La gran mentira del descubrimiento de Canarias: el almirante que nunca existió
Tres documentos medievales atribuían el descubrimiento de Lanzarote y Fuerteventura a un almirante portugués llamado Lanzarote da Franca. Pero todo apunta a que el personaje fue inventado siglos después.

Fragmento del portulano de Angelino Dulcert (1339), en el que se ven ampliadas la isla de Lanzarote y Fuerteventura, únicas representadas en este mapa. / LP/DLP

Desde que el pasado empezó a escribirse, se usó al servicio de los intereses del presente. Los hechos se distorsionan, se idealizan y, a veces, simplemente se inventan a conveniencia. La Donación de Constantino, un falso decreto atribuido al emperador romano Constantino I, legitimó durante siglos el poder de la Iglesia Católica sobre amplios territorios de Europa hasta que en el siglo XV se demostró que era una falsificación. El legendario Bruto de Troya nació de la pluma del cronista Geoffrey de Monmouth para emparentar a los reyes de Inglaterra con los héroes troyanos. Incluso Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, terminó convertido por la tradición literaria y la historiografía posterior en un héroe muy distinto del personaje real.
Todas las culturas han manipulado su pasado de una forma u otra. En Canarias tampoco faltan historias así. Algunas se inventaron lejos de las islas, aunque terminaran teniendo aquí su escenario.
Una de ellas comenzó a tomar forma en 1925, cuando el historiador portugués Fortunato de Almeida publicó en su Historia de Portugal tres documentos medievales que parecían revelar la existencia de un personaje desconocido hasta entonces: Lanzarote da Franca, un supuesto almirante portugués al que se atribuía el descubrimiento de dos islas —Lanzarote y Fuerteventura— y que habría muerto años después en un enfrentamiento con los indígenas mientras intentaba conquistarlas para Portugal.
Los documentos parecían bastante claros. El primero, fechado en 1370, mostraba al rey Fernando I reconociendo a Lanzarote como descubridor de las islas y concediéndole el señorío de Nossa Senhora da Franca —identificada con Lanzarote— y de la Gumeyra, probablemente Fuerteventura.
Un segundo texto, de 1376, señalaba que el navegante aún no había podido tomar posesión efectiva de las islas debido a la guerra contra sus habitantes, llamados en el documento «gaãchos», y contra los castellanos. Como compensación, el rey le concedía unas jabonerías en el Algarve.
El tercero, fechado en 1385, confirmaba la donación de esas jabonerías a su hijo, Lopo Afonso da Franca, y añadía que su padre había muerto con «honrado fin» en las islas.
A partir de estos retazos parecía posible reconstruir la historia de un personaje que, de ser auténtico, habría ocupado un lugar destacado en la historiografía portuguesa y canaria. Sin embargo, el hallazgo planteaba una incógnita difícil de ignorar: no es frecuente que un personaje de tal importancia aparezca de repente, y casi a mesa puesta, más de cinco siglos después. Pero el tiempo no era el único problema.

Fernando I de Portugal, que aparece en los primeros dos documentos de Almeida. / LP/DLP
Un hallazgo demasiado perfecto
Los historiadores portugueses se mostraron cautelosos desde el principio. El problema principal era que los documentos originales habían desaparecido. Según se decía, habían sido adquiridos en una venta pública de los archivos de la familia Franca, pero más tarde se perdieron, de modo que solo se conservaban las transcripciones publicadas por Almeida. Perder los originales no parecía la mejor manera de convencer a los escépticos.
Durante décadas el asunto apenas despertó polémica. Sin embargo, en 1961 el historiador belga Charles Verlinden propuso una interpretación distinta: el misterioso Lanzarote da Franca podría ser en realidad el navegante genovés Lanzarotto Malocello, cuyo nombre aparece junto a la isla de Lanzarote en el mapa de Angelino Dulcert de 1339 —escrito como Lanzarotus Marocelus— y del que probablemente deriva el nombre de la isla.
La propuesta abrió un intenso debate entre historiadores. El catedrático de la Universidad de La Laguna Elías Serra Ràfols, uno de sus críticos más contundentes, rechazó de plano la hipótesis y llegó a calificar el documento como un escrito falso, resultado de una contorsión de los hechos conocidos de la historia de Canarias.
En 2019, el historiador Alberto Quartapelle publicó un estudio exhaustivo en el que revisó todos los datos disponibles y volvió a examinar los argumentos de Serra. Aunque con un enfoque más matizado que el de este, Quartapelle termina inclinándose por considerar el documento una falsificación. Y lo que apareció al revisar los documentos iba más allá del debate inicial.
El análisis reveló varios asuntos difíciles de explicar. El más importante estaba en el cargo de almirante. En el siglo XIV el título de Almirante de Portugal pertenecía de forma hereditaria a la familia Pessagno, que lo mantuvo durante más de 130 años. Es cierto que en aquella época existió un Lanzarote de esa familia, pero su genealogía no coincide con la que aparece en los documentos, lo que hace imposible que se trate de la misma persona.
Otro problema surgía con la supuesta donación de las jabonerías. Este tipo de privilegios no aparece documentado en Portugal hasta comienzos del siglo XV, varias décadas después de las fechas mencionadas en los documentos. Puede parecer un detalle menor, pero basta para despertar sospechas.
Aun así, el giro más interesante de la historia no estaba en los documentos.

Portulano completo de Dulcert, de 1339, en el que aparecen Lanzarote y Fuerteventura. / LP/DLP
El linaje decorado de los Franca
En ninguna de las genealogías conocidas de las familias nobles portuguesas aparece mencionado un almirante llamado Lanzarote da Franca. Ni rastro durante siglos. Sin embargo, a finales del siglo XIX apareció en manos de la familia un supuesto Arquivo da Casa dos Franca, que reconstruía con gran detalle el pasado medieval del linaje.
El archivo pertenecía al primer conde de Marim, António José Maria da Horta Telles Machado da Franca, y reunía relatos sobre el origen de la familia, en los que aparecían algunos antepasados relacionados con navegantes genoveses y almirantes portugueses. La mayoría de esas historias apenas resisten una comprobación mínima: personajes inventados y algunos vínculos familiares con apellidos que no figuran en los registros hasta décadas más tarde.
El archivo, por cierto, también desapareció.
En aquella subasta de bienes familiares en la que aparecieron los documentos utilizados por Almeida también se vendían otros objetos supuestamente históricos que resultaron ser falsos: una espada presentada como medieval que en realidad era bastante posterior y varios retratos modernos pintados con estilo antiguo para representar a miembros del linaje. Todo parecía formar parte del mismo decorado.
Más que una maquinación de Almeida, todo sugiere que alguien había intentado construir un pasado heroico para la familia Franca. Quizá Almeida fue solo un apasionado que creyó estar ante un gran descubrimiento. Quizá simplemente aprovechó la ocasión. O quizá, entre tanta invención, aún se esconda algo de verdad. En cualquier caso, la investigación de Quartapelle parece dejar al historiador portugués fuera de la trama.
El mapa de Dulcert
La figura de Lanzarote da Franca podría no haber sido más que una adaptación de un personaje real: el navegante genovés Lanzarotto Malocello, de quien tampoco es que se sepa mucho, pero cuyo nombre aparece junto a la isla de Lanzarote en el mapa de Dulcert de 1339, una de las primeras representaciones cartográficas de las islas.
El documento de Almeida describe el descubrimiento inicial de solo dos islas. Ese detalle coincide con lo que muestra el mapa de Dulcert, que no fue identificado hasta 1885, apenas unas décadas antes de la publicación de Almeida. Por eso, si los documentos son realmente falsos, tuvieron que ser escritos a finales del siglo XIX o comienzos del XX. Justo en la misma época en la que aparece el misterioso archivo familiar de los Franca.
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