El pergamino de Clío
La raíz convicta de EE UU

La raíz convicta de EE UU
Lara de Armas Moreno
Tradicionalmente, la deportación penal se ha asociado con los orígenes del asentamiento blanco en Australia. Sin embargo, a menudo se pasa por alto que este tipo de castigo también se aplicó a numerosos convictos británicos enviados a América, quienes desempeñaron un papel fundamental en la conformación del poblamiento de la América temprana. De hecho, estos presos llegaron a representar aproximadamente una cuarta parte del total de inmigrantes británicos que arribaron a las colonias americanas durante el siglo XVIII.
Hasta fechas relativamente recientes, las evidencias de este poblamiento forzado y de la influencia de los convictos en la configuración de la primera sociedad estadounidense fueron ampliamente ignoradas por la historiografía.
Un ejemplo lo subrayó el historiador y catedrático de Historia por la Universidad de Harvard Bernard Bailyn, quien señaló la importancia de los convictos para cubrir la demanda de la mano de obra en la economía de la región de Chesapeake durante 1760 y 1770.
El historiador estadounidense, A. Roger Ekirch habla en su libro Bound for America: The Transportation of British Convicts to the Colonies, 1718-1775 sobre la Transportation Act que se aprobó en 1718 con el objetivo de aliviar a Gran Bretaña de la ola de criminalidad que afectó a Londres tras el final de la Guerra de Sucesión Española en 1713. El nuevo régimen consideró el destierro de numerosos delincuentes condenados por los tribunales como un medio eficaz para preservar la estabilidad social.
La ley alcanzó su plena aplicación en 1619, cuando Jacobo I ordenó al Tesorero y al Consejo de la Colonia «enviar a cien personas disolutas a Virginia». A partir de entonces, se estima que más de 50.000 personas condenadas por delitos fueron transportadas a las Américas entre 1614 y 1775 desde Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda. Desde comienzos del siglo XVII, personas clasificadas como «vagabundos» y «criminales», así como miles de prisioneros de guerra irlandeses, escoceses e ingleses procedentes de la Guerra Civil Inglesa, fueron transportados para trabajar en las plantaciones azucareras del Caribe. Las plantaciones de tabaco de la región de la bahía de Chesapeake, en América, también recibieron un gran porcentaje de hombres y mujeres desterrados. Comprendida la magnitud del destierro hacia América, la percepción de Australia como la principal nación «convicta» se revela claramente sobredimensionada.
Estos datos están respaldados también por los historiadores Peter Rushton and Gwenda Morgan quienes hablan de ello en su artículo Running away and returning home: the fate of English convicts in the American colonies en el que aseguran que la transportación penal británica a América comenzó en el siglo XVIII como una práctica masiva tras la Transportation Act de 1718. Se calcula que hasta 50.000 convictos fueron enviados a las colonias antes de la Revolución Americana, muchos por delitos menores (robos pequeños, hurtos), no solo criminales graves. La deportación implicaba años de servidumbre forzada en América. En la práctica, circuló ampliamente la idea de que los convictos escapaban y regresaban fácilmente a Inglaterra, pero la documentación ha demostrado que la mayoría de los que lo intentaron perecieron antes de volver a casa.
Existen sectores racistas, especialmente visibles en algunos contextos, en este caso estadounidenses, que defienden una supuesta superioridad racial y condenan con dureza la inmigración. Sin embargo, la historia demuestra una y otra vez que las ideas de raza y origen son construcciones frágiles, cambiantes y profundamente difusas. Las sociedades humanas no son compartimentos estancos, sino el resultado de desplazamientos continuos, encuentros, mestizajes y mezclas acumuladas a lo largo del tiempo. Somos la herencia de poblaciones dispersas, de cruces constantes que se entrelazan generación tras generación hasta diluirse en la memoria. En ese sentido, nadie pertenece por completo a un solo lugar. Históricamente todos somos, en realidad, de muchas partes a la vez.
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