50 años de la muerte de Franco
Canarias en la muerte de Franco: entre un brindis con champán y la incertidumbre
Dirigentes políticos, activistas y profesionales canarios evocan cómo vivieron la muerte del dictador y el inicio de un nuevo rumbo en el Archipiélago

El Parque de Santa Catalina, en Las Palmas de Gran Canaria, en 1975. / Colección José A. Pérez Cruz /Fedac
Cuando el 20 de noviembre de 1975 se anunció la muerte de Francisco Franco, en Canarias la noticia no sorprendió a nadie: llevaba días esperándose y muchos hogares siguieron la agonía del dictador casi hora a hora. En las casas hubo alivio e incluso algún brindis de champán, pero en la calle dominó un silencio prudente: luto oficial, misas, banderas a media asta y una presencia policial más visible en las capitales. Aunque el Archipiélago seguía plenamente bajo la estructura del régimen, Canarias llegaba a aquel noviembre inmersa en una transformación profunda. En los barrios populares se consolidaban movimientos vecinales que reclamaban agua, transporte y servicios; crecía la actividad estudiantil pese a la vigilancia; y en los centros de trabajo comenzaban a organizarse los primeros núcleos sindicales.
La economía también vivía su propio tránsito: la crisis del petróleo convivía con un turismo en expansión en las Islas, a diferencia de la caída que se registraba en la Península; la aplicación del Régimen Económico y Fiscal (REF) de 1972 mantenía la franquicia fiscal y reordenaba los arbitrios; mientras tanto, sectores tradicionales como el tabaco o las conservas entraban en declive y persistían desigualdades sociales muy marcadas.
Marcha Verde
El año había sido especialmente duro en el plano político y policial. En Tenerife, la muerte bajo custodia de Antonio González Ramos, militante de Comisiones Obreras, atribuida en los sumarios al jefe de la Brigada Político-Social, José Matute Fernández, simbolizaba la represión aún activa.
A ello se sumó el impacto de la retirada española del Sáhara Occidental: tras la Marcha Verde y los Acuerdos de Madrid, miles de familias retornadas llegaron a las islas, sobre todo a Gran Canaria y Fuerteventura, obligando a improvisar soluciones habitacionales. También aumentó la preocupación por los ataques del Frente Polisario a pesqueros canarios.
Y, en paralelo, Canarias escuchaba por primera vez de manera constante la voz del Mpaiac desde Radio Argel, con Antonio Cubillo difundiendo mensajes de «descolonización».
Ana Oramas
Ana Oramas, vicepresidenta del Parlamento de Canarias y exdiputada nacional por Coalición Canaria, tenía 16 años cuando vio en televisión el anuncio de la muerte de Franco. En su casa el ambiente era de miedo e incertidumbre, y en la calle dominaba un silencio absoluto. Ese mismo día vivió un gesto que nunca ha olvidado: su profesor de matemáticas, Ramón García Rojas –que años después sería senador socialista– suspendió la clase para decir: «Ha muerto Franco, un dictador». Les habló de la gente que había sufrido cárcel y represión y expresó su deseo de que España recuperara la libertad.
Al ingresar en la Universidad de La Lagunaen 1976 vivió de lleno la efervescencia política de la Transición: trotskistas, maoístas, comunistas, huelgas y asambleas que hasta entonces eran imposibles.
Román Rodríguez
En 1975, Román Rodríguez –expresidente del Gobierno de Canarias y dirigente de Nueva Canarias– estudiaba segundo de Medicina en La Laguna y militaba en lo que define como la izquierda canaria dura. Formaba parte de un movimiento estudiantil muy activo y nacionalista, sostiene, que considera clave en la movilización previa a la Transición. Para él, la muerte del dictador fue una noticia esperada y necesaria.
Vivió el momento con esperanza, pero consciente de que el aparato franquista seguía intacto. Rodríguez sitúa, además, aquellos acontecimientos dentro del contexto internacional: solo un año antes, en 1974, la Revolución de los Claveles había derrocado el otro régimen autoritario que quedaba en Europa, el de Portugal, un precedente que influyó en el ambiente político de las islas y del Estado.
Emilio Mayoral
Emilio Mayoral, exalcalde socialista de Las Palmas de Gran Canaria, tenía 21 años y realizaba su segundo campamento de la Milicia Universitaria en la Academia de Infantería de Toledo, después de haber concluido la diplomatura de Empresariales en Las Palmas de Gran Canaria.
El 20 de noviembre, Mayoral estaba saliendo de su turno de guardia cuando, a las seis y media de la mañana, el capitán reunió a toda la compañía para comunicarles el fallecimiento del jefe del Estado. Lo sorprendente fue la decisión que vino después. En lugar de ordenar el acuartelamiento total, como solía hacerse ante situaciones políticas delicadas, a los universitarios se les concedieron tres días de permiso, mientras que a los soldados del servicio militar obligatorio se les encerró dentro del cuartel.
Según recuerda, la orden buscaba «evitar problemas», porque se consideraba que los universitarios tenían una conciencia política mucho más formada que los reclutas de reemplazo. Ese mismo día voló a Madrid para reunirse con su pareja. Comparte aquel recuerdo con su compañero de compañía Tano Navarro –Bernardo Navarro–, militante del PSOE, que años después sería vicepresidente del Parlamento de Canarias.
Paulino Rivero
Con 23 años, Paulino Rivero, expresidente del Gobierno de Canarias, se encontraba en su casa de El Sauzal, en Tenerife, con su madre cuando escuchó por la radio: «Españoles, Franco ha muerto». Fue un momento cargado de incertidumbre y expectativas contenidas, vivido desde un municipio pequeño, donde el ambiente político era menos visible que en las grandes ciudades, pero con la misma sensación de que una etapa crucial se cerraba.
Sintió esperanza y temor: el deseo de libertad convivía con la preocupación por si surgía «otro Franco». Destaca la importancia de Torcuato Fernández-Miranda en la articulación jurídica de la Transición.
José Miguel Bravo de Laguna
José Miguel Bravo de Laguna, nacido en 1944, tenía 31 años cuando murió Francisco Franco. Por entonces residía en Las Palmas de Gran Canaria, en la calle Viera y Clavijo, junto a su esposa y dos hijos –el tercero, Lucas, nacería un mes después, en diciembre de 1975–. Acababa de convertirse en el primer canario, con 18 años, en aprobar la oposición a abogado del Estado, para lo cual el Ministerio de Hacienda creó una plaza específica en la ciudad. Trabajaba en la antigua Delegación de Hacienda.
No guarda un recuerdo emocional singular del 20 de noviembre de 1975, aunque sí del clima de la época. Existía una convicción generalizada de que era necesario iniciar una transición democrática. Describe aquellos años como una etapa de «enorme ilusión» para España y Canarias. Participó activamente en el nuevo proyecto democrático encabezando la candidatura de la Unión de Centro Democrático (UCD) en las elecciones de 1977. Considera que UCD fue una solución eficaz para la época.
De aquellos primeros meses parlamentarios conserva una imagen nítida: las Cortes Constituyentes de 1977, donde convivían figuras tan dispares como Dolores Ibárruri (La Pasionaria) y Santiago Carrillo, del Partido Comunista, sentados a pocos metros de exministros de Franco como Manuel Fraga Iribarne y Antonio Carro Martínez. «No se insultaban como ahora, desgraciadamente», afirma.
José Carlos Mauricio
José Carlos Mauricio —exsecretario general del Partido Comunista de Canarias, uno de los fundadores de Coalición Canaria (CC)y además de consejero de Hacienda del Gobierno canario— vivió el final del franquismo desde la clandestinidad, siguiendo de cerca tanto la agonía física del dictador como las maniobras políticas que preparaban la transición.
Recuerda a Franco exhausto, dopado por la medicación —hasta quedarse dormido ante Kissinger y Nixon— y a un país dividido entre dos bloques: por un lado, los reformistas, encabezados por Adolfo Suárez, el entonces príncipe Juan Carlos y Torcuato Fernández-Miranda, que diseñaban una transición “sin ruptura”; y por otro, los ultras, empeñados en mantener intacto el aparato del franquismo.
Aquella última ofensiva represiva culminó en los fusilamientos del 27 de septiembre de 1975, entre ellos el del canario Juan García Morales, , militante del FRAP, un hecho que provocó protestas en toda Europa.
Una España decrépita
Apenas veinte días antes de la muerte del dictador, cuando viajaba clandestinamente hacia París en avión, con pasaporte falso - simulaba un administrativo de Huelva- para una reunión urgente del PCE, Mauricio paró en Barajas en una escala de cuatro horas y tomó un taxi hasta la Plaza de Oriente, donde el régimen celebraba su último gran acto de masas para 'justificar' las muertes de esos fusilamientos. Calculó que allí no cabían más de 150.000 personas, pese a que la prensa franquista proclamó millón y medio.
Lo que vio —explica— fue la “España decrépita”: viejos falangistas, funcionarios rígidos, señoras de estanco. La “España real”, para él, estaba en las calles que rodeaban la concentración. Franco habló con la mano y la voz temblándole: “era evidente que se estaba muriendo”.
Mauricio sostiene que la muerte del dictador fue prolongada artificialmente para asegurar una sucesión sin vacío de poder. El 20 de noviembre de 1975, Juan Carlos fue designado jefe de los Ejércitos y, dos días después, Rey de España. Mauricio conoció la noticia en París, durante una reunión de la oposición democrática. No hubo tiempo para celebraciones: la prioridad era preparar el escenario del postfranquismo desde la Junta Democrática.
Manifestación en 1976
Con el clima político ya en cambio, en julio de 1976 la Junta Democrática organizó en Las Palmas de Gran Canaria una manifestación masiva por la amnistía y las libertades, para la que Mauricio negoció el permiso con el gobernador civil, Francisco Laína. La marcha —que reunió a unas 10.000 personas desde la Plaza de Santa Ana— se convirtió en uno de los hitos del primer año postfranquista en Canarias.
Mauricio aún conserva el pasaporte falso, símbolo de la clandestinidad desde la que se vivió buena parte del final de la dictadura..
María Dolores Palliser
La socialista María Dolores Palliser, abogada y primera diputada mujer del Parlamento de Canarias, vivió el 20-N en Tenerife con su marido Manuel Medina –dirigente socialista e histórico eurodiputado–. Sintieron alivio y lo celebraron en casa. Para ella, el régimen ya estaba condenado por la presión social acumulada desde barrios, universidades y movimientos vecinales.
Destaca la influencia de la Revolución de los Claveles, la decisión del rey Juan Carlos de apostar por la democracia y la audacia de Adolfo Suárez para legalizar el PCE y pilotar el cambio.
Carmelo Ramírez
Carmelo Ramírez, portavoz de Nueva Canarias en el Cabildo de Gran Canaria, tenía 22 años y llevaba ya cinco o seis de militancia política. Recuerda la semana previa como un ambiente de «calma tensa» en Vecindario, siguiendo cada parte médico.
El 20-N decidió quedarse en casa para no preocupar a sus padres, por posibles represiones, mientras el país seguía el anuncio por televisión. Subraya que la muerte del dictador coincidió con un hecho decisivo: los Acuerdos Tripartitos del 16 de noviembre sobre el Sáhara Occidental, que califica como una traición al pueblo saharaui.
Herminia Fajardo
Herminia Fajardo, periodista y activista, evoca la víspera de la muerte de Franco en casa del Premio Canarias ya fallecido, Pepe Alemán, donde un grupo de periodistas brindó discretamente. Al día siguiente salió con su grabadora y entrevistó a Monseñor Infante Florido, cuyo tono empático la sorprendió, y al magistrado republicano Ramón Olarte – padre del expresidente canario Lorenzo Olarte– que veía el cambio con esperanza.
Describe un ambiente de miedo contenido: conversaciones cortadas, libros escondidos y miradas precavidas por temor a represalias. Para ella, el 20-N abrió un tiempo nuevo, pero la dictadura no terminó ese día ni ese año.
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