Marruecos se consolida como un territorio de acogida para personas migrantes
El país norteafricano ha pasado de ser un territorio de tránsito en la ruta migratoria hacia Europa a consolidarse como un espacio de asentamiento para personas procedentes de África subsahariana. Impulsados por las dificultades para alcanzar el continente europeo, muchos migrantes terminan reconfigurando su proyecto migratorio

Explotación de hortalizas en Marruecos, en una imagen de archivo. / EFE

Marruecos ha dejado de ser exclusivamente un país de tránsito para consolidarse también como territorio de destino y acogida de población migrante. Aunque para muchos sigue siendo una etapa previa en la ruta hacia Europa - con Canarias como una de las principales puertas de entrada-, cada vez son más quienes optan por establecerse en el país norteafricano. En este escenario, España - y en particular el Archipiélago - actúa como frontera sur de la Unión Europea (UE), con una estrecha relación geográfica y política con Rabat. Si bien Marruecos ha estado tradicionalmente marcado por factores de expulsión, como el desempleo juvenil, en los últimos años ha ofrecido oportunidades laborales a personas procedentes de África subsahariana. Muchos de estos migrantes se han integrado en sectores como el primario, donde su mano de obra ha contribuido a sostener y dinamizar la actividad agrícola en distintas regiones del país.
La creciente escasez de mano de obra, unida al endurecimiento de las políticas migratorias en la Unión Europea, ha reforzado esta tendencia y ha reconfigurado las rutas migratorias en la región. Las mayores dificultades para acceder a territorio europeo, junto con el aumento de los controles fronterizos, han llevado a muchos migrantes a replantearse su proyecto migratorio y a optar por permanecer en países intermedios como Marruecos. En este contexto, la estrategia migratoria impulsada por Rabat ha contribuido a favorecer procesos de regularización e integración, especialmente en sectores claves como el agrícola.
Así, un número creciente de personas procedentes del África subsahariana —en muchos casos originarias de países como Senegal, Costa de Marfil o Togo— ha encontrado en Marruecos una oportunidad laboral que ha terminado por transformar su destino inicial. Aunque su intención era continuar hacia Europa, la disponibilidad de empleo en el campo marroquí ha llevado a muchos a asentarse de forma más estable, consolidando al país no solo como zona de paso, sino también como lugar de residencia y trabajo.
Un sector que se revitaliza
Desde el transporte de cosechas en camiones hasta el trabajo en invernaderos de plástico que abastecen de frutas y hortalizas a grandes cadenas de distribución en Europa y África occidental. Esta realidad se observa con especial claridad en regiones como Souss Massa, situada al sur de Agadir, donde la presencia de trabajadores subsaharianos ha ido en aumento en los últimos años. En este territorio, muchos de estos migrantes han pasado a ocupar empleos que antes quedaban vacantes, evitando así la paralización de parte de la actividad agrícola. El progresivo envejecimiento de la mano de obra local ha favorecido este relevo, de modo que los trabajadores subsaharianos se han convertido en una pieza clave para sostener la producción en el sector primario.
Canarias ya había puesto el foco en esta región marroquí. De hecho, una delegación de Souss Massa visitó recientemente las Islas como continuidad a la misión institucional impulsada por el presidente Fernando Clavijo hace tres meses, en la que se suscribieron diez acuerdos de colaboración en ámbitos como la conectividad, el comercio, el turismo, la innovación, la agricultura y la cooperación académica.
En este sentido, Marruecos ha experimentado una evolución económica que lo convierte cada vez más en un polo de atracción para trabajadores de África occidental. Este cambio se refleja también en su propio mercado laboral: si en generaciones anteriores uno de cada dos marroquíes trabajaba en la agricultura, hoy esa proporción se ha reducido a uno de cada cuatro. Detrás de esta transformación se encuentra, en gran medida, el éxodo rural, que ha desplazado a la población local hacia las ciudades y ha dejado vacantes que están siendo cubiertas por mano de obra migrante.
Las condiciones laborales
Antes de alcanzar Canarias a través de la ruta atlántica —considerada una de las más letales del mundo—, Cheick Sene pasó varios años en Marruecos. Salió de Senegal y la búsqueda de empleo, relata, "no fue fácil", pero finalmente logró trabajar en una explotación de tomates, donde se encargaba de la sala de irrigación, controlando el sistema que abastecía de agua a las plantaciones. Permaneció en ese puesto durante dos años y medio, dentro de una estancia total de unos tres años en el país norteafricano. "Trabajaba ocho o nueve horas, según el día", recuerda.
Junto a Cheick trabajaban personas procedentes de Guinea Conakry, Guinea Bissau, Gambia, Mali y también de Mauritania. "Estábamos bien en Marruecos, pero en el trabajo no pagaban bien", explica. Las jornadas, según relata, se alargaban en ocasiones más de lo establecido y las condiciones laborales no siempre respetaban los derechos de los trabajadores. Fue precisamente esa situación la que terminó empujándolo a dar el salto a España en busca de "mejorar la vida laboral".
Más allá de los bajos salarios, Cheick denuncia la precariedad generalizada en el empleo: "Hay empresas que no te dan ni contrato ni seguridad social. O también te pueden contratar, haces tu trabajo y un día te echan sin ningún derecho". En ese contexto, explica, quedarse en Marruecos implicaba renunciar "a cumplir muchas cosas" y aceptar unas condiciones laborales que consideraba insuficientes.
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