La lucha de la tinerfeña Yurena para recuperar la paz tras sufrir malos tratos a manos de su expareja: "En comisaría no me querían recoger la denuncia"
La tinerfeña es víctima de violencia de género por parte de su exmarido desde hace once años. Una vorágine de control, manipulación y dolor, tanto para ella como para sus hijas, de la que aún no ha salido del todo.

Yurena Carrillo en su despacho en La Laguna / Arturo Jiménez
L.Z
La tinerfeña Yurena Carrillo lleva ya más de once años tratando desesperadamente de encontrar una salida a la vorágine de violencia, control y maltrato a la que su ahora exmarido le ha estado sometiendo desde 2014. Madre de dos niñas y abogada penalista, Carrillo muestra su fortaleza con una sonrisa y humor, aunque tras ella pesen ya varios años de absoluto terror e inseguridad. «No quiero que vea debilidad», admite. Por eso se muestra en público y en redes sociales sin miedo, enseñando su rostro y su nombre completo. Quiere que su historia sirva para otras personas, pero también para contar su verdad y no dejar que nadie derrumbe su fortaleza.
Su historia como víctima de violencia de género — así se define ella misma — comienza el 12 de marzo de 2014. Con un marido que para cualquiera rozaría la perfección, una niña preciosa recién nacida y un futuro laboral prometedor, nada presagiaba que las cosas se pudieran torcer. Menos aún de aquella manera. «Tras denunciar la pérdida de los papeles de un caso en comisaría, un polícia me preguntó si había pensado en que mi marido me los podría haber robado, ya que siempre me los llevaba a casa para trabajar», narra.
Primeras señales de alarma
Su primer instinto fue la negación e, incluso, el enfado. Aquella acusación resultaba inconcebible, pero también la puso en alerta. ¿Y si era verdad? Unas horas más tarde, ya con su marido y su niña mayor — en ese momento de 20 meses — en el coche se percató de que algo raro estaba ocurriendo. «Él empezó a ponerse muy nervioso cuando saludé a un vecino mío que era abogado, me llevó a una zona alejada de los aparcamientos del Leroy Merlín y fue entonces cuando, por primera vez, tuvimos un enfrentamiento frontal», recalca. «Me dijo que su familia me iba a hacer daño por haberle traicionado», explica.
Carrillo no entendía nada: «esa narrativa, referencias y discurso no tenía nada que ver con mi realidad».
Primer intento de denuncia
Por la tarde, en estado de shock, un bebé de 20 meses en los brazos, un esguince de tobillo y el corazón hecho añicos, Carrillo fue a la comisaría para tratar de presentar una denuncia de malos tratos contra aquel hombre y sus amenazas. Sin embargo, el resultado no fue el que esperaba. «No me quisieron recoger la denuncia», sentencia y afirma: «colapsé». Sería la primera de muchas ocasiones en las que acabaría siendo considerada una «loca» o «mentirosa» porque, de algún modo, su marido siempre conseguía anticiparse y convencer al resto de que decía barbaridades fruto de los nervios o de una incipiente enfermedad mental.
«Me fui a tomar algo con mi madre y una amiga y no fui capaz de decirles lo que había pasado», explica la afectada, que admite que en ese momento «no entendía la magnitud de la situación». Mientras estaba allí, un familiar de su marido le vino a buscar y ella, asustada, corrió hacia su casa. «Fue instintivo, quería volver a lo que conocía», señala. Una vez allí su marido le quitó a la pequeña, el bolso, la cartera y el móvil. A cambio, le dio las llaves de un coche con muy poca gasolina. «Me dijo que me estaba muriendo porque me había intoxicado», recuerda la mujer que explica que su exmarido es técnico en venenos y sospecha que varias veces ha usado sus conocimientos para intoxicar tanto a ella como a sus niñas y sus mascotas.
Más inacción policial
«Llegué de churro a la comisaría de Tres de Mayo», sentencia la mujer. Allí, sin embargo, volvió a sufrir la inacción de las fuerzas policiales.
«La inspectora se portó fatal conmigo, no solo no me quería recoger la denuncia sino que, además, me trataba de convencer de que yo me sentía mal y que lo que necesitaba era medicarme y acudir a psiquiatría», narra la afectada, que explica que llegó incluso a llamar a su madre para convencerla de que estaba pasando por un brote psicótico. Pese a los nervios y el miedo, Carrillo mantuvo la serenidad, abandonó la comisaría sin haber recibido ayuda y acabó en el Hospital de La Candelaria.
Un diagnóstico revelador
En el centro hospitalario coincidió con un médico que, por primera vez, le creyó y tomó nota. «Consta en La Candelaria en el parte de urgencia de que tengo un ataque de pánico y anotaciones para averiguar sobre el marido y sobre los padres». Allí, además, le diagnosticaron una infección de sangre inespecífica y el embarazo de su segunda hija. «Estaba embarazada de dos semanas, acabé colapsando del todo», recuerda.
Después de aquel suceso, y tras varios días de ingreso en la planta de prisión del HUC — hacia donde la derivaron— volvió a casa como si nada hubiera ocurrido. «Todo parecía idílico», explica. Carrillo asegura que abrazó el Síndrome de Estocolmo para «sobrevivir» aquellos días. La relación con su pareja pasó a ser relativamente perfecta, pero aquella ilusoria vuelta a la normalidad escondía comportamientos de control, violencia psicológica y aislamiento que Yurena solo pudo identificar cuando salió de allí.
Aislamiento y control
«Me dejó sola, no dejó que nadie me acompañara cuando nació mi segunda hija», recuerda la mujer.
Tuvieron que pasar varios años más para poder encontrar la salida a una situación que cada vez se fue recrudeciendo más y más. «En 2015 le supliqué el divorcio y no me lo concedió», rememora. La violencia siguió escalando. «En verano de 2016 estampó el coche con las niñas y conmigo dentro», recuerda.
Escalada de violencia
Otra vez, ese mismo año, cuando empezó a entrenar en kick boxing, sospecha que intoxicó a la más pequeña para que obligarle a dejar todo y correr a Urgencias. «Era su forma de castigarme cuando no hacía lo que él quería», afirma Carrillo que asegura que él también estuvo detrás de la muerte de varias de sus mascotas. «Empecé a temer por la vida de mis hijas», explica.
No se considera valiente aunque haya «soportado cosas muy extremas». «Cuando estás dentro no lo ves o te quedas porque no encuentras la salida», resalta la mujer. De hecho, llegar a ese recurso fue lo más costoso.
La casa de acogida: un punto de inflexión
«Finalmente, en 2017 pude acudir a escondidas a una casa de acogida en La Cuesta», explica. Y aquel paso fue su salvación, pues permitió tramitar el divorcio y alejar a las niñas de su padre, aunque la alegría no duró mucho.
Ambos llegaron a un acuerdo de régimen de visitas. «Él me ofreció a cambio la casa y yo en ese momento, que me estaba quedando con las niñas en el sofá de la casa de una amiga, vi que era una solución rápida», afirma no sin cierto lamento.
El peor descubrimiento
Poco después, una visita de los Servicios Sociales a su domicilio le dio la peor de las noticias: su exmarido había abusado de las niñas. «Al principio no lo creí», afirma. Pero aquellas pruebas fueron concluyentes y fueron las responsables de servicios sociales quienes le denunciaron y le quitaron el régimen de visitas con las niñas.
Sin embargo, y pese a haber ganado algunas batallas, Yurena Carrillo asegura que la pesadilla aún no ha acabado.
Once años después, la pesadilla continúa
«Han pasado 11 años de aquello y la semana pasada tuve problemas», afirma la víctima que alega haber sufrido amenazas, intento de secuestro y hasta de asesinato. «Nosotras tenemos cortes de luz habituales porque manipula las contrataciones de suministros, sufro piratería y pishing, me han envenenado a varios animales y aún ejerce violencia sobre las niñas impidiéndoles, por ejemplo, sacar el pasaporte para irse de viaje». Así, entre amenazas y el miedo, Yurena Carrillo afirma que no dejará de luchar hasta que encuentre la paz que un día le fue hurtada.
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