

Su nombre, antes respetado en los puertos canarios, empezó a asociarse con impagos y deudas. Los socios lo dejaron solo, los acreedores lo acosaron y sus barcos fueron embargados. De corsario a comerciante y, al final, a deudor, Pascual Rodríguez de Sossa terminó sus días en Marruecos, lejos de las islas a las que había ayudado a sobrevivir, y ellas a él.

Había perdido en todas partes su prestigio. El cónsul español en Mogador lo describió como «un hombre insolvente y enredador».

En sus últimos años, Rodríguez de Sossa escribió varias cartas de súplica al rey Carlos III, recordando sus servicios como corsario y comerciante y pidiendo ayuda por las pérdidas sufridas en Marruecos. Nunca obtuvo respuesta.

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