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El pergamino de Clío

Historia de la depilación

Historia de la depilación

Historia de la depilación / La Provincia

Lara de Armas Moreno

Desde el Antiguo Egipto existen evidencias de que tanto las mujeres como los sacerdotes practicaban la depilación total del cuerpo como símbolo de pureza y pulcritud. Esta costumbre formaba parte de elaborados rituales de higiene y belleza que podían extenderse durante varios días, y en los que se eliminaba todo el vello corporal, incluida la cabeza. Para lograrlo utilizaban cremas depilatorias elaboradas con sangre y grasa animal, habitualmente de hipopótamo, o con mezclas de cera de abeja, azúcar, limón y miel. Además, empleaban instrumentos para perfeccionar el resultado, como pinzas confeccionadas a partir de conchas marinas.

En la antigua Grecia, la depilación también ocupaba un lugar importante en los rituales de belleza y en la vida cotidiana. Los hombres que deseaban acceder a los templos debían presentar un cuerpo completamente libre de vello, ya que la piel lisa se asociaba con la armonía, la pureza y la belleza ideal. Las mujeres, por su parte, utilizaban una crema depilatoria llamada dropa, elaborada a partir de tierra de Chipre y vinagre, con la que lograban eliminar el vello de forma eficaz.

Durante el Imperio Romano, la ausencia de vello corporal continuó siendo un signo de refinamiento y de alto estatus social. El vello púbico, en particular, era considerado algo «bárbaro» y contrario a los ideales estéticos de la época. En los burdeles existía incluso la figura del alipilarius, esclavos encargados específicamente de depilar a las prostitutas para adecuarlas a los cánones de belleza vigentes.

La depilación facial no llegó hasta la Edad Media, cuando empezaron a usar cal viva y arsénico para depilar las cejas, las patillas y las sienes. No fue hasta el siglo XVIII cuando apareció la primera hojilla de afeitar, inventada por el barbero Jacques Perret en 1760.

Durante el siglo XIX y hasta bien entrada la segunda década del XX, las mujeres vestían con ropajes largos y cerrados que cubrían prácticamente todo el cuerpo. La moda de la época ocultaba por completo el vello corporal femenino, por lo que la depilación no formaba parte de las rutinas estéticas cotidianas. Este escenario cambió en 1915, cuando la revista Harper’s Bazaar publicó un anuncio dirigido a las mujeres de la alta sociedad estadounidense. En él aparecía una joven con los brazos levantados y, bajo su imagen, podía leerse: «La moda para el verano y el baile moderno se combinan para hacer necesaria la eliminación del molesto vello». A partir de ese momento, la tendencia de los vestidos sin mangas, con tirantes finos y cortes bajos que dejaban las axilas al descubierto, impulsó la idea de que era necesario eliminar el vello en esa zona del cuerpo.

Los fabricantes de productos de belleza aprovecharon esta nueva moda para lanzar campañas que promovían la depilación femenina, aunque en un principio solo de axilas y brazos. Las faldas seguían siendo largas, por lo que la depilación de las piernas todavía no era considerada necesaria ni estaba extendida. Esta libertad para llevar vello en el tren inferior terminó con la llegada de la II Guerra Mundial, cuando la escasez de seda dejó a las mujeres sin poder disimular su vello en las piernas mediante el uso de medias.

La irrupción de la revista Playboy en la década de 1950, con modelos que mostraban cuerpos completamente depilados, contribuyó de forma decisiva a consolidar un nuevo canon de belleza femenina. La creciente popularización del cine para adultos reforzó esta tendencia, normalizando la imagen de la mujer con ausencia total de vello corporal. Esta estética se afianzó aún más con la llegada del bikini, que dejó al descubierto zonas del cuerpo que hasta entonces permanecían cubiertas, extendiendo así la presión social hacia una depilación cada vez más completa.

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