Diana Ubando y su lucha para salir de la exclusión social: «Migrar deja huellas invisibles»
Migrar desde el otro lado del charco, criar y volver a empezar desde cero forman parte del recorrido vital de Diana Ubando, una mujer que llegó a Canarias desde Colombia con dos hijos pequeños, huyendo de la violencia y que hoy pone rostro a los datos de la exclusión social y la pobreza en el Archipiélago

De izquierda a derecha, Pilar Pérez Moreno y Diana Ubando. / La Provincia

Cuando Diana Ubando recuerda su llegada a Canarias, no habla de papeles ni de trámites. Habla de un olor especial. «Cuando recogí las maletas y me dirigí hacia el parking, yo sentí un olor», cuenta. «Hay veces que, nueve años después, lo vuelvo a sentir y recuerdo el día en que llegué a Gran Canaria: Todavía huele a gasolina de avión». Había salido de Colombia con sus dos hijos tras perder al padre de los niños por la violencia y vivir bajo amenazas. «No tenía más opción», resume. Llegó con miedo, sin saber qué había al otro lado de la puerta, pero con la certeza de que debía proteger a los suyos.
Ese temor inicial conecta con una realidad más amplia. Según el Informe sobre Exclusión y Desarrollo Social en Canarias de la Fundación Foessa, las personas de origen o nacionalidad extranjera presentan tasas de exclusión social que duplican las de la población española, y en algunos indicadores superan el 48%. La dificultad para acceder a vivienda, empleo estable o tratamientos médicos marca el inicio del camino para muchas familias migrantes.
Una parada de guaguas
La primera ayuda no llegó en una oficina, sino en la calle. «La solución empieza en una parada de guaguas», recuerda Diana. Escuchó a dos mujeres hablar de una trabajadora social y se atrevió a preguntar. «Yo venía buscando una solución, no me quedé con dudas». Esa conversación la llevó hasta Cáritas. «La única frase que yo traía en la cabeza era: pide una cita con una trabajadora social», comparte.
Ese primer acompañamiento fue clave. «Cáritas se convierte en tu familia», cuenta. «Hay cosas que no expresas en tu casa y aquí sí». El apoyo psicológico fue el primer paso, seguido de ayudas para alimentación y alquiler. «Es un peso menos en la mochila», explica. Foessa confirma que en Canarias el 21,6% de la población tiene dificultades para comprar medicamentos y seguir tratamientos, y que el 17% sufre gastos excesivos de vivienda.
La normalidad del plato sobre la mesa
Para Diana, uno de los mayores cambios fue ver a sus hijos comer tranquilos. «Salían del colegio con la barriguita llena», recuerda. «Ya no tenían que preguntar si podían comer». La estabilidad básica transformó la vida cotidiana: dormir sin sobresaltos, abrir la nevera sin miedo, dejar de calcular cada gesto y ver los mofletes de sus hijos «cada vez más llenitos». «Cuando pones la cabeza en la almohada y sabes que hay tranquilidad, eso no tiene precio».
Los datos respaldan esa experiencia. La exclusión social afecta al 42,3% de los hogares monoparentales en Canarias y al 46,1% de los hogares con cinco o más miembros, perfiles donde el impacto sobre la infancia es especialmente severo.

De izquierda a derecha, Pilar Pérez y Diana Ubando. / La Provincia
Inserción laboral
La inserción laboral no fue inmediata. Diana necesitó tiempo, formación y apoyos parciales para conciliar con el cuidado de sus hijos. «Empecé limpiando, fue mi primer empleo legal», relata. Más tarde llegaron cursos, certificados y prácticas. «Yo decía: no quiero que esto se me enfríe». En 2025 logró por fin un contrato a jornada completa. «Cuando me dijeron cuarenta horas, yo lloré», confiesa. «Era mi oportunidad», expresa con la voz de la resiliencia personificada.
Entre 2018 y 2024, según Foessa, la exclusión social se redujo casi 20 puntos entre hogares con menores y más de 11 puntos entre personas con nacionalidad extranjera, un descenso que el informe vincula a procesos de acompañamiento, empleo y regularización.
Acceso a un hogar
La vivienda fue otro punto de inflexión. Tras una etapa marcada por la inseguridad residencial, Diana consiguió un piso con apoyo de Cáritas. «Cuando la señora me dijo “¿cuándo quieres firmar?”, me quedé paralizada», recuerda. «Era el sí». Hoy lleva casi cuatro años en esa casa. «Amo mi sector, amo mi casa», cuenta. «Dormimos tranquilos», matiza.
Con la estabilidad material llegaron también otras preguntas. Diana explica que durante mucho tiempo vivió en modo supervivencia, sin espacio para pensar en sí misma. Resolver lo urgente ocupaba todo. El acompañamiento emocional fue clave en ese proceso. Diana admite que hubo sentimientos que tardó tiempo en verbalizar: miedo, culpa, frustración. La atención psicológica le permitió entender que no todo tenía que sostenerlo sola. Aprendió a identificar límites y a no exigirse más de lo posible.
Las huellas invisibles del proceso migratorio
«La experiencia migratoria deja huellas invisibles», cuenta. No solo en quien migra, sino también en los hijos, que crecen entre dos lugares y dos memorias. Diana observa cómo sus hijos, Gabriela y John, han ido construyendo una identidad propia, vinculada ya a Canarias, mientras ella aprende a sentirse parte sin dejar de ser quien es. No se trata de olvidar el origen, sino de convivir con él sin que duela.
Hoy, cuando mira atrás, Diana no romantiza el camino recorrido. Reconoce que fue duro y que no todo se resolvió rápido. Pero también sabe que cada paso tuvo sentido. Habla de dignidad, de constancia y de la importancia de no rendirse incluso cuando todo parece cuesta arriba. No como un mensaje ejemplarizante, sino como una convicción nacida de la experiencia.
Nueve años después, Diana resume su aprendizaje en una frase sencilla: «Esto se aprovecha y se devuelve». Recomienda a quienes llegan que pidan ayuda y no se rindan. «Saca tu mejor versión», aconseja. «Supérate». Hoy habla desde la estabilidad, pero sin olvidar el inicio. «Llegamos con una mochila llena de miedos», recuerda. Y para quien, pese a lo vivido, mira al futuro con una amplia sonrisa, concluye: «Y poco a poco se van quitando las piedras del camino».
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