España temió perder Canarias y el rey las visitó por primera vez
La visita de Alfonso XIII a Canarias en 1906, marcada por el repliegue y el temor estratégico

Alfonso XIII, rodeado de autoridades y público en Santa Ana. / Fedac

Las palomas mensajeras anunciaron la llegada del rey Alfonso XIII a Canarias, en una visita que tuvo poco de protocolaria. Su presencia en las islas respondía a una lógica política y estratégica clara: marcar la nueva orientación de la política exterior española tras las grandes pérdidas territoriales del final del siglo XIX.
En 1906, después del desastre de 1898 —con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas—, España no podía permitirse más derrotas en el mapa, y menos tan pronto. Canarias seguía siendo una pieza clave en el Atlántico. Era el principal enclave español en el océano y un punto de paso fundamental para las grandes potencias. Su valor estratégico crecía para España a medida que su territorio se reducía, aunque ya no fuera la escala imprescindible de los siglos de la navegación a vela. El Estado necesitaba demostrar que mantenía un control efectivo del Archipiélago y que su soberanía no estaba en cuestión, al menos sobre el papel.
Nada de eso se producía en un contexto estable ni previsible. El equilibrio internacional cambiaba con rapidez y cualquier movimiento mal calculado podía tener consecuencias inmediatas. Por primera vez, un monarca español visitaba Canarias, y su presencia física funcionaba como una señal política dirigida tanto al exterior como al interior: las islas seguían siendo territorio español y su estabilidad interesaba también a quienes competían por la influencia en el Atlántico y el norte de África. El recorrido incluyó todas las islas salvo Fuerteventura.

Alfonso XIII desembarcando en Santa Catalina. / Fedac
La llave canaria
Uno de los ministros que acompañaron al rey, el conde de Romanones, redactó una Memoria del viaje que fue publicada en la Gaceta de Madrid. En ella subrayaba el carácter excepcional de la visita y destacaba el valor estratégico del Archipiélago, definido como una «llave precisa» para la proyección española en Marruecos y en la región del Estrecho.
Para los canarios, la visita tuvo poco de simbólico y fue entendida sobre todo como una oportunidad política. Durante aquellos días se trasladaron al Gobierno demandas concretas para corregir un modelo administrativo excesivamente centralizado y poco funcional en un archipiélago: mayor descentralización, mejoras en puertos, carreteras y comunicaciones, refuerzo de la seguridad y la justicia, impulso a la enseñanza y actualización de infraestructuras básicas.
También se puso sobre la mesa el estudio de una posible reorganización administrativa entre islas orientales y occidentales. La propuesta generó reacciones enfrentadas y reactivó un pleito insular ya existente, que marcaría la política canaria durante las décadas siguientes y acabaría traduciéndose en reformas posteriores.
Detrás de la visita estaba el debate sobre qué papel debía asumir España en la nueva realidad del siglo XX. Figuras como el político canario Fernando León y Castillo se mostraron abiertamente contrarias al aislamiento tras la pérdida de protagonismo internacional. Defendían que la política exterior debía adaptarse a ese nuevo contexto y apostar por una participación activa en los asuntos internacionales, aun asumiendo que la posición del país había cambiado de forma radical respecto a siglos anteriores. Como advirtió en el Parlamento, «vivir en paz encerrado en sus fronteras; ¿es eso posible en los tiempos que alcanzamos?».

Alfonso XIII en el Hotel Santa Catalina. / Fedac
Un mal menor
A las pérdidas sufridas en América y Asia se sumó la creciente inestabilidad en el norte de África. La descomposición del sultanato marroquí convirtió la región en un espacio de competencia entre las potencias europeas: Francia buscaba proteger Argelia, Reino Unido asegurar el control del Estrecho y Alemania abrirse paso en el reparto colonial. España no podía mantenerse al margen de ese juego de influencias, consciente de que cualquier alteración del equilibrio en Marruecos podía acabar afectando directamente a Canarias.
A esa lógica se sumaba también un interés compartido por otras potencias, para las que la estabilidad de Canarias resultaba preferible a cualquier escenario de incertidumbre. Más allá de rivalidades históricas —y de algunas presentes—, la tranquilidad del Archipiélago garantizaba la seguridad de rutas, escalas y negocios en el Atlántico. Mantener Canarias en manos españolas era, para varias potencias, la opción menos peligrosa.
La visita no resolvió los problemas de fondo ni disipó todas las incertidumbres. Pero dejó constancia hacia el exterior de que Canarias había pasado a ser una prioridad estratégica y sirvió también para recordarlo dentro de las propias islas.
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