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Entrevista | Pedro Olalla Escritor y helenista, reedita su ‘Atlas mitológico de Grecia’

Pedro Olalla: «Si dejamos de dar importancia a la verdad, minamos la civilización»

Pedro Olalla (Oviedo, 1966) es un destacado helenista. Escritor, traductor y cineasta, autor de una treintena de obras, reedita uno de sus libros más destacados, el ‘Atlas mitológico de Grecia’ (Eclecta Editorial). Se trata de una cuidada ampliación de una obra publicada hace 25 años. Un tercio de sus contenidos son nuevos y tiene una nueva estructura, una dimensión narrativa que no tenía la edición original, más apegada al orden alfabético

Pedro Olalla

Pedro Olalla / LP / ED

Eduardo Lagar

En su atlas es muy interesante la vinculación entre los mitos y el paisaje real de Grecia.

Lo que aporta el atlas frente a otras obras que reflexionen sobre los mitos es explorar la relación de estas historias con la geografía real. Porque los mitos no son historias creadas en el vacío. Surgen del propio territorio. Es más, están muy relacionadas con el carácter sagrado del territorio, con los santuarios. No hay un solo mito que haya sido narrado sin referencia a una cueva, a una fuente, a una cumbre, a un río, a un bosque sagrado, a una ciudad. Todo es una estructura de historias que está en íntima relación con la geografía de Grecia en un sentido lato. Y que además le ha ido dando cohesión a esa geografía y a la identidad de ese pueblo a lo largo de la historia. Los mitos consiguieron una difícil operación, trenzar e integrar en un mismo relato lo humano, lo divino y lo natural.

La mitología griega ha conformado nuestra identidad cultural. Por ejemplo, no es posible visitar un museo de arte y entender qué estás viendo si no conoces la mitología griega. O si no manejas los códigos del cristianismo. ¿Estamos olvidando estos códigos?

Estamos empobreciendo nuestra capacidad de reconocimiento de referencias del pasado, comunes a la historia de la humanidad. Estamos desconectándonos del mundo de referencias que nos preceden. Y es no es ni una liberación ni un paso adelante.

Explíquese.

No creo que debamos estar siempre anclados a lo anterior, pero conocer las claves que nos pueden permitir interpretar el pasado nos permitirá siempre un análisis más perfecto de lo que ocurre en el presente. La historia nos ayuda a conocer las causas del presente. Perder la conexión con todo ese mundo de referencias, ya sea de la tradición abrahámica o de la tradición grecolatina, va a ser también un obstáculo para interpretar el pasado. Y, además, en el terreno del arte, debemos tener en cuenta que la mayoría del arte de épocas antiguas se creó con la conciencia de ser un arte sagrado. No eran artes decorativas o la expresión de la individualidad del artista, como puede ser hoy. Si no tenemos en cuenta que esa realidad fue creada como arte sagrado vamos a interpretarlo mal, desde nuestros parámetros actuales. Si vamos perdiendo todas las referencias para entender cómo funcionaban las sociedades del pasado acabaremos abandonados en nuestro último momento, perdemos nuestra dimensión de seres diacrónicos, que es lo que nos hace diferentes. El conocimiento de la mitología griega nos ayuda a conocernos como sociedad y a conocer al ser humano en su aventura de siglos y de milenios en su interpretación del mundo. A nosotros mismos como especie.

Sin embargo, los estudios clásicos cada vez se desprecian más en las Universidades.

Lleva tiempo pasando. Solamente algunas universidades americanas, algunos centros de educación alternativos, parece que por fin están de vuelta de esa fase de acoso y derribo. Ven que no conviene arrumbar todas estas tradiciones que han sustentado el sistema de valores y la lucha ética de los hombres, el análisis de los valores desde el pensamiento crítico a lo largo de la historia. Si uno busca en la educación una serie de habilidades prácticas, de intendencia únicamente, quizás no sean los conocimientos que más pueden aportar. Pero si uno busca en la educación el cultivo de una serie de facultades como el pensamiento crítico, el pensamiento relacional, la empatía, el dominio del lenguaje, la capacidad de análisis, la sensibilidad, la belleza, y de conexión con el ser humano en el presente y en otras épocas, creo que para eso es fundamental toda esta tradición. Porque sobre esta tradición hemos llegado hasta aquí.

Y como estudioso de esa tradición, ¿qué le parece el deterioro que las nuevas tecnologías digitales causan en nuestras habilidades básicas? No sé si todo esto se parecerá a un apocalipsis de lo humano.

Bueno, también es humano. Todas esas invenciones, esos pasos que estamos dando en esa dirección, forman parte de la historia de la humanidad. Son producto de nuestras capacidades como seres humanos. La cuestión es que, por lo novedoso, puede parecer que nos deshumaniza frente a lo anterior. Creo simplemente que nos pone ante otros desafíos. Desafíos que sí pueden ser de mucho riesgo y convertirnos en personas carentes de voluntad. La voluntad es lo que caracteriza fundamentalmente al ser humano, su capacidad de hacer las cosas según su criterio. Para mí es la mayor amenaza de la tecnología que estamos desarrollando de algoritmos de control social, de inducción de conductas, de selección de contenidos para generar actitudes, para inducir pensamiento… Dejaremos de ser realmente humanos, personas, cuando perdamos la capacidad de ejercer nuestra voluntad. Esa deshumanización es la que realmente me preocupa. Dejar de tener capacidad de decidir y de pensar por nosotros mismos y acabar siendo instrumentalizados.

Y como estudioso de una cultura que inventó la democracia, ¿cree que vamos hacia el ocaso de ese sistema de gobierno?

El panorama no es muy alentador. No voy a decir que vamos hacia el final porque el futuro siempre está abierto, pero nunca realmente hemos tenido una democracia que se asimilara deontológicamente a los principios políticos que hizo realidad durante mucho tiempo la antigua democracia griega. Hemos tenido, y seguimos teniendo, una especie de oligarquías encubiertas, cada vez menos encubiertas, que utilizan el sistema de voto y el nombre de la democracia y una cierta patina de legitimidad para defender sus intereses privados, de clase y los intereses de personales. Pero esta tradición que entendíamos hasta ahora por democracia, basada también en el Estado de derecho y en la existencia del interés común y de una serie de valores que se daban por inalienables, vemos que está siendo totalmente derrumbada en estos momentos. Vemos que las decisiones más importantes no es que no sean tomadas por los ciudadanos, que sería lo deontológicamente correcto en el ámbito de una democracia, es que no se toman ni siquiera por los parlamentos nacionales; ni siquiera por ninguna de las organizaciones elegidas. Las toman determinados lobbies o grupos de presión, instancias que no tienen nada de democrático. Empezando por la propia Unión Europea sin ir más lejos. No me estoy refiriendo solamente a los poderes fácticos, incluso esto ocurre dentro de los poderes de iure. La Comisión Europea no es una organización democrática, ni mucho menos. Y si vamos a los poderes fácticos o a personas como el presidente de los Estados Unidos y su círculo de influencia, que toman decisiones al margen de los organismos más próximos como el Congreso o el Senado de EEUU o la cúpula de la OTAN, vemos que la democracia es un sueño que se esfuma con celeridad. Y se están esfumando otras conquistas.

¿Podría detallarlas?

El Estado de derecho, el derecho internacional, el que la convivencia entre los seres humanos pueda estar regulada por leyes a las que todo el mundo esté dispuesto a reconocer. Todo eso está siendo sustituido a marchas forzadas por la ley del más fuerte. Siempre ha sido una tendencia en la historia de la humanidad. La política se genera como un esfuerzo de coordinar la voluntad de todos para combatir el egoísmo, para combatir precisamente la ley del más fuerte. Pero todo eso, que ha sido siempre una tendencia contra la que la política ha tenido que luchar, en estos momentos está siendo derrotado. No sólo por la marcha de los acontecimientos sino porque parece que los propios representantes de la política, los propios creadores de opinión pública e informadores están aplaudiendo esa actitud y están poniéndose del lado de aquel que ejerce la ley del más fuerte. La verdad es cada vez más irrelevante para sustentar el discurso político. No hace falta que los hechos se correspondan con la verdad. Basta con que sean presentados como verdad, de una forma cada vez más hipócrita. Esto es lo realmente preocupante. Si la verdad deja de ser un fundamento para la convivencia, entonces estamos minando no solo los cimientos de la democracia, estamos minando los cimientos de la civilización.

Porque la verdad es un asidero al que agarrarse para empezar a orientarte.

Claro. Parecía que lo único que nos quedaba ya era la ciencia. Si dejamos de lado la religión, las tradiciones, todas estas fuerzas colectivas que más o menos sustentaban y daban cohesión a la sociedad, parecía que nos agarrábamos únicamente a la ciencia. A la ciencia como algo que sirve a la verdad. Pero ya estamos dispuestos a entrar en ese juego de que la verdad no tiene ninguna relevancia ni siquiera a nivel científico. Lo hemos visto durante la pandemia también. ¡Cuántas cuantas cosas se han hecho de espaldas a la ciencia y en nombre de la ciencia precisamente! La pérdida del respeto por la verdad es ya el último paso para acabar con la sociedad como un conjunto de personas organizadas para poder vivir de manera sostenible.

¿Y entre lo importante que se esfuma está también el proyecto europeísta?

Soy de las personas que ha estado ya desde hace dos décadas criticando el proyecto europeo, cuando era tabú incluso ponerlo en tela de juicio. Antes de la crisis de 2008 y de 2010. Para mí esta Europa que viene construyéndose desde el Tratado de Roma es un organismo supranacional que trata de convertir en un poder de iure a un poder de facto que pertenece a determinada élite económica. No me identifico con esa Europa. Creo que nos merecemos algo mucho mejor. Y en los últimos tiempos hemos visto cómo esa Europa se ha alineado totalmente con los intereses del anglosionismo, por llamarlo de alguna forma. Vimos cómo ha estado dejando mancillar los propios intereses, la dignidad de Europa y de los pueblos europeos. Cómo hemos dejado que nos vuelen los gasoductos. Después, cómo estamos suscribiendo todas las operaciones militares que organizan estos lobbies. En fin, cómo estamos además asistiendo y sirviendo de manera lacaya a los intereses de esta hegemonía que se está derrumbando y, a la vez, arrastrando a Europa a un aislamiento frente a otras dinámicas que se están dando en el mundo. Estamos al servicio de un sistema que no sólo es que esté ya fracasado y que sea inmoral en muchos sentidos, es que nos está arrastrando también a ese fracaso.

Dice que el futuro nunca está escrito, pero parece que vamos hacia tiempos negros. ¿Cómo reconducir todo este nuevo desorden internacional?

El futuro lo vamos condicionando con nuestras acciones o con nuestras omisiones. Creo que lo único que puede garantizar un futuro mejor, para que no sea el mero efecto de la coacción y la mentira, es que cobremos conciencia y desarrollemos acción. Conciencia y organización para poder actuar. Tenemos que seguir cultivando la conciencia. No dejarnos engañar por los discursos sesgados. Relacionarnos con personas que realmente puedan darnos buena opinión, información y análisis de la realidad. E intentar ser valientes y organizarnos para poder cambiar las cosas que estén a nuestro alcance. Y empezar poco a poco.

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