Luz María Sanz Masedo, directora de la Fundación Vicente Ferrer: «152 millones de niños trabajan y 73 millones lo hacen en condiciones peligrosas»
En el Día Mundial contra la Esclavitud Infantil, el Cabildo de Gran Canaria acoge hoy un acto con la dirigente de la organización para visibilizar la explotación infantil y poner el foco en una realidad que sigue afectando a millones de menores en todo el mundo y que requiere mayor concienciación social

Luz María Sanz en una de las escuelas que la Fundación Vicente Ferrer impulsa. / Niri Shrestha

En algunos lugares del mundo, la infancia no transcurre entre aulas, juegos y rutinas cotidianas, sino entre trabajo, pobreza y una vulnerabilidad que empieza demasiado pronto. A las puertas del Día Mundial contra la Esclavitud Infantil, la directora de la Fundación Vicente Ferrer, Luz María Sanz Masedo, pone cifras y contexto a una realidad que, lejos de haber desaparecido, sigue afectando a millones de menores en todo el planeta. Para ella, no se trata solo de denunciar una injusticia, sino de recordar que la protección de la infancia sigue siendo una tarea pendiente a escala global.
En este contexto, Sanz Masedo participa hoy en un acto organizado por el Cabildo de Gran Canaria con motivo de esta jornada, una iniciativa centrada en sensibilizar a la ciudadanía y dar visibilidad a esta problemática mundial. «Todo el mundo puede poner esa semilla que haga posible el cambio», afirma, en relación con la importancia de implicar a la sociedad en la erradicación de la explotación infantil.

Luz María Sanz Masedo, directora de la Fundación Vicente Ferrer. / Niri Shrestha
Cifras de explotasión infantil
«Hay más de 152 millones de niños que trabajan y 73 millones lo hacen en tareas peligrosas», explica. A esas cifras añade otras que, en sus palabras, «ponen los pelos de punta»: más de 12 millones de niñas son forzadas a matrimonios y 350 millones de menores viven en situación de pobreza.
La responsable de la fundación subraya además que muchos niños quedan atrapados también por los conflictos bélicos, la discapacidad o la exclusión educativa. «No podemos mirar hacia otro lado», advierte, al resumir un escenario en el que la infancia, lejos de ser una etapa protegida, queda expuesta a formas muy distintas de explotación y desamparo.
Labores en diversos países
Desde hace más de 56 años, la Fundación Vicente Ferrer trabaja sobre el terreno, principalmente en India, aunque en los últimos años ha extendido su labor a países como Nepal, Mozambique, Sri Lanka, Filipinas o Palestina. Ese trabajo, insiste la directora de la fundación, no puede limitarse a combatir solo la consecuencia final del problema. «No es solo actuar contra la esclavitud infantil, es trabajo de cooperación de desarrollo», resume.
Ahí sitúa el enfoque de la entidad: intervenir sobre las causas que empujan a tantos menores a abandonar la escuela, entrar en el mercado laboral o quedar atrapados en dinámicas de violencia y pobreza estructural.

Luz María Sanz Masedo, directora de la Fundación Vicente Ferrer / Niri Shrestha
La educación aparece en ese mapa como una herramienta decisiva. En contextos de pobreza extrema, explica, la falta de acceso a los colegios no es un problema aislado, sino la puerta de entrada a otras formas de exclusión. Por eso, la fundación centra buena parte de sus esfuerzos en garantizar entornos seguros, apoyo nutricional, seguimiento sanitario y acceso continuado a la enseñanza.
Sobre el acto en el Cabildo de Gran Canaria
Uno de los ejemplos que llevará hoy al acto organizado por el Cabildo de Gran Canaria es el de los hornos de ladrillo en Nepal. Allí, explica, miles de familias migran por temporadas para trabajar en condiciones muy duras. «Hay unas 759 fábricas y alrededor de 200.000 personas trabajan en ellas cada año, de las que un 16% son menores», detalla.
El pago por producción y las largas jornadas hacen que muchas familias recurran también a sus hijos para intentar llegar a un número mínimo de ladrillos fabricados. El resultado es que los menores dejan de estudiar, pasan más tiempo en un entorno insaluble y ven interrumpida su niñez. «Están expuestos al humo tóxico» y a una rutina que compromete su salud y desarrollo, señala.
Frente a esa realidad, la fundación impulsa centros de preescolar y espacios de apoyo para niños de distintas edades. No se trata solo de apartarlos físicamente del horno, sino de sostener un vínculo con la educación para que no se rompa por completo cuando la familia migra.

Luz María Sanz en una de las escuelas que la Fundación Vicente Ferrer impulsa. / Niri Shrestha
Ser niña, un riesgo añadido
La situación de las niñas requiere, además, una atención específica. «Siempre tienen una situación de mayor vulnerabilidad», afirma Sanz Masedo. En muchos contextos, el peso de la tradición, la desigualdad o la pobreza coloca a las menores en una posición todavía más frágil, ya sea por el riesgo de abandono escolar, por los matrimonios forzosos o por la violencia. «Muchas veces se intenta casarlas cuanto antes», explica. Para combatir esa realidad, la fundación trabaja con asociaciones de mujeres, familias y comunidades, intentando retrasar o impedir esos matrimonios y favorecer que las niñas sigan estudiando.
Entre las medidas que mejor simbolizan ese enfoque menciona la entrega de bicicletas para facilitar el acceso de las adolescentes a la educación secundaria. «Para nosotros es algo cotidiano, pero para ellas es una oportunidad de futuro», resume. En muchos casos, la escuela está a horas de distancia y el trayecto, además de largo, puede ser inseguro. Reducir ese tiempo y ofrecer una forma de desplazamiento más rápida y segura tiene efectos directos sobre la permanencia en el sistema educativo.

Luz María Sanz Masedo, directora de la Fundación Vicente Ferrer. / La Provincia
Una realidad más cercana de lo que creemos
Con ese bagaje, Sanz Masedo participará hoy en el acto del cabildo. Para ella, este tipo de encuentros son fundamentales para que la ciudadanía no perciba estas realidades como algo lejano o ajeno. «Nuestro deber como humanidad es ayudarnos mutuamente», sostiene. Y añade que cualquier persona puede contribuir, aunque sea desde lejos, empezando por interesarse, informarse y no normalizar estas cifras.
«Todo el mundo puede poner esa semilla que haga posible el cambio», afirma. La fundación cumple este año 30 años de trabajo en España y, según su directora, ese recorrido demuestra que la implicación social sí deja huella: «Hemos visto que se están consiguiendo muchas cosas». Proteger la infancia, concluye, no es solo preservar derechos básicos, sino también «su derecho a jugar, a soñar».
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