Cuando Canarias fue el Principado de la Fortuna, pero el príncipe nunca apareció
El intento del papado por ordenar Canarias antes de la conquista y el inicio de la disputa entre coronas

Fragmento del Atlas Catalán (1375), elaborado en Mallorca, reflejo del conocimiento náutico acumulado por navegantes mallorquines y genoveses. / LP/DLP

Antes de los castellanos, por Canarias ya habían pasado algunos de sus vecinos. Cuando el francés Jean de Béthencourt inició a comienzos del siglo XV la conquista bajo soberanía de la Corona de Castilla, mallorquines y genoveses llevaban décadas dibujando las islas en sus mapas, con una precisión notable para la época.
También habían enviado comitivas: algunas privadas, otras financiadas o respaldadas por reyes y nobles. Y antes de que todo aquello tomara forma política, el papa ya se había adelantado y había hecho suyo el Archipiélago, al menos sobre el papel.
En 1344, desde Aviñón —eso es otra historia—, Clemente VI decidió que aquellas islas, intuidas desde la Antigüedad y confirmadas por la navegación reciente, debían incorporarse al mundo cristiano. Para ello creó un nuevo reino: el Principado de la Fortuna —las Islas Afortunadas de la tradición clásica—, mediante la bula Tue devotionis sinceritas.
El título recayó en Luis de la Cerda, un noble de estirpe castellana, bisnieto de Alfonso X el Sabio, que pertenecía a una familia que había perdido el trono de Castilla un siglo antes. Conde de Clermont y almirante de Francia, vivía cerca del poder y, naturalmente, del papado.

Palacio papal de Aviñón. / LP/DLP
La intervención papal tenía poco de improvisada, no era algo aislado. Desde hacía años, a Aviñón llegaban noticias de viajes al archipiélago: expediciones patrocinadas por mercaderes y monarcas, barcos que permanecían meses en las islas y regresaban con relatos, mapas y pruebas suficientes como para disipar dudas.
El Principado de la Fortuna fue la forma papal de ordenar todo eso. No hubo conquista ni presencia efectiva, pero sí un gesto claro de integrar las islas en la órbita cristiana antes de que alguien lo hiciera por la fuerza.
Un príncipe con corona, pero sin reino
Luis de la Cerda llegó a ser coronado príncipe en Aviñón, en una ceremonia con corona y cetro interrumpida por la lluvia. Todo muy solemne, simbólico y poco práctico. Nunca pisó las islas; nadie gobernó en su nombre. Murió pocos años después sin haber ejercido autoridad alguna sobre la zona.
Tras su muerte, el Principado no tuvo continuidad. El título no se heredó ni volvió a tener recorrido en la documentación pontificia. No fue abolido, simplemente dejó de usarse. Canarias, en cambio, siguió apareciendo cada vez más en mapas y reclamaciones, ya no como feudo, sino como territorio en disputa.
Castilla y Aragón reaccionaron. Portugal, que ya navegaba el Atlántico y había pasado por las islas en fechas tempranas, acabaría también reclamando sus derechos.
Para la Corona de Aragón, y en especial para Mallorca, las islas no eran una incógnita. Desde mediados del siglo XIV, navegantes mallorquines llegaban con regularidad para comerciar, capturar ganado o personas, o simplemente reconocer el terreno.

Detalle del Atlas Catalán, con una nave bajo el estandarte de la Corona de Aragón, representada junto a Canarias. / LP/DLP
El Obispado de Telde
A ese tráfico se sumaron algunos misioneros, que se establecieron y formaron el obispado de Telde. Una diócesis sin dominio político, sostenida por frailes que se instalaron en Gran Canaria y vivieron durante años entre los indígenas. No había ejército detrás, solo acuerdos frágiles y la esperanza de que desde el continente no se olvidaran de ellos.
A mediados del siglo XIV, la situación empezó a cambiar. En 1366, desde Mallorca, se organizó la primera expedición militar documentada hacia Canarias. No para conquistar ni para evangelizar, sino como reacción. Según la documentación aragonesa, en las islas se había asentado un grupo extranjero percibido como rival, y la Corona de Aragón decidió intervenir.
No se sabe con certeza de quién se hablaba ni hasta qué punto esa amenaza llegó a materializarse, pero la reacción basta para entender que Canarias había dejado de ser un asunto marginal para las principales coronas del sur de Europa.
La iniciativa partió de un caballero mallorquín, Joan de Mora, con el respaldo del rey Pedro IV. No fue una expedición oficial, pero tampoco un asunto privado. El objetivo no era ocupar las islas, sino impedir que otro lo hiciera primero.
Por lo que hoy se sabe, no consta ninguna otra expedición armada de este tipo organizada por un poder europeo para intervenir en el archipiélago antes de la conquista castellana. Hubo viajes, incursiones y misiones, pero no algo así.
La expedición no dejó una ocupación estable, tampoco era esa la intención. Lo que vino después, no sin nuevas tensiones con las demás interesadas, fue la conquista castellana. Portugal reclamó lo suyo ante el papado y el desenlace, tras años de disputa diplomática y varios cambios de opinión en Roma, fue favorable a Castilla.
- Visita del papa a Canarias: el Gobierno suspende las clases el 11 de junio en Gran Canaria y el 12 en Tenerife
- STOCK YA revoluciona Gran Canaria con la apertura de su nueva tienda de liquidaciones: electrodomésticos desde 10€, regalos y los ventiladores más baratos de la isla
- Estos son los cortes previstos por la DGT durante la visita del papa en Tenerife y Gran Canaria
- Tiene solo cuatro letras y es de origen canario: este es el nombre que cada vez más padres eligen en España
- Sanidad advierte del riesgo de los ‘vapers’ como puerta de entrada al consumo de tabaco tradicional
- La Aemet avisa de una subida de las temperaturas en Canarias este lunes
- Agenda de la visita del papa a Canarias: horarios definitivos, rutas y carreteras cortadas
- El testaferro de Zapatero planeó negocios inmobiliarios en Gran Canaria