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¿Por qué tantos canarios acabaron luchando en Flandes?

La leva de 1694 fue el caso más extremo de un sistema que durante décadas envió reclutas canarios a guerras lejanas

Vista del puerto de Amberes, de Jan Baptist Bonnecroy. La obra ilustra el mundo portuario de los Países Bajos españoles en el siglo XVII.

Vista del puerto de Amberes, de Jan Baptist Bonnecroy. La obra ilustra el mundo portuario de los Países Bajos españoles en el siglo XVII. / LP/DLP

Héctor Rosales

Héctor Rosales

Las Palmas de Gran Canaria

Los reclutas canarios llegaron a Flandes ya derrotados. Antes de entrar en combate habían quedado varados en Inglaterra, donde pasaron hambre y enfermaron. Sin dinero ni barco para seguir a Ostende, algunos murieron, otros huyeron y, entre los que lograron llegar, más de 200 estaban enfermos. El gobernador de Ostende no exageraba al decir que aquello era «la cosa más lastimosa y más vergonzosa» que había visto.

La expedición de 1694, en plena guerra de los Nueve Años, no fue una excepción, sino parte de una rutina que marcó buena parte del siglo XVII. Ya en 1639 habían salido de las islas unos mil canarios rumbo a Flandes. Canarias no aportó tanto como otros territorios, pero sí mucho para un lugar tan frágil. De las islas salieron miles de reclutas hacia distintos destinos, con Flandes entre los principales. En conjunto, la Corona proyectó reclutar unos 10.200 hombres, aunque apenas logró movilizar algo más de la mitad.

No parece tener mucho sentido ir a buscarlos precisamente allí, cuando el archipiélago seguía expuesto tras décadas de ataques de corsarios y piratas. Pero la decisión tenía su lógica, como explica el historiador Antonio José Rodríguez Hernández.

Una vez embarcados, Flandes no quedaba tan lejos como hoy podría parecer. Siguiendo las corrientes atlánticas, apenas suponía unas semanas más que la Península. Más importante que el destino era ponerlos en marcha. También pesaba una idea muy extendida en la época: que un soldado rendía mejor cuanto más lejos combatía de su casa. Menos ataduras y menos motivos para volver. Pero, sobre todo, estaba la necesidad. A medida que avanzaba el siglo XVII, la Corona encontraba cada vez más dificultades para sacar reclutas de los lugares de siempre y acabó buscándolos en los márgenes.

Fotografía del Puerto de la Luz a comienzos del siglo XX.

Fotografía histórica del Puerto de la Luz. / Fedac

Reclutar en la crisis

En Canarias, las levas crecían cuando empeoraban las condiciones de vida. Las malas cosechas, las crisis y la penuria empujaban a muchos a alistarse. Al menos aseguraban el sustento y, quizá, la posibilidad de abrirse camino. A finales de siglo la situación empeoró por la crisis del vino, la caída de las exportaciones y las plagas de langosta. En la guerra les esperaba la escasez, igual que en casa.

Por lo general, en Canarias las levas no eran forzosas. Las islas eran un enclave demasiado valioso como para vaciarlas o tensar en exceso a su población. No parecía prudente provocar descontento en un lugar donde una carta podía tardar hasta 85 días en llegar, a cambio de apenas unos cientos de hombres más. Por eso el reclutamiento fue, en su mayor parte, voluntario y muy condicionado por las circunstancias. La gran excepción llegó en 1654-1655, cuando la presión se endureció, hubo apresamientos, quejas y huidas al monte.

La distancia se sumaba a la mala organización. Las órdenes tardaban semanas en ir y venir. Faltaban barcos, armas y ropa, y sobre todo dinero. Algunas expediciones salieron en mercantes extranjeros; otras llegaron con soldados mal vestidos o incluso desnudos.

El desastre de 1694

Aquella expedición de 1694 fue el caso más extremo. Reunió casi todos los fallos del sistema y los llevó al límite. Se reclutó con relativa rapidez, favorecida por la crisis de las islas, pero el transporte volvió a mostrar toda su debilidad. Una primera parte de la leva se reunió en apenas 80 días, pero tres mercantes ingleses se hundieron antes de partir y dejaron a varias compañías en tierra. Los que sí embarcaron salieron rumbo a The Downs, en la costa inglesa, en un viaje muy duro. Comían dos arenques diarios y algo de bizcocho rancio.

Cuando desembarcaron en Inglaterra, más de uno prefirió no haber probado arenque. Nadie había resuelto cómo llevarlos a Ostende. Quedaron varados en un país cuyo idioma no entendían, sin dinero ni asistencia. El embajador en Londres, al que se avisó a última hora, poco podía hacer por ayudarles. Ante aquel abandono, cada uno sobrevivió como pudo. Durante meses malvivieron en una casa del puerto, sostenidos precariamente por un mercader inglés. Algunos vendieron el uniforme y hasta la espada para comer, y otros se alistaron en el ejército inglés.

Cuando los supervivientes llegaron a Ostende, ya no eran un refuerzo. Eran 377 soldados en seis compañías, después de que 56 murieran o desertaran en Inglaterra. Más de 200 estaban enfermos y entre ellos había 80 muchachos de entre 12 y 16 años, demasiado jóvenes para ser útiles. Lo que desembarcó allí era, más bien, otro problema.

En Madrid hubo malestar por la gestión del gobernador de Canarias, aunque al final buena parte de la culpa recayó sobre los mercaderes ingleses, que no cumplieron lo pactado con el transporte. Pero el desastre de 1694 dejó al descubierto los límites reales de la Corona para sostener un reclutamiento tan lejano y precario. Las levas canarias hacia Flandes se extinguieron antes de acabar el siglo.

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