Lejos de casa para encontrarse: jóvenes canarios que hicieron del mundo su lugar
Viajar sin fecha de regreso, trabajar en otros países o empezar de cero lejos de las Islas es una decisión cada vez más común entre jóvenes canarios que buscan algo más que empleo. Para algunos es una huida; para otros, una forma de encontrarse y redefinir qué significa vivir bien

Victoria Estepa y Miguel Pérez, durante su viaje por el mundo. / La Provincia

No siempre se trata de huir. A veces, marcharse es simplemente una forma de escuchar lo que dentro empieza a moverse. De probar otros ritmos, otros paisajes y otras maneras de estar en el mundo. Cada vez más jóvenes canarios hacen la maleta sin un destino definitivo, con la idea de vivir fuera durante un tiempo y ver qué ocurre. Algunos regresan, otros se quedan, pero casi todos coinciden en lo mismo: volver ya no significa lo mismo después de haber vivido lejos.
Cuando Victoria Estepa y Miguel Pérez se marcharon de Canarias a comienzos de 2025, ambos habían comenzado a desarrollar un proyecto online que aún no daba resultados inmediatos, pero al que «le veíamos potencial», explica Victoria. Salir de la Isla era también salir de una dinámica conocida. «Estar siempre en el mismo círculo no te permite crecer mucho como persona», reflexiona.

Victoria Estepa y Miguel Pérez. / La Provincia
El camino de ida
Indonesia fue el primer destino. La elección no fue casual. «Sabíamos que era un sitio barato para vivir», cuenta Victoria, lo que les permitía margen para probar sin la presión económica que sentían en Canarias. El clima, el ritmo de vida y la posibilidad de surfear terminaron de convencerlos. Desde allí, el viaje continuó hacia Australia, pasando por Brisbane, Gold Coast, Sunshine Coast y un pequeño pueblo pesquero llamado Iluka. Más tarde llegó Hawái, donde han vivido entre Oahu y Maui. «Es muchísimo más caro, pero nos parece un paraíso», reconoce.
Vivir fuera implicó asumir ausencias. «Lo más duro es la familia», explica Victoria. No estar en fechas señaladas pesa, sobre todo cuando «no es tan fácil volver a casa». Las amistades también cambian. «En el viaje somos nosotros dos», explica, señalando que la experiencia fortalece el vínculo, pero también exige aprender a sostenerse mutuamente. Aun así, el balance es claro: «Hemos ganado en saber resolvernos», afirma.
Viajar les permitió cuestionar límites que antes parecían fijos. «Pensábamos que nuestro techo era uno y al viajar vimos que es mucho más alto», asegura Victoria. Mirar Canarias desde fuera fue revelador. «Es un paraíso», admite, «pero también está muy limitado». El acceso a la vivienda y las oportunidades laborales marcaron la diferencia. «Si hubiéramos podido alquilar algo nuestro y sentirnos cómodos, probablemente nos habríamos quedado», reconoce.

Miguel Pérez y Victoria Estepa. / La Provincia
Decisiones constantes
Ahora se definen como «viajeros con mentalidad de emigrantes». No están de paso, pero tampoco han decidido quedarse para siempre. «Estamos viendo dónde nos gustaría vivir», explica Victoria, convencida de que salir les permitió imaginar opciones que antes no existían.
Para Victoria, uno de los aprendizajes más importantes del viaje ha sido asumir la incertidumbre como parte del proceso. Reconoce que salir sin un plan cerrado genera vértigo, pero también abre posibilidades. «Las cosas se van andando», afirma, convencida de que no tener todas las respuestas no significa estar perdido, sino permitirse descubrirlas sobre la marcha.
Miguel comparte esa visión práctica del viaje. Juntos explican que vivir en distintos países les obligó a adaptarse rápido y a tomar decisiones constantes. Aunque no siempre fue fácil, la experiencia les enseñó a confiar más en sus propias capacidades y a resolver problemas sin la red de apoyo habitual. Para ambos, esa autonomía es uno de los mayores logros del camino.
Voluntariados
Para Alejandra Palop, el viaje empezó incluso antes. En 2018, cuando estaba a punto de comenzar la universidad, algo no encajaba. «Sentí esa corazonada de que este no era mi camino», recuerda. Canceló la matrícula y se marchó a Atenas para hacer un voluntariado con personas en riesgo de exclusión social. «Escuchar esa intuición me cambió la vida», afirma con serenidad.

Alejandra Palop durante su estancia en Australia. / La Provincia
El voluntariado se convirtió en su forma de viajar. «Te permite habitar un lugar con más profundidad», explica. Llegar a un país con un propósito, formando parte de una comunidad, marcó una diferencia esencial. «Es lo que separa al viajero del turista», sostiene. Después llegó Bali, donde vivió otra experiencia que la transformó. «Ahí empezó también el viaje interno», cuenta, refiriéndose a las preguntas incómodas que aparecen cuando se rompen las referencias conocidas.
Australia llegó casi sin buscarlo. «Conocí a mucha gente que venía de allí y hablaban de la calidad de vida», cuenta. Con una visa Work and Holiday empezó a trabajar y a construir una base. Byron Bay fue el punto de inflexión. «Un lugar donde la vida va más despacio», describe, destacando la conexión con la naturaleza, el sentido de comunidad y la posibilidad de crear una rutina propia.

Atardecer en Australia. / La Provincia
Un aprendizaje continuo
Para Alejandra, vivir fuera no ha sido una sucesión constante de momentos luminosos, sino un proceso de aprendizaje sostenido. Explica que marcharse también implica enfrentarse a silencios incómodos y a decisiones que antes se evitaban por inercia. Estar lejos obliga a mirarse sin distracciones, a convivir con uno mismo sin el refugio de lo conocido.
En Australia descubrió la importancia del equilibrio. No solo entre trabajo y descanso, sino entre lo que se espera de uno y lo que realmente necesita. La posibilidad de cambiar de empleo, de probar distintos sectores y de no quedar atrapada en una única identidad laboral le permitió bajar el nivel de autoexigencia que arrastraba desde hacía años.
Habla también de cómo el entorno influye en la forma de vivir. Espacios abiertos, contacto diario con la naturaleza y una comunidad donde la vida social no gira exclusivamente en torno al consumo marcaron una diferencia profunda. Sentirse parte de un lugar sin tener que demostrar constantemente quién es fue, para ella, una forma de descanso emocional.

Alejandra Palop durante su estancia en Australia. / La Provincia
Ese proceso no estuvo exento de culpa. Alejandra reconoce que, en muchos momentos, la distancia con su familia pesó más de lo esperado. Aprender a sostener ese sentimiento sin dejar que bloquee las decisiones fue parte del crecimiento. Entendió que elegir su camino no significaba dejar de querer, sino asumir responsabilidades distintas.
Redefinicón del éxito
Con el tiempo, la idea de éxito también cambió. Dejó de asociarla a logros visibles o a trayectorias lineales y empezó a medirla en términos de coherencia personal. Poder despertarse sin ansiedad, habitar un lugar con calma y tomar decisiones alineadas con lo que siente se convirtió en una forma de riqueza menos evidente, pero más estable.
Desde esa perspectiva, Alejandra observa a Canarias con una mezcla de cariño y distancia. No desde la crítica fácil, sino desde la conciencia de que muchos jóvenes sienten malestar sin saber nombrarlo. Para ella, salir fue una manera de entender qué necesitaba y qué no estaba dispuesta a negociar en su forma de vivir.
Victoria y Miguel comparten esa sensación de cambio interno. Viajar les enseñó que la estabilidad no siempre pasa por quedarse y que construir una vida puede implicar movimiento. Ambos coinciden en que salir no les alejó de su origen, sino que les ayudó a valorarlo desde otro lugar, sin idealizarlo ni rechazarlo.
En las tres historias aparece una idea común: marcharse no como ruptura, sino como tránsito. Un camino que no garantiza respuestas inmediatas, pero sí preguntas más honestas, especialmente con uno mismo. Para ellos, vivir fuera no ha sido una huida, sino una forma de aprender a estar con menos miedo, más conciencia y mayor libertad.

Amigos que Alejandra Palop ha hecho viajando por el mundo. / La Provincia
La diferencia entre viajar y quedarse fue evidente. «Viajar es libertad, pero también desgaste», reflexiona Alejandra. Tener una casa, una cama y estabilidad emocional cambió su forma de estar en el mundo. «Te regula el sistema nervioso», comparte, poniendo palabras a algo que no siempre se explica. Poder ducharse sin prisas, cocinar, dormir bien. «Eso también es calidad de vida», añade.
Renuncias del camino
Alejandra no romantiza el proceso. Habla de vulnerabilidad, de miedo y de renuncias. «Renuncié al tiempo con mis padres y mis abuelos», confiesa. La distancia duele, pero también enseña. «Gané la libertad y la paz de escucharme», afirma. Para ella, no se trata de huir, sino de elegir. «No es renunciar, es decidir desde un lugar más consciente», resume.
Desde fuera, Canarias se observa con otra perspectiva. «Creo que hay una falsa sensación de bienestar», reflexiona Alejandra, insistiendo en la importancia de los pequeños gestos cotidianos. Agradecer, mirar al otro, vivir con atención. «No hace falta irse al otro lado del mundo para empezar a cambiar algo», señala, convencida de que el verdadero viaje es interno.

Una orca en la costa australiana captada por Alejandra. / La Provincia
Victoria coincide. A quien duda, le lanza un mensaje directo: «Que se vayan». No como ruptura, sino como aprendizaje. «No puede salir nada malo de ello», asegura. Porque, al final, irse no siempre es marcharse para siempre, sino una forma de volver distinto y con nuevas visiones del mundo y la vida.
Lejos de mapas y fronteras, las tres historias comparten una misma búsqueda: aprender a escucharse sin ruido. No hay destinos definitivos ni certezas cerradas, pero sí una convicción común que atraviesa sus experiencias. Salir les permitió ganar perspectiva, relativizar lo aprendido y construir una mirada más amplia sobre el lugar del que vienen. Una forma de crecer que no siempre implica quedarse fuera, pero que difícilmente deja a alguien igual que antes.
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