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Canarias, un punto de encuentro entre mundos migratorios

Con más de 329.000 residentes extranjeros, las Islas destacan por la diversidad de sus comunidades, siendo los italianos, alemanes y británicos los colectivos más numerosos. La adaptación de las personas migrantes plantea múltiples retos y refleja realidades muy diversas.

Ndeye Marie, Bente Storsveen y Leida Pantoja.

Ndeye Marie, Bente Storsveen y Leida Pantoja. / LP/DLP

Alexandra Socorro

Alexandra Socorro

Las Palmas de Gran Canaria

Canarias se ha convertido en una tierra de acogida para quienes, desde distintos lugares del mundo, deciden dejar sus países de origen. Hace más de 70 años, las Islas fueron también un punto de partida para miles de isleños que emigraron principalmente hacia Latinoamérica fruto de las secuelas de la Guerra Civil y la represión política. Hoy, esa historia se refleja en sentido inverso. En el Archipiélago residen 329.352 personas extranjeras –un 14,6% de la población–, de las cuales 159.987 son de origen europeo.

Cifras significativas que esconden historias humanas. Bente Storsveen llegó a Gran Canaria hace 40 años. Natural de Noruega, antes de establecerse en la Isla había trabajado en Rumanía para un turoperador. Allí conoció a quien entonces era su jefe, del que se enamoró y que hoy es su marido y padre de sus tres hijos. Él, además, gestionaba otro turoperador en Gran Canaria que operaba durante la temporada alta del turismo en el Archipiélago: los meses de invierno. Fue ese vínculo el que acabó impulsando su traslado a las Islas.

Aunque la mayoría de la población europea residente en el Archipiélago procede de Italia (42.762 personas), Alemania (25.302) e Inglaterra (25.220), la comunidad noruega tiene una presencia significativa en la Comunidad Autónoma. En este contexto, Storsveen sostiene que las facilidades de las que gozan los ciudadanos europeos para emigrar no son comparables a las de personas procedentes de otros territorios: «Cuando llegué tuve que buscarme un trabajo; no vine con una bolsa de dinero. Es cierto que hoy existen más facilidades para que cualquier europeo encuentre empleo, pero entonces solo podía acceder a puestos que los canarios no ocupaban».

Las ofertas laborales más frecuentes estaban vinculadas al sector turístico. Su primer empleo fue como azafata en la aerolínea Spanair, cuyos vuelos mantenían conexiones con los países escandinavos. «Fue un alivio», asegura y añade que fue en ese momento cuando inició su primera etapa de integración en las Islas. «Los canarios me han recibido con los brazos abiertos», asegura Storsveen. Afirma llevar una vida plenamente integrada: «Llegué joven, mis hijos han nacido aquí y se sienten canarios».

Cuarenta años después de su llegada a Canarias, reconoce las profundas diferencias entre su experiencia migratoria y la de quienes llegan desde otros continentes, especialmente desde África. «Llegué de otra parte del mundo. Nacer en Noruega es una suerte. Las posibilidades son muy diferentes», reflexiona.

La migración africana

Esa desigualdad se refleja en historias como la de Ndeye Marie, que llegó a Lanzarote en 1996 –cuando tenía 21 añoss– procedente de Senegal. Lo hizo con un visado para visitar a sus tías y acabó quedándose con ellas. El proceso no fue sencillo. «Vivía sola, solo veía a mi tía una vez a la semana y tuve que aprender español rápido», recuerda. Precisamente el idioma fue una de las mayores dificultades. Un obstáculo común para muchas personas migrantes que llegan sin redes sólidas de apoyo.

En términos estadísticos, la migración africana es la que menor incidencia tiene en el Archipiélago. De las 329.352 personas extranjeras que residen en Canarias, solo 29.580 proceden de África, de las cuales 17.842 son de Marruecos. La mayoría de las personas que alcanzan Canarias a través de la ruta atlántica –considerada una de las más mortales y peligrosas del mundo– no tienen como destino final las Islas. De hecho, la mayor parte de la migración que llega a la Comunidad Autónoma de forma irregular lo hace por vía aérea y no marítima. Una realidad que contrasta con la imagen predominante del fenómeno migratorio y que evidencia que no todas las migraciones parten de las mismas condiciones ni enfrentan los mismos riesgos.

Ahora, tras más de 20 años en el Archipiélago, Ndeye Marie asevera que, en su caso, las diferencias no fueron muchas. Llegó desde una ciudad y, al vivir sola, no enfrentó grandes dificultades. La adaptación, dice, «no fue muy complicada». Pero la situación ha cambiado en los últimos años. Las llegadas de personas procedentes de África al Archipiélago han aumentado –siendo 2024 un año récord, con un incremento de llegadas por vía marítima superior al 15% con respecto al año anterior–. «Es más complicado ahora», opina Ndeye Marie y recuerda que cuando llegó a Costa Teguise «tan solo había una mujer africana en el lugar».

Desafíos

El segundo grupo de población extranjera más numeroso en Canarias es el procedente del continente americano, con un total de 105.651 personas, en su mayoría de origen latinoamericano. Venezuela encabeza la lista, con 29.191 residentes en las Islas, seguida muy de cerca por Colombia, con 28.229. Entre esas cifras se encuentra la historia de Leida Pantoja y su familia, que llegaron a Tenerife desde Venezuela en el año 2018.

El proceso no estuvo exento de retos. Para empadronarse en la Isla era necesario contar previamente con un empleo. Un requisito que «no fue fácil de cumplir» en los primeros meses. Dos años después de su llegada, la pandemia de la Covid-19 volvió a poner a prueba su estabilidad. «Tuvimos que tirar de ahorros para poder sobrellevar la cuarentena. Teníamos un bebé de seis meses, somos cuatro en la familia y había que afrontar los gastos diarios: los pañales, la comida, el alquiler», relata.

Con el paso del tiempo, la situación se ha ido estabilizando. Leida, su marido y su hija mayor tienen ahora empleo, mientras que el hijo pequeño está escolarizado. Aun así, uno de los principales retos sigue siendo la conciliación. «A veces, con el trabajo, se hace complicado, sobre todo teniendo un niño pequeño», explica. El idioma, en su caso, supuso un alivio en el proceso de adaptación, aunque reconoce que todavía persisten prejuicios. «Nosotros venimos a trabajar y a buscar oportunidades, no a pedir ayudas», subraya.

Empezar de cero en otro país, concluye, «es duro». Con el paso de los años, las vidas se asientan y las incertidumbres se atenúan, pero los primeros momentos dejan huella. «Todo ha salido bien, pero al llegar tienes que vivir muchas cosas», resume Leida Pantoja. Son historias como la suya, junto a las de Bente Storsveen y Ndeye Marie, las que convierten a Canarias en un punto de encuentro entre distintos mundos migratorios, atravesados por múltiples y diversas realidades.

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