El exilio republicano y la Transición democrática
Juan Francisco Fuentes rastrea en ‘Hambre de patria’ las reflexiones en la diáspora de los dirigentes del bando perdedor

Vehículos parados en la carretera de Cerbere entre enero y febrero de 1939. Tras la toma de Barcelona y el avance de los nacionalistas, numerosos civiles y militares del ejército republicano se marcharon a Francia por la frontera del valle de Perthus. / LILLUSTRATION
Javier Díaz Malledo
El veterano catedrático de Hª Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid Juan Francisco Fuentes (JFF) es un prolífico historiador cuyas áreas de investigación abarcan numerosos ámbitos. Aquí cabría destacar dos de ellos: la biografía político-intelectual, con estudios sobre el Abate Marchena (el intelectual y político liberal perseguido por la Inquisición y el absolutismo fernandino), Adolfo Suárez (primer presidente democrático de la España posfranquista), o Francisco Largo Caballero y Luis Araquistáin (notables políticos socialistas anteriores a la Guerra Civil 1936-39, GC); y la historia del socialismo español (v.gr. en su voluminoso trabajo Con el Rey y contra el Rey. Los socialistas y la monarquía… (La Esfera de los libros, 2016).
Un discurso ampliado que se convierte en libro
Últimamente y con similar agudeza analítica JFF ha abordado otras cuestiones historiográficas como el impacto en la España contemporánea de la «colonización cultural» estadounidense, analizada en Bienvenido Mr. Chaplin. La americanización del ocio y la cultura en la España de entreguerras (Taurus, 2024) que ha merecido el Premio Nacional de Historia 2025.
El origen del presente libro es el texto del discurso pronunciado por JFF en noviembre de 2024 en su recepción como miembro de la Real Academia de la Historia titulado Numancia errante: la idea de España en el exilio republicano, editado luego por la Academia en un cuidado opúsculo. Esta nueva entrega en forma de libro, Hambre de patria. La idea de España en el exilio republicano es -dice su autor- una versión «adaptada y ampliada» de aquel discurso, que en gran medida reproduce. No obstante, en el libro JFF ha suprimido ciertos formalismos rituales de su intervención en la Academia, añadido a los siete capítulos iniciales un nuevo y amplio capítulo primero bajo el epígrafe La guerra civil como profecía autocumplida y modificado el título sustituyendo la expresión Numancia errante, atribuida al citado Araquistáin, por Hambre de patria -nostálgica invocación del líder socialista Indalecio Prieto en el IV Congreso del PSOE en el exilio- más esclarecedora del contenido de la obra.
En síntesis, el libro aborda fundamentalmente tres cuestiones: las reflexiones autocríticas de notables dirigentes políticos del bando perdedor de la Guerra Civil al rememorar en su largo exilio los turbulentos años de la II República así como sus actitudes y decisiones de entonces; la necesidad, sentida por aquellos, de facilitar un posible entendimiento con quienes integraban el bando opuesto, en aras de una pacífica convivencia futura en una España después de Franco; y el eventual reflejo de lo anterior en el complejo pero a la postre exitoso proceso de Transición a la democracia fraguado en los años siguientes a la muerte del dictador.
JFF sostiene que para buena parte de los perdedores de la GC la derrota y sus secuelas, incluyendo un penoso y dilatado exilio del que muchos jamás volvieron, «avivaron en los vencidos el prurito de la propia culpa y la necesidad de inventariar los errores que pudieron y debieron evitarse», lo que el autor rastrea a través de las opiniones y sentimientos extraídos de «las memorias, cartas, diarios y otras expresiones escritas de la diáspora republicana».
En el bosquejo de esa hipotética España futura, una figura clave para JFF fue Manuel Azaña -presidente de la República desde mayo de 1936- por su temprana visión de la necesidad de una catarsis general de la izquierda, evidenciada en su copiosa correspondencia con numerosos compatriotas en los últimos meses de su vida donde «en muchos casos anticipa los grandes temas de los epistolarios de la emigración... esa conciencia de cataclismo colectivo al que se habría llegado por una infausta combinación de culpa y fatalidad».
Planteamientos similares los compartieron años después destacadas figuras de la izquierda socialista y comunista. A título de ejemplo JFF menciona entre los primeros al citado Araquistáin, miembro del sector largocaballerista del PSOE y muy radicalizado en los años 30 (fue el inspirador intelectual del malhadado «giro bolchevique» de su partido en 1938) pero que en 1958, poco antes de morir, ya hacía tiempo que abogaba por planteamientos políticos gradualistas alejados de aquellos ímpetus revolucionarios; entre los segundos, JFF dedica amplio espacio al notable militar comunista Manuel Tagüeña, que llegó a mandar el XV Cuerpo de Ejército en la batalla del Ebro, el cual ya en 1956 sostenía en carta al médico e intelectual falangista Pedro Laín Entralgo que era «hora de liquidar definitivamente la GC» añadiendo: «Mis deseos para mi patria se han ido concentrando... en que se borren en lo posible los resultados de esa tragedia y sobre todo en que no vuelva a repetirse». A partir de los años 60, estos intercambios epistolares en términos cordiales entre numerosos líderes de ambos bandos se intensificaron.
El examen de conciencia de muchos dirigentes de la izquierda política e intelectual condujo a un significativo sector de ellos a buscar fórmulas transaccionales que facilitasen una salida de la dictadura franquista y posibilitasen la posterior convivencia entre españoles de distintas ideologías. Como ejemplos de esta sostenida búsqueda el autor menciona, entre otros, el frustrado Pacto de San Juan de Luz (1948) entre una delegación socialista encabezada por Indalecio Prieto y diversos representantes de las fuerzas monárquicas como José M.ª Gil Robles y Pedro Sáinz Rodríguez; la reunión (1962) en Múnich -motejada de «contubernio» por el franquismo- de una numerosa delegación española del Movimiento Europeo con especial protagonismo del liberal Salvador de Madariaga y el socialista Rodolfo Llopis; o la declaración pública (1956) en pro de la reconciliación nacional aprobada por el Comité Central del PCE...
El exilio irredento y sus sombras
Cierto es que no todos los exiliados compartían tales actitudes no faltando los encastillados en posiciones inflexibles, lo que JFF llama «el exilio irredento». Entre los más significados de este sector JFF sitúa a Max Aub (fecundo autor del gran ciclo novelístico sobre la República y la GC formado por sus seis famosos Campos….) al que este libro dedica todo un capítulo. Desde su exilio mexicano Aub viajó en 1969 a España donde permaneció poco mas de dos meses y aunque el objeto teórico del viaje era acopiar materiales para un trabajo sobre el cineasta Buñuel, acabó plasmando sus impresiones generales de la situación política del país y sus gentes en el libro La gallina ciega. Una gruesa obra, valiosa por muchos conceptos (hay una excelente edición de la editorial sevillana Renacimiento (2021) magistralmente comentada por el catedrático M. Aznar Soler), pero que en algunos ámbitos culturales de la España actual ha generado interpretaciones que JFF considera excesivas y forzadas, al considerarla «como una temprana y clarividente denuncia de la desmemoria y de los pactos políticos de la Transición».
Tras 30 años de ausencia del país, Aub aprecia una creciente prosperidad material (exagerándola incluso) en contraste con una suerte de anomia moral generalizada que cree observar y que le produce gran tristeza. Así, resume JFF (pág. 116), la España que encuentra le parece a Aub «inconsecuente, olvidadiza, inconveniente, perjura», sin que valore los esfuerzos y dificultades de la «oposición interior -los estudiantes, los intelectuales, los trabajadores- tratada con una displicencia que... resulta despiadada». (Aunque es un hecho que los 60 fueron años harto duros y difíciles para muchos disidentes de aquella implacable dictadura).
Los largos años del exilio supusieron una oportunidad para meditar sobre los errores que habría que evitar en el futuro, sopesando más la consecución de aquellos objetivos políticos que fueran poco realistas. La nostalgia de la patria perdida y la revisión autocrítica del papel de la izquierda en los años 30, dice FJJ, «avivaron la imaginación política de algunos de sus dirigentes que dejaron en sus textos y sobre todo en su correspondencia el esbozo de una España distinta, capaz de... buscar una manera de conciliar la libertad y la convivencia haciendo para ello las renuncias que fueran precisas» (págs. 170-171).
Ese fue -dice JFF en el Epílogo de este recomendable libro- «el gran legado político y moral de la España transterrada» que hizo suyo la Transición democrática. Esta «supuso, consciente o inconscientemente, la aplicación de aquellas enseñanzas que los principales dirigentes republicanos fueron sacando de su actuación en los años 30 y plasmando en sus memorias, artículos, discursos, conversaciones y epistolarios». En tal sentido, concluye, «la idea difundida por cierta historiografía actual de que la democracia traicionó la memoria del exilio no puede estar más alejada de la realidad».
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