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Habla una víctima de violencia infantil: «Hablo por la niña que fui y los abusos sexuales que sufrí»

Sara Páez rompe un silencio impuesto desde la infancia, cuando durante años fue agredida por varios familiares. La canaria comparte su historia para animar a otras víctimas a denunciar y recordar que la violencia se produce en el entorno más cercano a los menores, donde deberían estar a salvo

Sara Páez en su niñez.

Sara Páez en su niñez. / LP/DLP

María Alfonso Rodríguez

María Alfonso Rodríguez

Las Palmas de Gran Canaria

Hay silencios que se prolongan mucho tiempo. Silencios que no deberían haber existido y que, sin embargo, se instalan en el cuerpo, en los recuerdos y en la forma de vivir. Durante años, Sara Páez creyó que callar era la única manera de sobrevivir. Hoy, en el Día Mundial para la Prevención del Abuso Sexual Infantil, decide romperlo porque siente que ya no habla solo por ella: «Hablo por la niña que fui y que sufrió abusos sexuales, por las que hoy no pueden, por las que aún creen que lo que les pasó es culpa suya».

«Si mi testimonio sirve de fuerza e inspiración para otras, yo creo que todo mi sufrimiento habrá valido la pena», comparte Sara, tinerfeña de 32 años. Abrirse «duele», reconoce, pero aun así insiste en que el silencio alimenta la impunidad: «Si no hablamos, estamos siendo cómplices de una lacra que existe y que es más común de lo que pensamos».

Abuso en el entorno familiar

Lo que vivió ocurrió dentro del entorno familiar y de ahí nace la frase que sostiene su historia: «el monstruo no vivía en los cuentos, sino en los lugares donde debíamos estar a salvo». Sara creció con una herida que no sabía nombrar y durante mucho tiempo el silencio se convirtió en un refugio y en una cárcel al mismo tiempo.

Cuando empezó a entender que lo que le había ocurrido no era culpa suya, ya era adulta. Ese proceso, lento y doloroso, lo transita hoy acompañada de ayuda psicológica: «La terapia ha sido mi salvavidas», admite. Los indicios que durante años normalizó, como el rechazo hacia su cuerpo, un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), ansiedad y pesadillas fueron en realidad las primeras señales de un trauma profundo. «Cuando vives abusos sexuales no los superas, aprendes a vivir con ellos», cuenta con claridad.

Sara Páez en la actualidad.

Sara Páez en la actualidad. / LP/DLP

El miedo y la culpa

Liberarse del miedo al qué dirán fue un hito en su vida. Porque una de las cargas más pesadas ha sido siempre la culpa, con la cual a día de hoy sigue lidiando». La dificultad para relacionarse de forma sana con los hombres y la mala relación con su propio cuerpo siguen ahí. Y, además, las reacciones del entorno no siempre ayudaron: «Cuando empecé a verbalizar, lo que recibía la gente me decía: '¿pero tú crees que fue para tanto?, ¿para qué lo vas a sacar ahora?'». Incluso desde la propia salud mental escuchó frases que la desmoronaron: «Quizás te lo has imaginado». Ese cuestionamiento constante, afirma, «es parte del problema».

Por eso Páez señala directamente al sistema: «Cuando una víctima denuncia se siente revictimizada. Son procesos largos, fríos, sin acompañamiento». Según el informe Save the Children 2023, solo un 15 % de las víctimas llega a denunciar, mientras la sociedad mira hacia otro lado porque «no interesa», sentencia. Los abusos suceden, en su mayoría, en espacios íntimos, familiares: lugares donde nadie quiere mirar.

La maternidad después de un abuso

Su implicación en el colectivo Madres VIVA la conectó con otras historias que se parecen demasiado a la suya. «Esas mujeres están siendo ninguneadas por el mismo sistema», cuenta. Hijos obligados a tener visitas con progenitores que han sido denunciados, informes ignorados, instituciones que fallan. Sara lo vivió en primera persona y por ello insiste en que acompañar a la infancia debe ser una responsabilidad colectiva.

En su caso, la maternidad llegó con 19 años, mucho antes de entender su propia herida. «Mi hijo me salvó la vida», afirma sin dudar. Fue el impulso para romper patrones, para no repetir lo vivido, para ser una madre consciente y presente. «Yo idealicé la idea de una familia perfecta porque creía que así no iba a sufrir más», recuerda. Hoy, en cambio, sabe que la verdadera protección comenzó cuando empezó a protegerse a sí misma.

Proteger hoy para no sobrevivir mañana

A la niña que fue le diría: «Ya por fin no estás sola». Y a cualquier persona adulta que sospeche que un menor puede estar sufriendo abuso, le pide una sola cosa: «Que no le deje. Que hable con él, que busque ayuda, que no dude de su testimonio. Un niño no va a mentir sobre eso».

Su historia, hecha a base de mucha lucha y resistencia, se cuenta desde un proceso aún abierto. Pero hoy, en un día que invita a mirar de frente esta violencia, Sara elige poner sus propias palabras donde antes habitaba un doloroso silencio. Para ella, poder hacerlo es un acto de amor hacia la niña que un día fue, que aún vive en su interior y por todas las que aún no pueden hablar.

Los agresores, monstruos que se esconden en el entorno familiar

El 84% de los abusadores son conocidos, en mayor o menor grado, por las víctimas. El dato, recogido por Clave-A a partir del informe Los abusos sexuales hacia la infancia en España (2021) de Save The Children, desmonta la imagen del agresor desconocido y sitúa la violencia sexual infantil dentro del entorno cotidiano: familia, escuela, deporte, amistades o personas de confianza. Adultos con apariencia «normal» que actúan varias veces y que siempre imponen la misma norma: guardar el secreto.

Como recuerda Clave-A, la violencia sexual contra menores no siempre implica agresión física. Muchas veces se ejerce mediante manipulación emocional, chantaje, regalos o amenazas, y también a través de conductas que a menudo se subestiman: pedir que el niño se desnude, hacer o solicitar fotos íntimas, mostrar material sexual, hablar explícitamente de sexo o proponer videollamadas con contenido erótico. Todas estas acciones, advierte la plataforma, son abuso, aunque no haya golpes ni contacto directo. La organización también recoge la dimensión internacional del problema citando a la Organización Mundial de la Salud (OMS): «Uno de cada cinco menores es víctima de abusos sexuales en el mundo».

Clave-A recuerda que esta realidad convive con otras formas de maltrato infantil ejercidas por quienes deberían garantizar el cuidado del menor: familiares, cuidadores, docentes o personas del entorno. Golpes, quemaduras, empujones, estrangulamientos, insultos o cualquier acto que cause daño o ponga en peligro la vida de un niño constituyen maltrato. Y lo sintetiza con una advertencia dirigida directamente a la infancia: «Si te golpea, quema, hace daño o pone en peligro tu vida, eso es un maltrato infantil y tienes que denunciarlo».

Toda esta información procede de la guía divulgativa publicada por Clave-A, que insiste en un mensaje fundamental: ningún niño miente sobre algo así, ninguna conducta de violencia sexual es pequeña y ninguna debe normalizarse.

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