Entrevista | Alba García Torres Profesora de Derecho Laboral
Alba García Torres, profesora de Derecho Laboral: «El trabajador del siglo XXI es una mujer pobre, racializada y que se mueve por la ciudad»
Licenciada en Derecho en 2010. Máster en Género y Diversidad en 2011 y Premio del CES (Centro de Estudios Superiores) por su tesis de doctorado en 2015, ejerce la docencia en la universidad. Fue la ganadora del VIII Premio Lola Martínez a la mejor investigación en Igualdad y Género de 2025 por su trabajo ‘Persona, tiempo y trabajo: una revisión del tiempo de trabajo y el tiempo de vida desde la teoría feminista’

Alba García Torres / Miki López
E. Fernández-Pello
Cuenta que cuando obtuvo su plaza fija en la universidad, una profesora que formaba parte del tribunal lamentó que con una sólida formación en género y siendo laboralista, no hubiese dedicado más tiempo de su carrera a ese ámbito de estudio. Ese comentario y el aliento que le dio supusieron un «punto de inflexión» en su trayectoria. ¿Qué cambió?
Empecé a trabajar sobre el propio concepto de trabajo desde la perspectiva de género. Mi primera monografía se tituló Las fronteras del derecho al trabajo desde la teoría feminista. Después hice una revisión del sindicalismo. El último trabajo, con el que gané el Premio Lola Martínez, aborda el tiempo de trabajo y el tiempo de vida, pero no desde la conciliación. Yo sostengo que, para una igualdad real, hay que ir más allá. Propongo hablar de articulación de los tiempos: articular vida, empleo, autocuidado y ocio, en lugar de encajarlos en un sistema productivo que sigue sobrevalorando lo masculino. La conciliación deja intacta la sobrevaloración de lo masculino en el mercado laboral y no cuestiona el modelo productivo. Incluso la corresponsabilidad, aunque hable de repartir, sigue considerando los cuidados como cargas. Cuidar de mi hija no es una carga. Tampoco lo es dormir, lavar mi ropa o tomar una copa con mis amigas. El relato clásico de las ocho horas de trabajo, ocho de sueño, ocho de ocio tiene una trampa: invisibiliza el trabajo reproductivo y de cuidados. Si dividimos el día así, ¿quién cuida? Propongo un reparto que incluya todos los tiempos necesarios para sostener la vida, no solo para reparar a la persona como si fuese un recurso productivo más.
En términos de tiempo, ¿las mujeres vivimos en la miseria?
La Comisión Europea señala que la pobreza del tiempo afecta mayoritariamente a mujeres, especialmente en grandes ciudades. Existe una brecha de tiempo que condiciona la igualdad. Esto no solo tiene que ver con la jornada laboral sino también con cómo se construyen las ciudades y los sistemas de transporte. Las grandes urbes están diseñadas de forma androcéntrica y radial: conectan el centro con el extrarradio y los lugares de trabajo, pero no facilitan la vida cotidiana ni los cuidados entre barrios, donde se sostienen las redes comunitarias. El transporte público lo usan mayoritariamente las mujeres, pero está pensado para el trabajo productivo, no para la vida.
¿El tiempo es hoy el derecho más importante?
Los derechos más importantes son la vida, la libertad y la dignidad, pero el tiempo es inseparable de todos ellos. La autodeterminación del tiempo se encuentra en el extremo más básico en la esclavitud, donde no existe, y en el más avanzado, en las democracias sociales, donde se amplían esferas de libertad personal. En la Constitución española y en tratados internacionales está reconocido el derecho al ocio, que también es un componente de la persona. Sin tiempo, sencillamente, no podemos ejercer ningún derecho.
¿Cuándo empezó la esclavitud del reloj?
Con la revolución industrial. Antes, el tiempo de trabajo ni siquiera se medía de forma exacta en horas. En el campo se trabajaba siguiendo ciclos vitales: el amanecer, la luz, las estaciones. El tiempo fluía de manera más orgánica. Con el maquinismo y la industrialización, el reloj pasó a medirlo todo. La posibilidad de producir de forma casi ilimitada hace que surja la necesidad de limitar el tiempo de trabajo. El movimiento obrero nace con la revolución industrial y las primeras grandes huelgas buscaban reducir la jornada: de 16 horas a 14, luego a 12… hasta llegar a la conquista emblemática de las ocho horas, como en la huelga de La Canadiense. Ya no hablamos de ciclos vitales, sino de tiempo industrial. Y cuando el trabajo se vuelve potencialmente ilimitado, la única manera de defender derechos es conquistándolos, por capacidad de organización y lucha colectiva.
Ese tiempo no pertenece solo al trabajador.
Pertenece a toda la población que depende del mercado, aunque no encaje en la figura clásica del Estatuto de los Trabajadores. Niños, personas mayores, y también otros sujetos que no son asalariados pero que intercambian tiempo en el mercado: autónomos, trabajadores de plataformas o sectores vinculados a la uberización de los cuidados, donde se compran bonos de tiempo para tareas como limpiar una casa, cuidar a un menor o incluso reparar muebles o tapicerías. Si solo actuamos desde la legislación laboral, podemos acabar ampliando la brecha de género porque los sectores más masculinizados -industria, transporte...- están más protegidos por ese estatuto, mientras que sectores feminizados como hostelería, comercio o cuidados suelen quedar fuera y con menos protección.
Regular el empleo del tiempo desde esa perspectiva requeriría un profundo cambio social y cultural.
Efectivamente, regular sectores como la hostelería no solo afecta a las jornadas laborales, también al consumo del ocio. Siempre imaginamos estos cambios como dramáticos, pero ya hemos visto microadaptaciones: tras la pandemia surgieron fenómenos como el tardeo, horarios más adelantados, reservas digitales… Y no fue el fin del mundo, solo una cuestión de costumbre. Las jornadas partidas son generadoras de pobreza de tiempo: te dan dos horas para comer que, en una gran ciudad, no sirven para casi nada. Mucha gente acaba comiendo en una furgoneta o en un banco. Eso alarga innecesariamente el día: puedes trabajar ocho horas, pero estar 14 fuera de casa. Ocho horas no significan lo mismo con jornada continua que con jornada partida. El Estatuto de los Trabajadores se diseñó pensando en la fábrica fordista: entras a las ocho, sales a las tres, pero hoy el trabajo es cada vez más líquido y deslocalizado, y la flexibilidad debería aplicarse no solo cuando la necesita la empresa, sino también cuando la necesita la persona trabajadora.
La flexibilidad, ¿no es una trampa para los trabajadores más vulnerables?
Puede serlo, sí. Hoy existe una autoexigencia del propio trabajador que se impone tiempos, disponibilidad constante y ritmos que no siempre vienen marcados por la empresa, sino por la cultura de productividad que hemos interiorizado. Por eso insisto en que el cambio no es solo normativo, sino transversal: hay que repensar el tiempo desde la vida y no al revés, construyendo todos los tiempos de forma simultánea y equilibrada, no subordinados al productivo.
¿Qué ocurre con el teletrabajo?
En muchos casos, el teletrabajo ha supuesto una trampa para las mujeres, y los informes recientes del Ministerio de Trabajo sobre autónomos señalan que también lo es para los pequeños autónomos: antes cerrabas la tienda y el trabajo terminaba ahí; ahora te lo llevas a casa y sigues gestionando pedidos online, inventario o tarea...
¿Es posible mantener las jornadas laborales bajo control?
En España, sí. La ley permite el pluriempleo y la pluriactividad, y todo tiene que cotizarse a la Seguridad Social. Es fácil comprobar cuántas horas se hacen, cómo se pagan y cómo se cotizan. El verdadero problema no es el control, sino el trabajo sumergido en sectores precarios. Y es ahí donde se concentran otras desigualdades: empleos pobres, migrantes, racializados o de cuidados, que históricamente han operado fuera de los márgenes formales y que ahora están aflorando mediante apps y plataformas, pero sin derechos laborales garantizados, la uberización de los cuidados...
¿A qué se refiere con uberización de los cuidados?
A que hoy existen plataformas que ofrecen cuidados a cualquier hora, formalizando un mercado que tradicionalmente era sumergido, migrante y precarizado. Pero a diferencia de los riders -que tenían derechos y luchábamos para que no los perdiesen-, las cuidadoras nunca los tuvieron. Ahora que el sector aflora, hay que dotarlo de derechos. Los informes muestran que en esas plataformas más del 50 % son mujeres, más del 70 % son personas migrantes y se han detectado casos de jornadas de 47 horas semanales a 1,8 euros la hora. Eso significa trabajar al margen de todo: salario, cotización, descansos, protección social. Es una oportunidad para formalizar derechos, pero si no hablamos de ello, estamos normalizando un sector sin derechos.
La patronal se resiste a los cambios, ¿persiste la vieja dialéctica?
En parte. A veces se sigue con la lógica de que si la clase trabajadora gana tiempo, el empresario necesariamente lo pierde, pero los números no avalan que trabajar menos destruya beneficios. En muchos casos, lo que preocupa más a la patronal no es la reducción de jornada, sino el control horario: cuántas horas se hacen, cómo se pagan y cómo se cotizan.
En sectores como el de los cuidados, algunos trabajadores son resistentes a cotizar.
La gente suele pensar en lo que le ocurre hoy, no en el impacto futuro. Pero el empleo precario de hoy es una pensión precaria mañana. Además, no solo existe una brecha salarial: existe una brecha prestacional, que es aún mayor.
¿Qué es exactamente la brecha prestacional?
Las pensiones de las mujeres son mucho más bajas que lo que indicaría únicamente la brecha salarial, porque su trayectoria laboral suele estar marcada por más trabajo a tiempo parcial, más precariedad y más empleo sumergido. Por eso, cuando hablamos de desigualdad de tiempo y de trabajo, debemos mirar también a las consecuencias en derechos futuros, como la jubilación. Para jubilarte a los 65 años necesitas 38 años y seis meses de cotización, y para el cien por cien de la pensión, 37 años cotizados. Si el mercado es inestable y fragmentado, cumplir esa carrera de cotización se vuelve más difícil para quienes permanecen toda su vida en sectores vulnerables como los cuidados.
¿España es un país especialmente pobre en tiempo?
Los informes dicen que España es un país pobre y mayoritariamente las mujeres. La Comisión Europea habla de pobreza de tiempo cuando se tienen menos de tres horas al día para uno mismo después de haber hecho todo el trabajo productivo y reproductivo. Hay mucha gente que no las tiene a la semana. España es más pobre que otros países del entorno, pero no hay una gran diferencia. En mujeres la pobreza de tiempo siempre es mayor que en hombres.
El colmo de la pobreza: ser mujer, madre, inmigrante…
Yo empecé a trabajar en esto porque creo que uno de los problemas del derecho del trabajo es que la regulación sigue considerando que el trabajador es un hombre blanco que trabaja en una gran fábrica y para mí el trabajador del siglo XXI es una mujer pobre, racializada, que se desplaza por las grandes ciudades porque no tiene un centro de trabajo. Hay una ruptura entre la realidad regulada y la regulación.
Rentas universales, desaparición del trabajo… ¿En serio?
Keynes ya decía hace cien años que en el 2030 íbamos a trabajar 35 horas mensuales, algo así, porque la tecnología iba a permitirlo. La tecnología y la inteligencia artificial , la IA, son una oportunidad, pero depende para qué la usemos y cómo. Si vamos a dejar que la IA haga las canciones y las obras de arte y nosotros sigamos trabajando... ¿Se podrán liberar más tiempos? Posiblemente sí, lo que habrá que decidir es, como con la riqueza, como repartirlos. Una renta universal permitiría una decisión autónoma sobre qué hacer con el tiempo, quizá la autodeterminación del tiempo sea posible, pero ahora trabajas ocho horas o no vives.
La tecnología no puede asumir los cuidados.
Cada vez hay más IA para los cuidados: hay gente trabajando en la ética de la IA en las máquinas de cuidados, hay tareas programables -la medicación, que te llame una IA para ver como estás por tu voz...-. Japón se está planteando máquinas reales de cuidado, como un R2-D2 que te atiende.
Pero eso es suministro de cuidados, no cuidado real.
Por eso a mi no me gusta hablar de conciliación, porque parece que atender a los demás es una carga y no, también implica amor, autocuidado, el concepto de familia, cosas que, en efecto, no son asumibles por una máquina.
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