Igualdad
La falta de recursos arroja a la calle a las mujeres en pobreza extrema en Canarias
Una tesis de la ULL evidencia que en Canarias solo existe un espacio que atienda a isleñas afectadas por varias formas de desigualdad social, como la violencia machista, las adicciones o la migración

Una persona en situación de sinhogarismo en Santa Cruz de Tenerife. | / MARÍA PISACA
Las mujeres, histórica y culturalmente, siempre han sido las más golpeadas por la pobreza y la exclusión social. Sin embargo, la mayoría de recursos para personas sin hogar de las Islas están pensados para hombres. Entonces, ¿dónde están las mujeres que no tienen acceso a una vivienda? Esta es la pregunta que motivó la tesis doctoral de la trabajadora social y socióloga Alejandra Rodríguez, un trabajo defendido hace pocos días en la Universidad de La Laguna (ULL) que demuestra que muchas de ellas no viven en la calle, sino que se ocultan o, más bien, se resguardan en pensiones, habitaciones compartidas o espacios ocultos como cuevas o barrancos. Todo para evitar que su mayor miedo, el ser agredidas sexualmente, se hiciera realidad.
No solo encontró respuesta a ese interrogante, sino que además descubrió que existe un fenómeno conocido como sinhogarismo oculto o invisibilizado que tiene a la mujer como gran protagonista. «El gran error de las políticas públicas y de sus espacios es que tienen una perspectiva androcéntrica, es decir, situando al hombre en el centro; me encontré con un recurso que me decía que no atendían a mujeres porque no las había, yo estaba alucinando», resaltó.
La situación se agrava aún más cuando estas mujeres están en situación de extrema vulnerabilidad y en un territorio como el Archipiélago, la segunda región con mayor riesgo de pobreza. Los recursos que existen hoy en día son una especie de compartimentos estancos. Por ejemplo, hay entidades o espacios reservados para migrantes o solicitantes de asilo y también existen vías para víctimas de violencia machista o para quienes sufren una adicción, pero, ¿qué ocurre cuando se combinan todas estas intersecciones en una única persona? «Las mujeres son arrojadas a la calle», sentenció Rodríguez.
Esto suele ser lo habitual, pues las distintas formas de desigualdad –raza, género u orientación sexual– nunca actúan de manera independiente, sino que se interconectan e, incluso, se potencian. La trabajadora social se dedica a la violencia de género desde el 2005 y, tras años de investigación, sostiene que en toda Canarias solo hay un recurso que atiende a estas personas desde la interseccionalidad: Casa Maday, en Fundación Yrichen. «Es la única opción, no entiendo por qué no se cruzan las líneas para coordinar todo y que las mujeres realmente puedan tener una atención integral», reivindicó. Entre las mujeres sin hogar que entrevistó, hay algunas que han sufrido violencia «desde la cuna, hasta la cuarta edad». Para la autora, las mujeres mayores son las más invisibilizadas porque muchas de ellas ya no pueden insertarse en el mercado laboral para tener ingresos, aunque consideran que están condiciones para hacerlo, y tampoco quieren verse en una residencia. «Quizás dedicaron su vida a ser amas de casa o quizás, al no casarse, no tienen vivienda propia y con una pensión ínfima no les da para afrontar el mes», argumentó.

La falta de recursos arroja a la calle a las mujeres en pobreza extrema
«El gran error de las políticas públicas es que tienen una perspectiva centrada en el hombre»
En el lado opuesto, las más jóvenes también están entre las peor paradas. Según detalló, por ser jóvenes se da por hecho que pueden buscarse la vida. En su estudio, se topó con una chica a la que el sistema educativo le había fallado porque tenía Asperger, pero nunca se lo detectaron. Sus progenitores vivían en habitaciones compartidas con ella y al final, tras verse envuelta en un delito, terminó en la cárcel y cuando salió prefirió quedarse en la calle antes que volver con sus padres. «En su momento no se le ofreció ningún recurso, atención o herramienta y, precisamente por eso, ahora es muy complicado encauzarla», advirtió.
Doble discriminación
La investigación también documenta la violencia estructural y psicológica que enfrentan las mujeres trans, desde el rechazo familiar hasta la discriminación escolar y laboral: «Muchas veces empieza con el padre, que puede rechazar a su hijo por motivos de identidad o porque no se ajusta al modelo tradicional de masculinidad hegemónica».
La ubicación en el mapa de Canarias, un enclave en el que se conectan tres continentes –Europa, África y América–, también ha favorecido su estudio. «Somos una región privilegiada a nivel geoestratégico», asevera. Esta cuestión le ha permitido entrevistar a mujeres de distintas nacionalidades.
Todos los testimonios recogidos por la grancanaria reflejan la complejidad del sinhogarismo femenino y las múltiples violencias que atraviesan estas mujeres. Por ejemplo, una mujer joven, con varios hijos, adicción a sustancias y víctima de violencia de género contaba su experiencia sin poder identificar que estaba sufriendo violencia por parte de su actual pareja. «No podía intervenir ni persuadirla. Mi misión era recoger su historia», afirmó. Otro caso es el de una mujer colombiana que se definía a sí misma como una máquina de hacer dinero. «A pesar de ser muy válida y sentirse capaz de generar recursos, para ella cuatro paredes no era sinónimo de acceder a un hogar», recordó.
Por el camino se encontró con relatos muy duros. «Una mujer de etnia gitana era incapaz de afrontar una entrevista de trabajo con un hombre debido a las experiencias previas de violencia y tampoco concebía una consulta con el psicólogo por ese mismo motivo», resaltó. Aunque cuenta con la formación y las habilidades para ser empática con ellas sin revictimizarlas, hay historias que le sacan las lágrimas. «Conocí a una chica que tenía un año menos que yo y me conmovió totalmente, a veces, lo que te cuentan te atraviesa tanto que te deja tocada, son testimonios muy potentes», reconoció.
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