Amalgama
El fin del trabajo humano

Grandes centros de datos para la IA podrían funcionar en el espacio. / Crédito: AFP/Tech Xplore.
Juan Ezequiel Morales
La vieja promesa de la técnica prometía liberación del esfuerzo, y la nueva, silenciosa y más honesta, promete sustitución. Lo estamos viendo en tiempo real, donde los «agentes de IA» ya no son meras herramientas, sino que deciden, ejecutan, validan pagos, redactan informes y controlan procesos. En los hubs logísticos y las oficinas financieras del presente, el humano pierde minutos cada día de soberanía productiva hasta que se vuelva un residuo estadístico. Hasta un 40 % de tareas está expuesto a ser sustituido por sistemas autónomos, los empleos administrativos y de atención al cliente encabezan la caída, y la parte de la programación rutinaria entró en descenso desde hace un par de años.
En su libro Superagencia (2025), Reid Hoffman formula el credo optimista de Silicon Valley y advierte de que la IA amplifica nuestra agencia, nuestro radio de acción, aunque no viene a destruir el trabajo sino a transformarlo, realmente, a sacarlo de las manos humanas. Hoffman avisa del coste, que será el de una transformación turbulenta y asimétrica. La Agencia Artificial se amplifica donde ya existe capital cognitivo, redes y acceso, y se reduce justamente donde el trabajo era, precisamente, una rutina.
La consecuencia es que quien tiene más, gana más agencia, y quien tenía poco, deviene en prescindible. El informe de Hoffman avisa, además, de un desplazamiento temprano de empleos medios, o hacia nichos altos o hacia la desocupación.
Alex Karp, al mando de Palantir, confirma que la IA eleva la productividad y convierte al decisor humano en una pieza cara. Palantir, como empresa global, estudia información y prioriza riesgos y, por tanto, decide quién o qué es prescindible. Palantir está, asimismo, en el corazón del uso bélico y de control fronterizo de sus plataformas, y ese es el corazón de la nueva economía política, no tanto «máquinas que trabajan» como máquinas que seleccionan. La sustitución laboral ya no es solo por eficiencia económica, sino que también se convierte en interés en la gobernanza, y la obediencia se automatiza.
Otro visionario AI, Peter Thiel, retrata su tesis obsesiva, la de que estamos estancados y no avanzamos lo suficiente en ciencia y tecnología por exceso de regulación, lo cual, según él, retrasa el objetivo principal, que es la inmortalidad, una manía vinculada a lo físico, que contamina a estas élites aceleracionistas (también, por ejemplo, a Ray Kurzweil). Thiel articula, además, un mito político-religioso provocador, el del Anticristo, que no sería una figura demoníaca clásica, sino un complejo tecnócrata-globalista que, a su juicio, bloquea la innovación radical con burocracia moral y catecismos verdes.
Y no hace falta esperar a 2030 para ver la herida, ya hay tendencia inmediatas como las de que cerca de cuatro de cada 10 trabajos incluyen tareas automatizables por agentes de IA, en EEUU; la reducción neta en empleos administrativos, contables, data entry, soporte y parte de programación estandarizada; y la del desplazamiento geopolítico donde constatamos que, en EEUU, el ajuste se traduce en despidos selectivos en sectores de oficina y media cualificación, y en China, la robotización industrial acelera el reemplazo en plantas y cadenas de suministro en reconversiones durísimas que, por escala, arrastran a regiones enteras a la reestructuración. Ya se plantean escenarios de desempleo en EEUU con niveles comparables a crisis históricas, y la primera ola golpeará sobre todo a jóvenes, por la vía de contrataciones congeladas, y a trabajadores de 25-45 años en tareas repetitivas.
La empresa deja de ser un conjunto de personas y pasa a ser una arquitectura de decisiones. El trabajador que no diseña, consume la productividad del agente que lo reemplaza, y hay que quitarlo de la ecuación. Esa inversión ontológica, o sea, del ser que produce al ser producido por su técnica, alimenta una psicología del sobrante. Y de ahí el malestar de esta época, nos piden re-cualificarnos hacia arriba mientras el escalón sube más rápido que nosotros. Hará falta regulación algorítmica y una fiscalidad que redistribuya la productividad hacia rentas de transición. Si no, el ajuste lo hará el mercado de despidos, con el peligro de una revolución humana que estará en la parte débil, mientras quienes las sofocarán, las máquinas, estarán en la parte fuerte.
Peter Thiel predica contra el Anticristo del bloqueo, Hoffman imagina una superagencia repartida, y Karp administra la aritmética dura del poder de los datos. Pero ninguno de ellos decide el aceleracionismo. La tesis final es sencilla: el aceleracionismo ya no es una ideología ni un capricho de élites, es el efecto estructural de la IA en estado de plenitud. Cuando una tecnología aprende a aprender tareas y fabricar sustitutos de decisión, todo ecosistema económico se ve obligado a subirse a esa curva o a desaparecer. No acelera el que quiere, acelera el que no puede permitirse frenar. Por eso, las discusiones morales sobre «buen» o «mal» uso suenan, de pronto, premodernas. La única pregunta adulta es cómo convertimos esta aceleración inevitable en progreso civilizatorio. Y cuando el último empleado cierre la puerta y el agente liquide nóminas, impuestos, logística y atención, quedará un silencio nuevo en las oficinas del mundo.
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