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Laura Fernández, madre de Lucía, víctima de acoso escolar en Canarias: «No tiene nombre cuando se te muere un hijo»

El relato de una familia en Canarias tras la muerte de una menor y los datos de la Fundación ANAR reflejan cómo la violencia entre estudiantes continúa presente y se transforma con el uso de nuevas tecnologías

Ilustración de una menor que sufre acoso escolar.

Ilustración de una menor que sufre acoso escolar. / Adae Santana

María Alfonso Rodríguez

María Alfonso Rodríguez

Las Palmas de Gran Canaria

Lucía tenía 12 años cuando escribió tres líneas y decidió que no podía seguir. «Literalmente ponía: no aguanto más las burlas», recuerda su madre, Laura Fernández, presidenta de la asociación Rompe el Silencio Canarias. Desde entonces, su vida y la de su familia quedó atravesada por una ausencia que no tiene nombre. «Si se te muere un marido, eres viuda; si se te mueren tus padres, eres huérfana. Pero si se te muere un hijo… no tiene nombre», comparte.

La historia de Lucía no empezó ese día. Venía de mucho antes, de insultos, aislamiento y acoso continuado que se trasladó también al entorno digital. Laura explica que su hija, con autismo y un grado de discapacidad del 46%, «tenía un perfil vulnerable» y que fue utilizada por otros menores que lograron su número de teléfono para intensificar el hostigamiento. «Se encerró en sí misma», relata.

Dos días antes de su muerte, la niña verbalizó que la estaban molestando, pero no fue suficiente para activar una respuesta eficaz. El día de los hechos, tras un episodio en el que se vio rodeada por otros alumnos, regresó a casa y tomó la decisión final. «El forense determina que murió entre las 14.19 y las 14.39. Fue una casualidad de 20 minutos en los que no había nadie en casa», explica su madre con impotencia.

Lucía, víctima de acoso escolar.

Lucía, víctima de acoso escolar. / La Provincia

El impacto que queda en las familias

Desde entonces, Laura vive entre días «buenos, malos y horribles», aunque insiste en que el acoso «arruina familias» incluso cuando no se llega a un desenlace fatal. «Diariamente, me vienen madres rotas porque tienen a sus hijos rotos», afirma. La asociación que preside nació precisamente tras la muerte de Lucía, impulsada por otras familias y por el apoyo social recibido en una marcha multitudinaria. «No quiero ni uno más», repite como un mantra que ahora se ha convertido en motor de acción.

Mientras tanto, los datos confirman que el problema sigue presente. Según Diana Díaz, directora de las Líneas de Ayuda ANAR, el 12,3% de los estudiantes afirma que él o algún compañero sufre acoso escolar, un aumento respecto al 9,4% del año anterior. «Estamos viendo cómo crece el fenómeno y aparecen nuevos escenarios», explica, en referencia al impacto de la tecnología.

Oficinas de ANAR.

Oficinas de ANAR. / La Provincia

La tecnología cambia el escenario

El ciberacoso ha incorporado herramientas como la inteligencia artificial, presente en el 14,2% de los casos, utilizada para manipular imágenes, crear vídeos falsos o suplantar identidades. A esto se suma el incremento de la violencia física, que alcanza el 30,9%. «No solo hablamos de insultos o aislamiento, también de golpes o patadas», advierte Díaz.

El problema, además, aparece cada vez antes. «Entre los 11 y 12 años ya es un punto muy fuerte», señala la experta, que insiste en la necesidad de actuar en edades tempranas y revisar el uso de dispositivos digitales. «No hay un desarrollo neurológico suficiente para gestionar adecuadamente esos entornos», subraya.

El silencio que retrasa la ayuda

Desde ANAR también alertan del tiempo que tardan los menores en pedir ayuda. «Puede pasar hasta 13 meses», explica Díaz, lo que implica que muchas víctimas arrastran la situación durante más de un curso escolar. Por eso, insiste en la importancia de detectar señales de forma precoz y de que tanto familias como centros actúen con rapidez.

En esa misma línea, Laura denuncia que muchas veces el problema no es solo el acoso en sí, sino la respuesta institucional. «La mayoría de las llamadas que recibimos son porque no les han abierto el protocolo», afirma. La asociación recibe consultas constantes, especialmente tras periodos vacacionales, y muchas comparten un patrón: miedo, ansiedad y rechazo a acudir al centro educativo.

La madre de Lucía también pone el foco en los agresores y su entorno. «Cuando son muy pequeños, muchas veces hay algo detrás, en casa», señala, convencida de que la violencia no surge de la nada. Por eso defiende abordar el problema desde todos los ángulos, incluyendo la prevención y la intervención familiar.

Lucía, víctima de acoso escolar.

Lucía, víctima de acoso escolar. / La Provincia

Recogida de firmas

En paralelo, la asociación ha impulsado iniciativas como una recogida de firmas para promover una ley contra el acoso escolar y la prevención del suicidio infantojuvenil. «Necesitamos 500.000 firmas», explica, consciente del reto que supone. También han logrado que se impulse una unidad específica de violencia escolar en el Puerto de la Cruz.

Pese al dolor, Laura insiste en hablar abiertamente del suicidio como herramienta de prevención es algo fundamental. «Hablar salva vidas», sostiene, rechazando la idea de que hacerlo genere un efecto de contagio o llamada. Su objetivo, ahora, es que la historia de su hija sirva para evitar otras.

«Las acciones crean reacciones», cuenta. Y en su caso, cada palabra, cada charla y cada iniciativa forman parte de una misma lucha: que ninguna otra familia tenga que aprender, como ella, que hay pérdidas que no tienen nombre e historias que, con acción y escucha activa a nuestros menores por parte de la sociedad, podrían haber sido salvadas.

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