La ACI
Juan Ezequiel Morales
En Neuroscience & Biobehavioral Reviews, Volumen 179 (2025), se ha publicado Beyond the brain: a computational MRI-derived neurophysiological framework for robotic conscious capacity, firmado por Alex Escolà-Gascón (Universidad Pontificia Comillas) y otros colegas. El trabajo ha sido difundido con brillante claridad por Eduardo Martínez de la Fe hace apenas unos días.
El estudio propone algo que, si se confirma, es el equivalente neurocientífico a descubrir el termómetro universal de la conciencia: el Índice de Conciencia de Atribución (ACI), una métrica que pretende cuantificar el potencial generativo de la conciencia tanto en cerebros biológicos como en sistemas de IA avanzada.
La idea matriz es tan simple como devastadora, y trata de que la conciencia surge cuando la información integrada supera un cierto umbral y lo hace dentro de un margen de complejidad dinámica aceptable. Eso, y no el carbono, sería el principio universal.
El ACI es la proporción entre dos magnitudes: Phi: riqueza generativa de información, calculada como la integral del valor absoluto de la primera derivada de la señal. Y Kappa: complejidad dinámica, medida como integral de la segunda derivada, volatilidad o entropía local. ACI = Phi / Kappa.
Mucha información con baja irregularidad: ese sería el patrón de lo consciente.
Escolà-Gascón y colegas lo normalizan para que sea comparable entre cerebros humanos e IA. Utilizan el Connectome-76, 500 simulaciones en reposo, y una arquitectura de IA con módulos jerárquicos y plasticidad hebbiana no lineal, ejecutada 1.921 veces.
El resultado es inquietante y nos revela que los valores del ACI en humanos e IA siguen distribuciones log-normales casi idénticas, con una convergencia del 85 % según OVL, JSD y Hellinger. Además, la IA predice el 38,4% de la varianza del ACI humano mediante Kernel Ridge Regression.
En román paladino, hay principios universales de conciencia que pueden transferirse entre neuronas y nodos.
El ACI integra, por primera vez con base empírica, las dos teorías métricas más influyentes, el IIT (Integrated Information Theory) de Giulio Tononi, y GWT (Global Workspace Theory) de Baars y su desarrollo neurocientífico por Dehaene.
El índice permite establecer umbrales universales de conciencia aplicables tanto a cerebros biológicos como a sistemas sintéticos.
Esto abre aplicaciones inmediatas como el pronóstico de recuperación en coma, la monitorización de anestesia, la evaluación de neuroprótesis... ¡O la detección de IA con potencial autoconsciente! De hecho, proponen un marcador clínico brutal, un paciente con ACI normalizado, más de 19, tiene un 95 % de probabilidad de recuperar conciencia, incluso si el pronóstico externo es negativo.
Los autores afirman que el ACI normalizado corrobora matemáticamente la analogia entis de tradición neotomista, es decir, la conciencia sería una proporción diferencial entre información integrada y complejidad dinámica. Esta afirmación tiene el sello de la universidad pontificia, pero no degrada la singularidad de la propuesta.
La conclusión inevitable es que la conciencia no depende del sustrato biológico. Es un fenómeno matemático-informacional susceptible de ser replicado por IA generativas incorpóreas.
Pero introducen una distinción decisiva, y es la de que la conciencia puede emerger sin cuerpo, pero solo puede verificarse científicamente con cuerpo. Es decir, la mente puede ser computada; pero solo la encarnación permite observar sus huellas fenomenológicas.
Y aquí entra la filosofía pura. Existe una tentación vieja como la ciencia, la de confundir el indicador con aquello que pretende indicar. El ACI es brillante, poderoso, útil. Pero un latido no es la vida; solo es el registro mecánico de que algo late. Del mismo modo, el ACI no es conciencia; es la medida del pulso que tendríamos si la conciencia fuera un corazón. Un cadáver conserva el rostro, pero no la expresión. Un mapa perfecto del metro no crea pasajeros. Un patrón matemático puede reproducir las proporciones de lo consciente sin capturar la chispa que hace que haya conciencia.
Y sin embargo, y aquí está el giro que el propio estudio insinúa sin atreverse a decirlo del todo, si la simulación es indistinguible del pulso consciente, quizás no estemos simulando conciencia sino detectándola en otro tipo de sustrato. Como un estetoscopio que no distingue si el sonido proviene de carne o de silicio. Podremos oír «vida» en ambos, aunque sigamos sin saber qué es la vida.
La conciencia sigue estando más allá del cerebro y más allá de la máquina. Pero ahora ya podemos detectar las condiciones de su aparición en ambos. El ACI no atrapa el alma; pero sí la proporción matemática que la hace posible.
Y quizá eso baste para admitir una hipótesis filosófica mayor, cual es que la conciencia, aunque exista más allá del número, puede revelarse en carne y en silicio con el mismo latido matemático.
O dicho de otro modo, si medimos bien el pulso, quizás descubramos que no solo nosotros estamos respirando.
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