Meteorología
El rosario de borrascas que riega la temporada invernal en Canarias
Lo ha hecho tres semanas antes que en la campaña anterior

Cándido Rodríguez Díaz
El 1 de enero comenzó con borrasca. Francis, nombrada por el servicio meteorológico portugués la víspera de Año Nuevo, cruzó el Archipiélago y vistió de avisos amarillos todas las Islas. Lo que nadie podía saber entonces es que aquella borrasca inaugural sería solo la primera de una cadena que a mediados de marzo ya suma 11 nombres en apenas tres meses, 17 en el cómputo total de una temporada que ha igualado el récord histórico de nombramientos registrado en 2023-2024.
La borrasca Regina, nombrada el 2 de marzo por el servicio meteorológico de Portugal, es la 17 de la temporada y llegó apenas unas horas después de que se desactivara el aviso por viento que dejó rachas de casi 100 kilómetros por hora durante el fin de semana anterior. No hay tregua. Y cuando David Suárez, delegado de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Canarias, intenta encontrar el marco conceptual que explique lo que está ocurriendo, la respuesta es: «Uno de los impactos que tiene este ambiente climático es el aumento en cuanto a la frecuencia de fenómenos meteorológicos adversos, y este año está siendo ejemplo de ello».
La lista, de Claudia a Francis
De entre todas las borrascas de la temporada, tres destacan por la intensidad de sus efectos adversos: Claudia y Emilia en diciembre, y Francis en el tránsito de diciembre a enero. Este triunvirato borrascoso y consecutivo combinó efectos de profundidad atmosférica, velocidad de desplazamiento y orientación del flujo de una manera que maximizó el oleaje sobre las costas del norte y noroeste del Archipiélago.
En el caso de Emilia, la borrasca permaneció varios días prácticamente estacionada entre la Península y Canarias, generando un flujo persistente del este sobre el litoral mediterráneo mientras castigaba el norte de las Islas con viento y temporal de forma continua. Las nevadas que produjo en las cumbres del Teide fueron las más intensas desde 2016, con espesores cercanos al metro y medio en el entorno del volcán. También durante Emilia, la Aemet registró en Canarias 1.861 rayos, de los cuales 1.012 correspondieron al episodio del 12 y 14 de diciembre.
La temporada de borrascas coordinadas por el Grupo Suroeste europeo de meteorología —órgano formado por los servicios meteorológicos de España, Portugal, Francia, Bélgica, Luxemburgo y Andorra— comenzó el 1 de septiembre de 2025. En otoño llegaron las siete primeras, ordenadas alfabéticamente con Alice, Benjamin, Bram, Claudia, Davide, Emilia y Francis. Pero es a partir del 1 de enero cuando el goteo se convirtió en cascada.

José Pérez Curbelo
Goretti pasó por agua y nieve la Noche de Reyes en la Península; Canarias se libró, pero el termostato cayó en picado y dejó la mar alterada. Una semana después llegó Harry, el 16 de enero; seguida de Ingrid el 20; Joseph el 25 y Kristin el 27, aunque esta última solo produjo fenómenos costeros. Cinco borrascas en 12 días de enero.
Leonardo arribó a principios de febrero. Marta el 5 de ese mes, solo en la Península. Luego Nils, Oriana el 12; Pedro a finales de febrero, y finalmente Regina el 2 de marzo. «Está siendo un año muy activo para lo que es todo el suroeste de Europa», resume Suárez.
Cada nombre corresponde a un sistema de bajas presiones capaz de generar avisos de nivel naranja o rojo, o amarillos de especial significación por viento o lluvias. Son episodios que merecen ser rastreados, analizados y comunicados con nombre propio para que la ciudadanía pueda seguirlos. El hecho de que la temporada 2025-2026 haya llegado a la letra R en el mes de marzo, mientras que en la temporada récord anterior no se llegó a ese punto hasta el 14 de abril, explica por qué en Canarias el frío no ha dado tregua.

Marcos Ojeda/FOTO: Rosa García
Una de las características más llamativas de esta temporada, que la distingue de las anteriores en las que Canarias era golpeada con mayor frecuencia por situaciones del suroeste, es la trayectoria predominante de las borrascas. Vienen del norte, empujadas por un chorro polar que este año ha mantenido una posición y una dinámica particular. «El patrón que estamos teniendo ahora mismo es un patrón de bloqueo en cierto aspecto». El anticiclón se ha situado al oeste de Azores y el chorro está llegando «de forma más tangencial a lo que sería Canarias y a la zona del suroeste de Europa». «Para que el chorro se desplace más hacia el sur, el anticiclón no debe estar en esa posición. Es otro patrón meteorológico que no estamos teniendo en este año», continúa Suárez.
Si hay un elemento diferencial en este invierno respecto a los anteriores, es el comportamiento del mar. La altura media significativa del oleaje llegó a 3,5 metros durante la segunda quincena de enero y la primera de febrero, la cifra más alta desde que existen registros sistemáticos.
«Estamos teniendo una temporada muy activa en cuanto a fenómenos costeros. Esto ha estado relacionado, por un lado, con el paso de borrascas que incrementan la zona de generación de oleaje, y también cuando ha estado presente el anticiclón, como en estos momentos, que hemos tenido un flujo del noroeste debido al anticiclón que es potente, que ha generado viento intenso y ha afectado a las zonas más expuestas del Archipiélago». Un sistema de doble presión: tanto las borrascas como los anticiclones fuertes generan condiciones adversas en el mar, aunque por mecanismos distintos.

Consecuencias de la borrasca Claudia en Gran Canaria / Andrés Cruz
«Hablando con gente del sector que se dedica al transporte marítimo, han comentado que estamos teniendo un invierno muy duro en cuanto a temporales marítimos», corrobora el delegado de Aemet. Los barcos de línea regular interinsulares han acumulado supresiones de servicio en un volumen inusual, y los puertos de las islas más occidentales —La Palma, El Hierro, La Gomera— han registrado cierres por condiciones del mar que en algunos momentos se han prolongado durante días consecutivos. Ha sido el invierno que ha recordado, por si hacía falta, que Canarias no es solo sol y playa sino un Archipiélago volcánico en mitad del Atlántico, expuesto a todo lo que el océano y la atmósfera envíen.
Días de frío inusual en las Islas mientras los termómetros subían en el continente africano, temperaturas mínimas que en algunas medianías de Gran Canaria han batido récords históricos en su descenso, y al mismo tiempo semanas de calor impropio de la época, con temperaturas que en algunos días de febrero alcanzaron una anomalía positiva de cinco grados y se registraron máximas iguales o superiores a 30 grados en todas las Islas. El invierno de los extremos, podría llamarse.
La convivencia de estos fenómenos aparentemente contradictorios responde al cambio climático. «Ahí se mezclan lo que son las condiciones meteorológicas, el tiempo, con el clima. Son dos marcos temporales diferentes: las condiciones de un día concreto, frente a la evolución de las temperaturas que está haciendo que se produzca el derretimiento de los polos a largo plazo». Una cosa es que haga frío esta semana en Canarias. Otra, radicalmente distinta, es que la temperatura media del planeta siga subiendo sin pausa.
Delta fue el fenómeno meteorológico más destructivo que las Islas han vivido en la era contemporánea. Llegó desde el golfo de Guinea con una trayectoria errática que tomó por sorpresa a los modelos de predicción de la época. El 28 de noviembre de 2005 la tormenta tropical Delta arrancó el Dedo de Dios de Agaete. La formación basáltica de veinte metros postrada en la base del roque que resistió 14 millones de años la erosión del Atlántico, no pudo con los vientos de más de 130 kilómetros por hora que la Delta descargó sobre la costa noroccidental de Gran Canaria.
En lugar de girar al oeste, como hacen la mayoría de los sistemas tropicales en esas latitudes, Delta giró al norte, se mantuvo estático cerca de las Azores y luego viró al este, directo hacia el archipiélago. Solo pasó por las islas la cola del ciclón —el ojo del sistema nunca llegó a tierra—, pero fue suficiente para dejar siete muertos, más de 300.000 personas sin suministro eléctrico durante días —en algunos puntos de Tenerife, hasta una semana—, plataneras e invernaderos arrasados, torretas eléctricas retorcidas como papel de aluminio, y la racha de viento más potente jamás registrada en España hasta la fecha: 248 kilómetros por hora en el observatorio de Izaña, en el Teide.
Dos décadas después, la pregunta provoca noches en vilo a más de uno. ¿Puede ocurrir algo así de nuevo? ¿Y con el calentamiento del Atlántico, podría ser peor? La respuesta científica, honesta y sin sensacionalismo, es que la probabilidad de un evento de esas características en el Archipiélago, aunque es baja, no ha desaparecido. Al contrario.
El Atlántico norte y nororiental, históricamente demasiado frío para alimentar ciclones tropicales de intensidad sostenida, ha experimentado en las últimas décadas un calentamiento que está desplazando hacia el norte y el este la zona donde estos sistemas pueden mantenerse activos. Sin embargo, la trayectoria de Delta fue, y sigue siendo, una «excepcionalidad estadística».
A este fenómeno que propicia las borrascas se conoce como expansión de la zona de ciclogénesis tropical. Los modelos climáticos proyectan que continuará afectando durante el resto del siglo. Delta fue posible en 2005 en parte porque aquel otoño el Atlántico tropical registró temperaturas de superficie anormalmente altas, que alimentaron al sistema incluso cuando se alejaba de las latitudes típicas de los huracanes.
Suárez es cauto ante este tipo de proyecciones a largo plazo y conjeturas sobre nuevas borrascas, como corresponde a un meteorólogo que vive en el corto plazo por definición. «Uno de los impactos del cambio climático es ese derretimiento de los polos. Toda esa incursión de aire polar que llega hasta nuestras latitudes tiene efectos en esas bajadas y subidas de temperatura».
La Aemet le ha visto las orejas al lobo en Canarias y trabaja bajo una operativa de 24 horas, siete días a la semana, con turnos de predicción continuos, briefings a lo largo del día y una asesoría directa y proactiva con la Dirección General de Emergencias del Gobierno de Canarias. «Es una asesoría que es a demanda y también proactiva por parte de Aemet: vamos informando de las situaciones meteorológicas que se vienen», añade Suárez.
Una primavera cálida y seca
Con la llegada de Regina el 2 de marzo, la temporada de invierno meteorológico ha dado paso formalmente a la primavera. Los modelos de predicción estacional que maneja Aemet apuntan a un trimestre de marzo, abril y mayo que será probablemente cálido —con un 50% de probabilidad— y ligeramente seco.
Lo que sí puede afirmarse es que la sequía que azotó el Archipiélago en los años anteriores ha experimentado una pausa notable. Diciembre y enero fueron meses húmedos, por encima de lo normal en la mayoría de las islas. Febrero fue más seco, dentro o por debajo de la media. En el cómputo del año hidrológico —que arranca el 1 de septiembre— los acumulados en Gran Canaria están en un 122% más de lo previsto por la Aemet.
La calima, ese otro fenómeno del invierno canario, también ha estado presente en febrero con dos episodios de importancia: el 17 de febrero con una concentración media de polvo en superficie de 256,22 microgramos por metro cúbico, y del 23 al 25, con 135,39, ambos muy por encima del umbral de la OMS. El patrón que los produce es un anticiclón sobre África y una dana o borrasca al oeste de las Islas, lo que genera las condiciones ideales para que el polvo del Sáhara envuelva el Archipiélago en una bruma ocre. Este invierno, ese patrón ha convivido con todo lo demás: las borrascas, el frío polar, el alisio, los temporales costeros. Un menú atmosférico de extraordinaria complejidad.
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