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Amalgama

Los mitos progresistas

Michael Huemer

Michael Huemer / La Provincia

Juan Ezequiel Morales

Para quienes creen que la verdad importa, la obra de Michael Huemer sobre los mitos progresistas es una buena noticia. En un tiempo donde el sentimiento ha reemplazado a la razón y la moral a la lógica, Huemer reabre la vieja batalla por el pensamiento clarificante. Michael Huemer, nacido en Nueva Jersey, en 1969, es profesor de Filosofía en la Universidad de Colorado en Boulder, especialista en epistemología, ética y filosofía política, autor de más de sesenta artículos académicos y de obras claves como The problem of political authority, Ethical intuitionism y Knowledge, reality, value. Considerado una de las voces más influyentes del racionalismo contemporáneo, defiende una filosofía basada en la evidencia, el escepticismo constructivo y la claridad intelectual. Huemer se destaca por su valentía intelectual, por su rechazo a aceptar una mentira solo porque millones la repiten con buena conciencia. Su libro no es una diatriba política, sino un tratado de higiene cognitiva. Un recordatorio de que la verdad no pertenece a ningún bando, y de que la inteligencia debe conservar su derecho a disentir incluso frente a la virtud dominante.

A partir de cuándo y por qué muchas ideas del progresismo actual se han convertido en verdades sagradas inmunes a la refutación y adónde nos están llevando, su punto de partida es sencillo y demoledor: mientras los progresistas se presentan como los defensores de la razón, la ciencia y la justicia social, realmente, cuando se examinan sus postulados más repetidos, no resisten en lo más mínimo el menor escrutinio empírico.

Huemer lleva el asunto a la conclusión con ejemplos claves (Trayvon Martin, Michael Brown, Amy Cooper, Kyle Rittenhouse) y destaca cómo sus instancias legales específicas se retorcieron para que su experiencia se ajustara a la narrativa ideológica racial. Una demanda de justicia legítima transformada en religión política.

En su crítica de la denominada «brecha salarial» o la «cultura de la violación», el autor afirma no niega la desigualdad o la violencia, pero llama a la precisión. Explica que la disparidad en la compensación entre hombres y mujeres es en gran medida una consecuencia de variables extensas (por ejemplo, carrera, experiencia, elección vocacional), y no de una estructura heteropatriarcal previa. Del mismo modo, explica que gran parte de las tendencias de acosos enriquecidas en campus universitarios son tendencias construidas desde sistemas inseguros y asociadas a categorías expandidas que señalan cualquier inconveniente menor con depredación criminal.

Con respecto al género, Huemer divide un concepto de género como construcción social subjetiva del concepto biológico del sexo determinado por los gametos y por lo tanto, objetivo.

Muestra que el progresismo ha sustituido la ciencia por sentimentalismo y hace tiempo que la biología se volvió «woke». En el último capítulo revisa y critica los tópicos sobre que la fortuna siempre es hereditaria, así como los que existen sobre impuestos y regulaciones. Señala que los más ricos de los millonarios son gente de primera generación y que la intervención gubernamental excesiva y durante mucho tiempo constituye un caso claro de causa y efecto, que lleva a menos garantías, menos innovación y más desigualdades.

Pero su crítica más profunda está reservada al campo científico. En los capítulos sobre el consenso climático y las mascarillas, Huemer no niega los fenómenos, pero sí critica la moral del consenso, el punto de no retorno en el que la ciencia ya no es un método sino un dogma.

En el último tramo del libro, titulado Análisis, Huemer rastrea las raíces del wokismo, esa nueva religión civil que canoniza causas, produce mártires mediáticos y condena herejes. Lo que empezó como una aspiración legítima por la búsqueda de justicia social se ha pervertido en un aparato cultural totalizante que imposibilita cualquier pensamiento alternativo. Para el autor, el wokismo no es un movimiento, sino un virus epistemológico, una forma de pensar que confunde la bondad moral con la verdad y la disidencia con el odio. La autoridad del wokismo no se encuentra en la fuerza de su argumento, sino en el miedo al desacuerdo. Huemer no propone una cruzada contra la izquierda, sino una vacuna intelectual: «La única manera de parar la expansión del progresismo woke es desenmascarar los mitos que las fuentes de información progresistas utilizan para propagar su sistema de creencias». La vacuna es, pues, un escepticismo metódico, la atención a las cifras, y el redescubrimiento del principio ilustrado de que la moral sin la verdad es superstición. Lo más inquietante de este diagnóstico es que el nuevo dogma no quiere ganar al Estado sino a la mente. El progresismo woke no encarcela, sino que impone emociones, no prohíbe el habla, sino que la condiciona, y no quema libros, los reescribe.

Este libro de Huemer concluye con una sensación de esperanza, la de que surjan hombres y mujeres que puedan mantener su juicio frente al coro: «Espero que este libro sirva de vacuna, confío en que ayude a resistir cualquier nuevo mensaje propagandístico». Mitos progres es un libro racional, y en un mundo de certezas morales woke, Huemer propone la filosofía como antídoto.

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