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Canarias llega al MIR con 1.403 aspirantes y solo 465 plazas

Los jóvenes médicos de las Islas se enfrentan este sábado al examen MIR, una prueba de más de cuatro horas con 200 preguntas tipo test y 10 de reserva, marcada por la escasez de plazas, el desgaste emocional y meses de preparación que han puesto a prueba la constancia de los aspirantes

Hazel Alfonso prepara su examen MIR en la biblioteca de Medicina de Las Palmas de Gran Canaria.

Hazel Alfonso prepara su examen MIR en la biblioteca de Medicina de Las Palmas de Gran Canaria. / ANDRES CRUZ

María Alfonso Rodríguez

María Alfonso Rodríguez

Las Palmas de Gran Canaria

Más de 1.400 aspirantes del Archipiélago se enfrentan este sábado al examen MIR en una convocatoria marcada por la escasez de plazas, el desgaste emocional y meses de preparación que han puesto a prueba la constancia y la salud mental de los futuros médicos. El examen consta de 200 preguntas tipo test más 10 de reserva, un formato que obliga a mantener la concentración durante más de cuatro horas y que, según reconocen los aspirantes, convierte la gestión emocional en un factor clave.

Canarias vuelve a situarse entre las comunidades con menor oferta de plazas MIR pese al elevado número de aspirantes. En esta convocatoria, el Archipiélago cuenta con 465 plazas elegibles, aunque tiene 485 acreditadas, para un total de 1.403 personas inscritas procedentes de las dos provincias. De ellas, 691 pertenecen a la provincia de Las Palmas y 712 a la de Santa Cruz de Tenerife, en un contexto estatal que suma 35.503 aspirantes.

La diferencia entre plazas acreditadas y realmente ofertadas reduce las opciones de los jóvenes médicos canarios, que afrontan el examen tras un proceso largo y exigente. Hazel Alfonso describe la recta final como un momento de cansancio contenido. «Ahora ya es rematar lo que llevamos viendo todo el año», explica. El inicio fue lo más duro. «Empezamos en verano y se me hizo súper lento, pero cuando coges carrerilla los meses pasan volando», reconoce.

Preparación temprana

Durante la preparación, Hazel asegura haber pasado «todas las etapas posibles, todas las emociones», aunque llega al examen con tranquilidad. «Yo voy tranquila, me lo he mirado todo y ya el pescado está vendido». Entre las asignaturas más complejas, señala infecciosas: «Es súper memorística, un montón de antibióticos y mecanismos de acción».

Ariadna Navarro comenzó a prepararse incluso antes de acabar la carrera. En total, su proceso ha durado 17 meses, combinando el último curso universitario con un intensivo de siete meses. «Lo más importante ha sido tener una rutina que combine descanso, ejercicio físico, sueño, buena alimentación y buena compañía», subraya. Aunque admite nervios, destaca la ilusión. «No deja de ser un trámite para conseguir la plaza que nos permita seguir formándonos».

Más allá del estudio, Ariadna apunta a la incertidumbre inicial como uno de los mayores obstáculos. «No saber si estaba estudiando de la manera adecuada daba vértigo», explica. Con el tiempo aprendió a «confiar en el método, ser constante y permitirse descansar». Para ella, el MIR «no es solo estudiar muchas horas, es aprender a cuidarse durante un proceso largo y exigente».

Desgaste emocional

Alexandra Cabrera coincide en ese desgaste emocional. Aunque afirma que la preparación ha sido «más estable de lo que esperaba», reconoce que el cansancio pesa en el último tramo. «Aparecen momentos de inseguridad, pero intento verlo como algo normal del proceso», señala. En su caso, la cardiología fue el mayor reto. «Nunca la había entendido del todo, pero con buenos profesores dejé incluso de odiarla».

Para Alexandra, lo más duro fue mantener el ritmo mientras el entorno seguía su curso. «En Navidad la gente salía y tú te quedabas en casa estudiando», recuerda. Ahora, lo que más pesa es «la parte emocional, las comparaciones y la sensación de no haber hecho lo suficiente». Aun así, destaca el apoyo familiar como clave para mantenerse constante.

Recta final

La presión no se explica solo por los números. A la falta de plazas se suma la sensación compartida de estar compitiendo en un sistema que exige mucho más que conocimientos médicos. Hazel, Ariadna y Alexandra coinciden en que el examen no pone a prueba únicamente la memoria o la capacidad de razonamiento clínico, sino la resistencia emocional. La constancia, la gestión del cansancio y la renuncia prolongada a la vida personal forman parte del proceso tanto como los simulacros o el temario.

Pese al desgaste, ninguna de ellas habla del examen en términos de fracaso anticipado. En sus respuestas aparece una idea repetida: la de sentirse orgullosas del camino recorrido, independientemente del resultado. El MIR se vive como un punto de inflexión, pero también como el cierre de una etapa muy exigente que ha puesto a prueba sus límites. Pase lo que pase tras el examen, todas coinciden en algo: lo verdaderamente duro ya está hecho.

Hazel lo resume con claridad: «Que no se vuelvan locos, que haga simulacros aunque crea que no sabe nada, porque eso te enseña qué es lo importante». Cuando el examen termine, todas piensan en lo mismo: desconectar, cerrar una etapa y recuperar tiempo y energía tras meses de esfuerzo sostenido.

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