Discapacidad
Cuando la constancia pesa más que la diferencia: "Me decían que no llegaría a nada y ahora sé que soy capaz de todo"
Educación reconoce la labor de seis egresados y estudiantes de la Formación Profesional Adaptada en la primera gala ‘Inclusión por Talento’

Daniel Miranda, Jorge Hernández, Tamara Velázquez y Daniel Andrade. / Andrés Gutiérrez
«Nunca vas a llegar a nada en la vida» o «tu hija no va a conseguir formarse». Estos son algunos de los comentarios que reciben las personas con discapacidad y sus familias. Opiniones que carecen de fundamento porque quienes las emplean desconocen historias como las de los seis jóvenes que ayer fueron galardonados por Educación, en la primera gala Inclusión por Talento. Una jornada que permitió visibilizar el potencial de esta modalidad académica como herramienta de inclusión social y laboral. Marcial Salgado, Quintín Siverio, Tamara Velázquez, Daniel Miranda, Jorge Hernández y Daniel Eduardo Andrade –egresados y alumnos de la Formación Profesional Adaptada– recibieron ayer un reconocimiento por su trayectoria académica y laboral.
Andrade, que tiene Asperger, desarrolló su formación en el CIFP Villa de Agüimes, donde cursó estudios en Cocina y Gastronomía. Llegó de Venezuela en 2018. Y junto a su equipaje y familia trajo su pasión por la cocina. Para él, los fogones son ciencia y arte al mismo tiempo. «Es un laboratorio en el que puedo probar mil experimentos», concreta. No contento con una única formación decidió cursar, a la vez que su madre, Panadería, Repostería y Confitería. Ambos disfrutaron por tres meses de una beca Erasmus en Sicilia, Italia, que les valió para adquirir conocimientos sobre este tipo de gastronomía.
Del desempleo al emprendimiento
Cuando Andrade finalizó sus estudios se encontró con barreras en la búsqueda de trabajo. «Nunca lograba superar los periodos de prueba y estoy seguro de que era por mi discapacidad, ya que a veces se demanda agilidad y rapidez y mi condición no siempre me lo permite», revela. Pero eso le permitió tomar otro rumbo. Pasó de no superar los primeros días de trabajo en empresas privadas a montar su propio negocio. Ahora es autónomo, y junto a sus padres consiguió emprender una pequeña tienda de cocina venezolana de la que es titular, Delisonia.
Daniel Miranda, un joven con discapacidad intelectual y trastorno de conducta, fue otro de los seis distinguidos. Su constancia y profesionalidad le llevó a recoger este reconocimiento de la mano de sus compañeros. Pero llegar hasta aquí no fue un camino fácil. Él siempre ha tenido una «guerra» con su cabeza. «Muchas veces me cuesta calmar la ansiedad, el estrés y el miedo a hacerlo mal», confiesa. Pero una vez que supera esa barrera Miranda es consciente de que puede hacer cualquier cosa que se proponga. La ayuda psicológica le ha ayudado a gestionar sus emociones. Pero sin duda, su madre y un amigo «muy bueno» han sido las piezas claves para afrontar las situaciones difíciles de la vida.
Dificultades en el instituto
Acudió al instituto como cualquier otro joven de su edad, aunque su situación fue diferente. Tenía compañeros que le decían que no iba a llegar a nada en la vida. Comentarios hirientes que se convirtieron en un arma de doble filo para él. «Con 13 años no pensaba igual que ahora y me afectaba mucho lo que me decían, pero aprendí a gestionarlo y sé que soy capaz de todo», confiesa. Se propuso que ni el odio ni su condición iban a limitarle. Y a sus 25 años cuenta ya con dos titulaciones y vive de manera independiente en un centro. «Aunque veo con frecuencia a mis padres», aclara.
Primero realizó un ciclo de Administración General. «Las profesoras eran muy buenas y fueron quienes me ayudaron a tener la base que tengo ahora y que me ha permitido volar», revela. Después formó parte de la primera promoción del Itinerario Formativo de Formación Profesional Adaptada +21 en Comercio, en el IES María Rosa Alonso. Y tan solo dos meses después de finalizar su formación entró a trabajar en el Centro Especial de Empleo de la Fundación Hospitalarias. «Al principio me costó un poco porque tenía miedo a fracasar, pero poco a poco me he ido soltando», concreta. E insiste que sus compañeras han sido una pieza clave en su periodo de adaptación.
Otra historia de superación
Tamara Velázquez, otra de las protagonistas de la gala, padece el síndrome Charge, una enfermedad genética rara. Pero esta condición no le ha impedido formarse. Primero cursó un ciclo de Administración, un curso que a ella siempre le había llamado la atención. Sin embargo, personas de su entorno comenzaron a cuestionar las capacidades de la joven. «La trabajadora social le decía a mi madre que no iba a poder sacarlo», recuerda. Para Velázquez, la mejor forma de «callar bocas» fue hacerse con su titulación. Y no solo eso, sino que continuó con su ambición de seguir formándose. «A mí me daba igual lo que me dijeran porque tenía confianza en mí misma y el apoyo de mis amigos y familia», confiesa. En especial, sus padres y su hermana.
Su siguiente meta fue formarse en Comercio. Y tras completas sus estudios en esta área, ha continuado su itinerario en Operaciones Básicas de Restaurante y Bar en el IES Las Huesas, dentro del programa de Formación Profesional Adaptada +21. Desde entonces, Velázquez no ha dejado de desenvolverse en el ambiente laboral. Realiza labores de cocinera y camarera. «Lo último que hice fue una crema de verduras», hace memoria.
Un ejemplo para otros
Su recorrido académico y formativo ha estado acompañado de múltiples logros personales. Incluso ha publicado un libro sobre su vida hace dos años. «Conocí a un chico con mi mismo síndrome, que también había escrito un libro, y me animó a hacerlo», revela. En su obra, Velázquez menciona todas esas situaciones en las que se ha visto envuelta a lo largo de la vida y las acciones que ha llevado a cabo para superar las barreras de la discapacidad. «Intenté plasmar todo lo que he hecho para llegar hasta aquí», agrega.
Jorge Hernández, el más joven de los premiados, padece de sordera. En el colegio sufrió mucho por ser el único niño con discapacidad auditiva. «Me resultaba difícil comprender y memorizar ciertas cosas», apunta. Pero gracias a su madre pudo hacerse, poco a poco, con la dinámica de las clases. A sus 20 años trabaja en Litografía Romero, como titulado del Ciclo Formativo de Artes Gráficas en el CIFP Virgen de Candelaria. «Siempre me llamó la atención el diseño, la papelería y la planificación», apunta. Ahora, saber que se ha convertido en un ejemplo para otras personas sordas no le puede hacer estar más orgulloso.
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