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El viaje de ida y vuelta de la estética cosmonauta
El traje espacial ha pasado de ser solo un instrumento de supervivencia a inspiración para modistas y, en la actualidad, a reflejar las líneas técnico-deportivas de la moda

La actriz Zendaya en la presentación de ‘Dune: Parte Dos (2024). / La Provincia / El Día
luis alberto fernández gonzález
El 20 de julio de 1969, cuando Neil Armstrong, comandante de la misión Apolo 11 de la NASA, descendió sobre la superficie lunar ataviado con un singular y robusto traje blanco, que recordaba en apariencia a una armadura medieval o incluso a un traje de buceo del siglo XIX, se presentó ante millones de telespectadores la que quizá fuera la prenda más sofisticada jamás concebida hasta ese momento: el traje espacial.
Aquel instante culminaba una década prodigiosa iniciada con el vuelo orbital de Yuri Gagarin (1961) y continuada por el paseo espacial de Alexei Leonov, mientras su compañero de tripulación, Pavel Belyayev, le esperaba en la nave (1965).
Más de medio siglo después, el renovado entusiasmo suscitado por los astronautas de la misión Artemis II, invita a volver la mirada hacia a una indumentaria que sintetiza siglos de evolución en las formas con las que el ser humano se protege y se adapta; una historia en la que cada costura, cada material y cada innovación han sido pensados no solo para sobrevivir, sino para hacer posible lo imposible.
El traje espacial no surgió para mostrar ningún estatus o pertenencia social, sino ante una necesidad extrema: proteger a los astronautas de los peligros de las misiones que se les encomendaban. Los primeros prototipos se desarrollaron a principios de los 30s (Yevgeny Chertovsky, Emilio Herrera...) y a partir de estos precedentes, se desarrollaron diseños más sofisticados como el SK-1 (1961) y los empleados en el programa Mercury (1958-1963), inspirados en los trajes presurizados que usaban los pilotos de la Armada de los Estados Unidos. Más avanzados fueron los que se utilizaron en Gemini (1965-1966) y en la ya citada Apolo 11 (sistemas híbridos prenda-máquina).
Como informa la NASA, la exploración espacial suele incluir dos tipos de trajes: el que se usa en el interior de la nave durante el lanzamiento y ascenso al espacio, y de nuevo en el regreso a la Tierra (es el de color naranja brillante llamado Sistema de Supervivencia de la Tripulación, fácilmente visible y resistente al fuego); y el ideado para las caminatas espaciales (extravehicular), formado por la prenda presurizada y el sistema de soporte vital.
La prenda presurizada (con forma humana) permite la movilidad y protege el cuerpo de la radiación, el polvo, los escombros y las temperaturas extremas. Está formada por la estructura de refrigeración hecha con un material tipo spandex, que lleva tejidos más de noventa metros de tubos de agua por todo el cuerpo (excepto cabeza, manos y pies) para regular la temperatura corporal; el torso superior rígido (a modo de camiseta sin mangas) que conecta el interior del traje con el sistema de soporte vital, y va unido a la cubrición de los brazos, y esta, a su vez, a los guantes; por último, los pantalones y las botas.
Un cierre metálico de sellado conecta el torso superior con las extremidades inferiores y el soporte de cintura es el que permite al astronauta moverse y girar. Las partes flexibles del traje están confeccionadas con más de una decena de capas de diferentes materiales y tejidos para mantener el oxígeno dentro del traje y protegerlo del polvo espacial. La capa exterior blanca refleja el calor de la luz solar y esta hecha de una tela que combina tres tipos de hilos: dos de ellos, muy resistentes al agua y al fuego, y el otro es el mismo con el que se fabrican los chalecos antibalas. En la parte posterior del traje hay una mochila que contiene los suministros y el equipo necesarios para que todo funcione correctamente. El casco diseñado para las caminatas espaciales está fabricado con un plástico muy duro. En este punto, surge una pregunta: ¿cómo influyó la carrera espacial en las tendencias de moda?
La década de los 60s se erigió en un auténtico laboratorio estético, impregnado de una fe casi utópica en el porvenir, en el que la moda asumió un papel privilegiado como medio de interpretación simbólica de los avances aeroespaciales. Como señala Juan Gutiérrez, responsable de los fondos de moda contemporánea del Museo del Traje de Madrid: «con los diseñadores de la Space Age puede decirse que la realidad superó a la ficción».
En efecto, creadores como André Courrèges con su original colección Moon Girl (1964) y Pierre Cardin con Cosmocorps, presentada ese mismo año y fruto de su interés por la exploración espacial que lo llevaría a viajar a Houston en 1969 para documentarse de primera mano; Paco Rabanne, autor del vanguardista vestuario para la película Barbarella (Roger Vadim, 1967); Hardy Amies, diseñador de los trajes de 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968); y otras figuras como Rudi Gernreich y Emanuel Ungaro, articularon una nueva gramática visual de fuerte vocación futurista. Esta estética «cosmonauta» nutrida de imaginarios intergalácticos, visible también en algún traje pantalón de finales de los 60s de la catalana Carmen Mir, supuso una definitiva ruptura con los códigos tradicionales de la moda al propiciar la incorporación de materiales inéditos hasta la fecha:poliamidas como el nylon, poliésteres, poliuretanos o PVC (policloruro de vinilo), que hicieron posible la experimentación con superficies reflectantes, estructuras rígidas y geometrías depuradas.
A lo largo de las décadas posteriores, el diálogo entre moda y cosmos ha persistido como una fuente inagotable de inspiración: ¿quién no recuerda a la modelo Emma Sjöberg enfundada en un traje robótico de Thierry Mugler en el videoclip de Too Funky de George Michael (1992), a Zendaya en la premiere mundial de Dune: Parte Dos (Denis Villeneuve, 2024), o los vestidos «platillo volante» de Issey Miyake? A estos ejemplos hay que sumar las investigaciones formales y tecnológicas de Alexander McQueen, Hussein Chalayan, Nicolas Ghesquière, Christopher Kane, Iris van Herpen...
Esta fascinación se ha materializado también en gestos explícitos: Karl Lagerfeld escenificó para Chanel un espectáculo espacial para su desfile O/I del 2017, coronado por el lanzamiento de un cohete en plena pasarela; ese mismo año, Vivienne Tam empleó logos de la NASA en sus creaciones. No olvidemos, por favor, los increíbles vestuarios creados para notables películas de ciencia ficción como las sagas de Star Trek o Star Wars.
Sin embargo, en un giro revelador, la influencia parece haberse invertido. Si en los 60s los modistas dirigían su atención hacia la industria aeroespacial, la vestimenta espacial actual, con sus líneas depuradas y su estética técnico-deportiva, incorpora referencias de la moda contemporánea. Este cambio no altera su condición estructural, que consiste en responder a una antigua necesidad: hacer habitable lo que, en principio, no lo es. Hoy, estas prendas emplean materiales de última generación; mañana, llegarán otros aún más complejos. Pablo de León, director del Laboratorio de Trajes Espaciales de la Universidad de North Dakota, menciona, por ejemplo, los nuevos prototipos hechos con impresión 3D. Y en ese diálogo continuo entre técnica y experiencia humana, entre innovación y memoria, se revela algo más profundo que la ingeniería: la voluntad persistente de no detenernos y de seguir avanzando allí donde el mundo parece terminar.
Luis Alberto Fernández González es doctor en Historia del Arte y experto en moda.
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