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El primer decreto del Rey relacionado con Gran Canaria

El nuevo monarca recuperó una solicitud del municipio de Ingenio, paralizada en El Pardo, para concederle su escudo heráldico y elevarlo a la categoría de villa

Juan Carlos I, 50 años del discurso del rey "constituyente"

Juan Carlos I, 50 años del discurso del rey "constituyente"

Miguel Rodríguez Díaz de Quintana

Las Palmas de Gran Canaria

Poco meses antes de asumir el rey la jefatura del Estado, ya se había gestionado realizar en Madrid la «crónica anual de don Juan Carlos». La idea era recoger en un volumen la actividad que el monarca desarrollara anualmente, tanto en el aspecto político, social e internacional.

Iba a ser como una especie de diario y anudar en el proyectado libro toda la actividad realizada por el soberano a lo largo de doce meses.

Desafortunadamente, solo se pudo publicar el primer volumen relativo a los años 1975-1978. Una interrupción que el propio monarca lamentó, pues desde un principio la idea la había aceptado, porque consideraba que a él mismo le iba a proporcionar que la memoria de su gestión quedara escrita para la posteridad.

Dicha publicación iba a ser dirigida por el veterano periodista madrileño, Julian Cortés Cavanillas, quien había conocido a don Juan Carlos casi desde la misma cuna, cuando el cronista fue durante varias décadas el corresponsal del diario ABC en Roma, donde había tenido la satisfacción de conocer personalmente al propio rey Alfonso XIII y a toda la familia real exiliada.

Como dato curioso y anecdótico, el libro, prologado por Camilo José Cela, iba adornado en su contraportada con un árbol genealógico de la dinastía, desde los Reyes Católicos hasta el nuevo soberano.

En dicha relación se iba añadiendo a cada monarca el seudónimo popular por los que eran conocidos, como, por ejemplo, Reyes Católicos, Juana la Loca, Felipe el Hermoso, y así hasta llegar al abuelo de don Juan Carlos, que fue conocido como Alfonso XIII el africano.

Lógicamente, el novel soberano no tenía aún mote que añadir, pero como había coincidido la publicación de aquellos anuarios con su negación de acudir a la boda del príncipe de Gales con Lady Di, porque los consortes habían anunciado que iniciarían su luna de miel en el Peñón de Gibraltar, los nuevos reyes disculparon su asistencia al enlace.

Aquella determinación fue muy valorada por la sensatez que demostraba el estrenado monarca. Su cautela hizo que en la mencionada obra bautizáramos al soberano como Juan Carlos el Prudente, un apodo que al propio don Juan Carlos no solo le hizo mucha gracia sino que le sorprendió.

Y cuando se le entregó junto con la primera edición la genealogía donde aparecía el remoquete, de manera flexible añadió: «¿Yo, el prudente? A pesar de las veces que no me queda más remedio que levantar el freno».

En aquella primera edición figura relacionado el primer decreto que firma el nuevo rey relativo a la isla de Gran Canaria, y que tiene, además, cierta relación con el anterior Jefe del Estado que acababa de fallecer.

Ambos asuntos tendrían, anecdóticamente, la aureola de ser el último del caudillo y el primero del rey de España relacionado con nuestra isla.

En la primavera de aquel año de 1975, el ayuntamiento del pueblo de Ingenio había solicitado al ministerio de la Gobernación que se le concediera escudo heráldico para su municipio.

Por aquella época, eran muchas las corporaciones del país que estaban solicitando dichos distintivos.

Al recibirse, el ministerio de la Gobernación pasó luego dicha petición a la Real Academia de la Historia, que era la que en realidad certificaba que la solicitud se ajustaba con la semblanza histórica del lugar.

Una vez aprobado por la docta Academia, ya pasaba directamente al Jefe del Estado para su firma y posterior publicación en el BOE.

Pero ocurrió que, al llegar el trámite al Pardo, el general Franco ya no estaba para estas faenas y la firma quedó pendiente.

Al asumir el nuevo mandatario los destinos del país, se tuvo interés, y era lógico, de conocerse qué asuntos habían quedado paralizados y ya autorizados del anterior gobernante para, si procedía, darle curso inmediatamente.

Y en esta inspección ministerial se debió de encontrar la tramitación pendiente de aquella solicitud grancanaria.

Y sin pérdida de tiempo, el Rey firmó el decreto otorgándole a Ingenio su propio escudo de armas y, además, con aquel distintivo, don Juan Carlos elevó al entonces pueblo de Ingenio a la categoría de villa, sugerencia que había realizado la propia Real Academia de la Historia.

De la que entonces era académico numerario Antonio Rumeu de Armas, uno de los informantes, por considerar el insigne canario que la comarca peticionaria se había desarrollado y alcanzado un notorio y elevado estatus social, político y económico, y se destacaba entre el resto de los demás municipios grancanarios.

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