El canario que llegó a dirigir las obras del Imperio ruso
Agustín de Betancourt, ingeniero tinerfeño formado entre Madrid y París, terminó ocupando puestos clave en la modernización técnica del Imperio ruso

Un cuadro de Fiódor Alekséyev de la Moscú de principios del siglo XIX y un retrato de Agustín de Betancourt. / LP/DLP

Que un niño canario del siglo XVIII acabara involucrado en proyectos clave del Imperio ruso puede parecer improbable. Y, sin embargo, esa fue la trayectoria de Agustín de Betancourt y Molina. Su familia culta y acomodada le dio las primeras herramientas: una buena educación y el gusto por las matemáticas, aunque todo lo que vino después lo construyó a partir de otros talentos.
Nació en 1758 en Puerto de la Cruz, en una familia de cierta nobleza cuyo entorno intelectual marcaría su infancia. Su padre frecuentaba la tertulia ilustrada del palacio de Nava, en La Laguna, y su madre le proporcionó una educación cuidada —incluido el francés que tanto utilizaría después—. La biblioteca familiar y el contacto temprano con la Real Sociedad Económica de Amigos del País despertaron muy pronto su interés por la mecánica.
Desde joven se interesó por los procesos manuales y por cómo mejorarlos. Parte de su tiempo lo dedicaba al hilado, al tejido y al tintado de la seda —actividades comunes en Tenerife—, que más tarde recordaría como especialmente útiles. Observaba herramientas, desmontaba mecanismos y pensaba en mejoras. En 1778, aún en la isla, perfeccionó con su hermana una máquina de pedal para hilar seda que permitía obtener dos hilos a la vez.
Dejó Tenerife para continuar su formación en Madrid. Ingresó en los Reales Estudios de San Isidro y en la Academia de San Fernando, donde reforzó las capacidades en las que ya había destacado en la isla. La mayor exigencia lo hizo avanzar con rapidez y pronto llamó la atención de la administración española.
De Madrid a París
En 1784, le concedieron una pensión para estudiar Geometría y Arquitectura subterránea en París, con la intención de aprovechar su ingenio en la explotación de las minas de España. Dos años más tarde su formación se redirigió hacia la hidráulica y la maquinaria, terrenos en los que destacaba de forma natural.

Sello conmemorativo de Rusia en honor a Betancourt de 2008. / LP/DLP
No solo era hábil en lo técnico; también lo era con las personas. Había crecido en ambientes ilustrados y supo moverse con naturalidad en ellos, una soltura que le abrió las puertas de los principales círculos científicos de París y le ganó la amistad de ingenieros como Perronet y del célebre relojero Breguet.
En aquellos años en París, Betancourt combinó el estudio con trabajos técnicos para España. Supervisó a los pensionados encargados de recopilar modelos y planos europeos, una labor que acabaría dando origen al futuro Real Gabinete de Máquinas de Madrid. Su actividad lo llevó a ampliar contactos y a moverse con frecuencia por Europa.
Antes de regresar a Madrid hizo una parada decisiva en Inglaterra, donde pudo ver una máquina de vapor de doble efecto. Aquella breve visión le bastó para entender su funcionamiento, una muestra de su extraordinaria capacidad para captar y transmitir con rapidez lo esencial de cualquier mecanismo. Esa habilidad lo convertía en un técnico especialmente valioso.
De vuelta a Madrid en 1791, trabajó en proyectos de minería, hidráulica y transporte, y en 1799 ingresó en la Inspección General de Caminos y Canales, además de impulsar la creación de la Escuela de Caminos. Su prestigio siguió creciendo, pero las discrepancias con Manuel Godoy —entonces la figura política más influyente del país— y el clima político incierto fueron reduciendo su margen de actuación.

Acuarela de Agustín de Betancourt que representa el Manège de Moscú, la sala ecuestre que proyectó en 1817 para el zar. / LP/DLP
Fichado por el zar
En 1806 decidió liquidar sus bienes y abandonar el país. Tras una estancia en Francia, viajó a San Petersburgo, donde Alejandro I lo recibió en audiencia privada e inició los contactos para incorporarlo al servicio del Imperio ruso.
Rusia necesitaba una transformación para seguir la estela de sus vecinos y el perfil de Betancourt encajaba en ese plan de modernización. En una de sus primeras misiones inspeccionó la fábrica de cañones de Tula y propuso sustituir sus ruedas hidráulicas por máquinas de vapor de doble efecto, cuyo potencial había conocido en Inglaterra.
En 1809 fue nombrado inspector del nuevo Cuerpo de Ingenieros de Vías de Comunicación y ascendido a teniente general, e impulsó el Instituto de Vías de Comunicación, inspirado en la Escuela de Caminos de Madrid.
En Rusia desarrolló algunos de sus proyectos más ambiciosos: obras hidráulicas y puentes en San Petersburgo, máquinas para dragar puertos, mejoras en la navegación interior, los primeros barcos de vapor del Volga y varias infraestructuras en distintas regiones del Imperio.
Entre sus obras más singulares estuvo el Manège de Moscú, una sala ecuestre resuelta con una amplia cubierta de madera de más de cuarenta metros, hoy reconstruida tras el incendio de 2004. Su último gran proyecto fue la feria comercial de Nizhni Nóvgorod, inaugurada en 1822.
Ese mismo año perdió la confianza del zar y su posición comenzó a debilitarse. Agotado por los desencuentros y la muerte de su hija Carolina, pidió el retiro en 1824. Murió pocos meses después en San Petersburgo, donde fue enterrado en el cementerio de Smolenski.
Dejó una huella clara en los lugares donde trabajó. En España, la Escuela de Caminos que había impulsado en Madrid se convertiría, décadas después, en la institución que estructuró la ingeniería civil moderna del país.
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