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El secreto de Julio para vivir 104 años: un 'vasito' de vino y mucho genio

A sus 104 años, Julio ‘el taxista’, como lo conocen en Guamasa, aún tiene fuerza en las piernas y la cabeza en su sitio, pero prefiere no desvelar cómo lo ha conseguido

Julio López sentado en el patio de su casa, tocando la guitarra

Julio López sentado en el patio de su casa, tocando la guitarra / María Pisaca

Santa Cruz de Tenerife

El tinerfeño Julio López se niega a desvelar cuál es la fórmula secreta que le ha permitido llegar hasta los 104 años. Sus cuatro hijos, sin embargo, ofrecen alguna pista: «El entorno en el que vive, el vasito de vino que se toma en el almuerzo y el genio que tiene, si lo ponen de alcalde, arregla el mundo». Este vecino lagunero –que se enfada si sus familiares responden por él– nació, se crió y aún reside en Guamasa, donde todo el mundo lo conoce como Julio el taxista, ya que fue el primero de la zona en ejercer esta profesión.

No solo ha superado el siglo de vida, sino que ya solo restan menos de cinco meses para que sople las velas de su 105 cumpleaños, que será el próximo 19 de marzo, coincidiendo con el Día del Padre. Desde fuera no da la impresión de que los años le pesen. De hecho, se levanta todas las mañanas y lo primero que hace es gimnasia, toca el suelo con las manos y se lleva las piernas atrás, para después ducharse solo. «¿Y si no, cómo camino? Si me levanto y me engruño, la vida termina conmigo», asegura sentando en una silla en el porche de su casa desde la que saluda a todos los vecinos que pasan por delante.

En ese rincón pasa la mayor parte del día, siempre junto a su perrita Viva. También pasea con su andador por la zona y, de vez en cuando, visita su bodega y a sus gallinas. Lo único que lo frena en alguna ocasión es el miedo a caerse. A las 13:00 horas, con la puntualidad de un reloj suizo, se levanta para comer «lo que le pongan». Según confiesa, le gusta todo, desde un bistec hasta conejo, pero a veces «no hay perras para comer lo que a uno le apetece». Aunque eso más bien ocurría antes, cuando el que no trabajaba, no comía. «Antes la vida no era sino trabajar, pico y pala», relata.

Un siglo da para mucho

José Jorge López –así se llama realmente, aunque desde pequeño todos lo conocen como Julio– se libró de luchar en la Guerra Civil porque aún era menor de edad y porque, al llamar a tres de sus 16 hermanos, él tenía que quedarse en casa.

Durante su juventud trabajó en la construcción y participó en la creación de varias carreteras de la Isla, como la del Boquerón (en Valle de Guerra). Después vendió su bicicleta para comprar un pasaje que le permitiera, como a tantos otros, emigrar a Venezuela. Allí reunió dinero para volver y comprar un taxi. «Todo el mundo lo llamaba para bodas, para cualquier urgencia o para llevar al hospital a las mujeres que iban a dar a luz», recuerda Emiliano López, uno de sus cuatro hijos.

Julio López junto a una de sus nietas

Julio López junto a una de sus nietas / María Pisaca / MARIA PISACA

Tanto él como el resto de sus hermanos –Carmen, Juan José y Francisco– coinciden en que gracias a su padre han tenido una buena vida. «Nos salvó que se haya ido a Venezuela, fuimos los primeros en tener televisión de la zona y parecíamos los más ricos porque los viernes nos traía rosquetes de la venta de mi madre. Mientras siga aquí jodiendo estamos todos contentos porque eso significa que estamos disfrutando de él», celebran sus vástagos, todos mayores de 70 años. Su padres y sus hermanos ya han fallecido, pero su familia la completan catorce nietos y otros tantos bisnietos. Lo más curioso: entre el nacimiento de Julio, el más longevo de los López, y el de sus dos bisnietas gemelas de 4 años, las más jóvenes, hay una diferencia de un siglo.

Una vida algo ajetreada

Para llegar a los 104 años y, sobre todo, para llegar bien, es importante tener aficiones. Este lagunero, por ejemplo, disfruta viendo películas del oeste, escuchando rancheras y cantando folías. Tuvo carnet de conducir casi hasta el otro día, pues con cien años todavía cogía el coche por la zona y también acude a votar cada vez que convocan elecciones. Aún toca la guitarra e, incluso, hace poco menos de dos meses asistió al concierto que dio la banda en la que está uno de sus hijos. «En su cumpleaños vino una agrupación y estuvo cantando canciones que ni siquiera recordábamos. Nos da dos vueltas, de cabeza está mucho mejor que nosotros», resalta su hija.

Eso sí, el centenario destaca que desde que falleció su mujer, se le fue la vida. Emocionado, tras toda una vida juntos, aún recuerda las mejores anécdotas y, sobre todo, la pelotita de gofio con un poco de azúcar que le hacía para ir a trabajar. Ahora, acompañado de sus hijos, nietos y bisnietos, vive una vida tranquila –quizás algo ajetreada para alguien de su edad– que espera alargar, como mínimo, diez años más.

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