Los canarios que vivieron aislados durante siglos en los pantanos de Luisiana
Una comunidad fundada en el siglo XVIII logró conservar su lengua, sus costumbres y un modo de vida casi intacto en pleno sur de Estados Unidos

Los pantanos de Delacroix, donde vivieron los canarios de Luisiana. / Louisiana Coastal Protection and Restoration Authority
Aislados durante generaciones en los pantanos del sur de Estados Unidos, los descendientes de aquellos canarios conservaron una forma de hablar y de vivir que en las propias islas ya había cambiado. Ese aislamiento casi perpetuo mantuvo vivos rasgos del habla canaria y de una cultura que el tiempo había borrado en casa.
Instalados en una franja pantanosa al sureste de Nueva Orleans, en el estado de Luisiana, sus poblados, como Delacroix, Yscloskey, Shell Beach, quedaron durante décadas prácticamente incomunicados, ajenos a una realidad exterior que avanzaba a un ritmo que allí apenas se percibía. Vivían en casas levantadas sobre el agua o en pequeñas embarcaciones que servían de refugio durante la temporada de pesca.
La historia de estos canarios en Estados Unidos comienza en 1778, cuando el joven gobernador español Bernardo de Gálvez puso en marcha un plan para poblar Luisiana y asegurar la presencia de la Corona en un territorio que Francia había cedido a España tras la Guerra de los Siete Años.
Los 700 canarios
Gálvez, que pasó parte de su infancia en Tenerife y conocía de primera mano la realidad social de las islas, reclutó a unos 700 hombres para la milicia y favoreció la llegada de familias canarias al territorio; uno de los asentamientos fundados entonces llevaría incluso su nombre: Galveztown. Esos primeros grupos formaron parte del flujo que, entre 1778 y 1783, llevó a Luisiana cerca de dos mil isleños en total, en su mayoría procedentes de Gran Canaria y Tenerife, aunque hubo familias de prácticamente todas las islas.
Algunos de aquellos recién llegados acabarían participando, bajo mando español, en las campañas con las que Gálvez expulsó a los británicos del Golfo de México durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos.

Retrato de Bernardo de Gálvez pintado por Mariano Salvador Maella. / LP/DLP
Las expediciones entraban por el delta del Misisipi y se repartían por distintos asentamientos. El paisaje confundía a cualquiera: no era exactamente una isla, pero tampoco tierra firme, sino un terreno rodeado de rías y canales que condicionaba por completo la rutina diaria.
Un lugar al margen
Esa vida apartada no pasó desapercibida con el paso de los años. En 1838, un periodista de Nueva Orleans los describió como un grupo «romántico» y «salvaje», sorprendido por la singularidad de una comunidad que apenas mantenía contacto con el exterior. A su juicio, aquellos descendientes de canarios vivían en un mundo aparte, ajenos a la Luisiana que empezaba a modernizarse.
A pesar de esa distancia —o precisamente gracias a ella— los isleños conservaron durante generaciones una identidad que evolucionó muy lentamente. Su español, su música, su forma de vida y su cohesión familiar resistieron donde en tantos otros lugares empezaba a desvanecerse o ya había desaparecido del todo.

Cartel en el cementerio de Terre-aux-Boeufs que recuerda el asentamiento de los canarios en Luisiana. / LP/DLP
La vida en aquellos asentamientos era sencilla, pero el propio entorno la volvía dura casi a diario. Las familias se organizaban alrededor de los mayores, formando grupos muy cerrados y, a menudo, endogámicos, algo que reforzó la continuidad de sus costumbres y de su forma de hablar.
Vivían en casas levantadas sobre pilotes y en caminos que eran más de agua que de tierra. Los hombres pasaban semanas enteras fuera, dedicados a la pesca y a la caza, mientras las mujeres y los niños sostenían la vida doméstica en poblados casi incomunicados.
El habla canaria que perduró en Luisiana
En ese entorno, la lengua y las costumbres canarias se mantuvieron sorprendentemente estables. Durante generaciones, los isleños conservaron expresiones, entonaciones y hábitos que en Canarias fueron puliéndose. La falta de contacto con otras comunidades y la cohesión familiar hicieron que la identidad canaria permaneciera más reconocible allí que en muchos puntos del propio archipiélago.
Su español también conservó giros que cualquier canario reconocería. Era habitual escuchar el viejo uso de «a lo que» con el sentido de «mientras» —«a lo que yo fregaba, él salía a revisar las trampas»—, una construcción que en las islas se fue perdiendo con el paso del tiempo. Incluso decían palabras como «aibuja» en lugar de «aguja». Todavía a mediados del siglo XX podía escucharse a mayores hablar un español canario antiguo.

Asociación de drones de Canarias Fbavuela
El aislamiento empezó a romperse en el siglo XX, cuando llegaron las primeras carreteras —hasta entonces se movían únicamente por agua— y los jóvenes fueron llamados al servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial. Muchos salieron por primera vez de St. Bernard para descubrir un país que hablaba inglés y ofrecía otras oportunidades. A partir de ese momento, el español empezó a retroceder y la comunidad se abrió definitivamente al exterior.
La memoria de aquellos canarios sigue viva, aunque la realidad de sus descendientes es hoy muy distinta, ya plenamente integrados en la sociedad estadounidense. En St. Bernard, un museo y una asociación cultural mantienen el legado de aquella comunidad; aún celebran encuentros, conservan viejos apellidos y conmemoran un pasado que demuestra hasta qué punto ese grupo supo adaptarse a un territorio extremo sin perder lo que los vinculaba a su origen.
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