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Un país de contrastes

Perú: un ‘ceviche’ de sensaciones

A partir de su doble capitalidad, entre la Lima actual y el Cuzco prehispánico, el país se abre a máximos contrastes de patrimonio cultural y natural

Un niño de un poblado peruano posa ante la cámara del viajero.

Un niño de un poblado peruano posa ante la cámara del viajero. / Antonio Puente

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Antonio Puente

«Me desvinculo del mar cuando vienen a mí las aguas». El sugerente verso de César Vallejo adquiere un sentido casi literal en el Perú de su nacimiento, el único país suramericano cuya capital mira hacia el océano Pacífico, y que, o bien se alonga sobre la escarpa de curiosos acantilados urbanos, como en Miraflores, uno de los barrios de mayor solera de Lima, o bien sus aguas rompen junto al desierto, como en las próximas localidades de Paracas e Ica.

La duplicidad de sus vistosas capitales, la Lima fundada por Francisco de Pizarro, en 1535, y el altísimo valle de Cuzco, que lo fue durante el imperio Inca, es solo el preámbulo de los ricos contrastes del país, un ceviche (que proviene del latino civus, alimento) para los sentidos. Junto al totémico Machu Picchu, los cascos históricos de ambas ciudades completan sus más difundidas señas de identidad, en una abundante relación de puntos de Patrimonio de la Humanidad, tanto naturales como culturales. Las imponentes plazas de Armas de ambas ciudades, cuyas catedrales fueron construidas sobre estructuras de la arquitectura inca, son como un mágico reclamo de sus bifurcaciones. Así, por ejemplo, partiendo de Lima, se suceden los monumentos históricos, el mar, el desierto, la hondonada… y desde Cuzco, surten, al otro extremo, los monumentos indígenas, los ríos caudalosos, la selva, la cordillera…

La cordillera andina, vista desde el Valle Sagrado;

La impresionante ingeniería prehispánica de las Salinas de Maras / Antonio Puente

Antes o después de hacer el viaje en esa doble dirección, en Lima es de visita obligada el pintoresco barrio de Barranco, colindante a Miraflores. Con aroma de salitre, murales callejeros y casonas de colores encendidos con balcones de madera, es un distrito bohemio, cuajado de acogedores restaurantes y tiendas de artesanía y galerías de arte independientes, además de museos y monumentos emblemáticos para uso de los viandantes, como el Puente de los Suspiros o el Parque Municipal, enmarcado con esculturas de mármol. Luego, a la salida de la capital por la Panamericana Sur, rumbo a Ica, pronto aparecerá el mágico contraste de arenas del desierto bordeando el mar. Será una constante hasta cubrir los 250 kilómetros, para dar con esa región vitivinícola, donde es de rigor descender, a la caída de la tarde, al desierto costeño, de pronunciadas dunas, algunas de hasta 200 metros de altitud, en torno a la gran laguna de Huacachina, en el único oasis natural que continúa poblado en América del sur y al que se puede acceder en un 4x4. Su cercanía a la ciudad, apenas a cinco kilómetros, le da animación, además de que, en un paisaje de veras telúrico, se ofrecen servicios de cena-picnic para grupos, en espacios de jaimas personalizadas.

El Machu Picchu y los cascos históricos de Lima y Cuzco, con abundantes puntos de Patrimonio de la Humanidad tanto naturales como culturales, completan sus señas de identidad

Para la siguiente jornada, aguarda la Reserva Nacional de Paracas, una zona protegida donde se juntan desierto y mar, y se puede avistar abundante fauna marina, como flamencos, entre otras aves, y colonias de lobos marinos. Lo recomendable es recorrer en bote los poblados farallones de las islas Ballestas, de una gran diversidad de especies, como pingüinos de Humboldt, junto a pelícanos, piqueros y zarcillos, además de los ya citados. Gracias al zigzagueo de las lanchas, se ve la fauna de cerca, nadando o revoloteando junto a las rocas atestadas, y, de vuelta a la costa, se puede contemplar el extraño jeroglífico del llamado Candelabro de Paracas. Se trata, pues, de un ecosistema que aúna, como pocos en el planeta, mar y desierto, y, desde la Península de Paracas, al ser observado con cierta distancia, ofrece una panorámica espectacular de dunas y agua, con especial fijación en la misteriosa Playa Roja, de arenas realmente encarnadas junto al azul intenso.

En la Plaza de Armas de Cuzco se reitera, como observábamos, la superposición cultural, especialmente en la catedral, construida, incluso con parte de sus propios bloques, sobre un antiguo templo inca. La belleza de las empedradas calles, que conforman el valle bajo la cordillera andina, mitiga el mal de la altura (3.399 metros sobre el nivel del mar), sobre todo si se acompaña con la pertinente infusión de hojas de coca. Curiosamente, en el vistoso cuadro de la Última Cena, en la catedral, prevalece la rica gastronomía local, presidida por el cuy, cuya carne es muy preciada en la región.

Kléber, el guía a través del río Manu;

Kléber, el guía a través del río Manu; / Antonio Puente

Así como Lima es pródiga en monumentos coloniales, en Cuzco se combinan con importantes yacimientos prehispánicos. Es de rigor subirse a la fortaleza de Saqsayhuamán, una de las construcciones más importantes de la ingeniería inca, con descomunales bloques de piedra, ensamblados con asombrosa precisión quirúrgica. El lugar es famoso por las encarnizadas batallas entre indígenas y conquistadores españoles, cuando, hacia 1536, el líder político y militar Manco Inca Yupanqui intentó iniciar allí la reconquista del sitio de Cuzco, que le costaría la vida, de una pedrada en la cabeza, a Juan de Pizarro -colaborador de su hermano Francisco-, aunque el uso de precarias flechas frente a arcabuces y caballos, determinó que resultara una masacre para los indígenas. Antiguo lugar sagrado y observatorio astronómico, en su vasta explanada se siguen celebrando hoy día importantes ceremonias incas, como el Inti Raymi Festival, de adoración al dios Sol (Inti), cada 24 de junio.

una imagen típica de Coricancha, en el casco histórico de Cuzco.

una imagen típica de Coricancha, en el casco histórico de Cuzco. / Antonio Puente

Imprescindible es acercarse a las Salinas de Maras y las terrazas de cultivos agrícolas de Moray, dos monumentos de ingeniería primigenia radicados en el Valle Sagrado de los incas, a unos 50 kilómetros de Cuzco. Situados muy próximos el uno del otro, son -tras el Machu Picchu- los dos lugares más visitados del Perú.

Maras es, en efecto, un prodigio de ingeniería hidráulica, completamente artesanal, además de ofrecer un paisaje cargado de misterio, como de cráteres de algún planeta ignoto o pisadas de una vasta colonia de grandes animales prehistóricos. Datadas de tiempos anteriores a los incas, las salinas se recargan en centenares de pozas, a partir de un manantial subterráneo, que, tras la evaporación, dejan la sal depositada, en diversa calidad y colorido, destacando la famosa «sal rosada de Maras».

La cordillera andina, vista desde el Valle Sagrado

La cordillera andina, vista desde el Valle Sagrado / Antonio Puente

A unos siete kilómetros de allí, con denominación de origen más precisa y reciente, se extiende el sistema agrícola de las terrazas de Moray, uno de los legados más productivos y misteriosos de la civilización Inca, allá por el siglo XV. Seccionado en profundos círculos concéntricos, con una función de invernadero, la diversidad de microclimas generados por los distintos niveles de la construcción permitía experimentar con la mejora de los variados cultivos, principalmente el maíz, base de la alimentación andina, la quinoa y, sobre todo las papas, de las que hay en el país hasta 3.000 variedades.

Pero, así como lo propio de las inmediaciones de Lima es escorarse a la confluencia del mar y el desierto, lo de Cuzco es, señalábamos, llegarse hasta los ríos y selvas de la próxima Amazonía peruana, el segundo país en esa extensión, después de Brasil. En el primer acceso, el hermoso y muy protegido Parque Nacional de Manu, es una de las zonas con mayor biodiversidad del Planeta. Por las orillas de su río -uno de los principales afluentes del extenso Madre de Dios, el más largo y caudaloso del Amazonas peruano- los sonidos parecen verse y tocarse, mientras los colores se escuchan, entre los detenidos movimientos de gruesos caimanes y nutrias gigantes, además de la continuas bandadas y desbandadas de numerosas especies de aves, cuyo avistamiento comienza por vistosos guacamayos, águilas harpías y gallitos de las rocas, entre otros.

Una imagen típica de Coricancha, en el casco histórico de Cuzco.

Una imagen típica de Coricancha, en el casco histórico de Cuzco. / Antonio Puente

Del amanecer al anochecer van desfilando los más diversos microclimas, desde el frío de los Andes, que se vislumbran al alzar la cabeza, o el que llega del bosque entre neblinas, hasta el aire caliente y húmedo de la propia selva tropical. En los últimos lustros, han proliferado ecológicos lodges: hoteles rústicos de diseminadas cabañas, que ofrecen excursiones de avistamiento de aves y telúricas caminatas de amanecida o nocturnas.

La reserva del Manu es una de las más vírgenes y protegidas de Sudamérica. De cuando en cuando, se observan poblaciones de indígenas nómadas que viven en aislamiento voluntario, sin apenas contacto con los lugareños. Aunque son muy diversos los centenares de grupos que deambulan por la Amazonía peruana, los mayoritarios y más reconocidos, que vivaquean semidesnudos por la ribera, son los Mashco-Piro, que subsisten de la caza -sobre todo, monos, aves y pequeños mamíferos- la pesca y la recolección frutas, raíces y miel. Como no existe un censo oficial, es imposible calcular su número exacto, pero se calcula que son una población de 600 u 800. Las autoridades peruanas prohíben retratarlos, empleándose con ellos en una mezcla de respeto distante y de prevención sanitaria, persuadiéndoles de la necesidad de vacunación, ya que la proximidad a la sociedad integrada les hace extremadamente vulnerables a las enfermedades más leves y comunes, al carecer de defensas inmunológicas. «Incluso, un catarro les puede resultar mortal», comenta Kléber, nuestro simpático y avizor guía-barquero, por las aguas del Manu, mientras explica por qué huyen y huyen sin término, y nada quieren saber de nuestras costumbres. «No hablan el castellano, sino el arawak, una de las más de 40 lenguas que se hablan en la Amazonía peruana. A principios del siglo pasado hubo la llamada ‘fiebre del caucho’; sus antepasados padecieron por ella una explotación salvaje, conminados a realizar trabajos forzados en su producción. Llegaron muchos extranjeros y, con la connivencia de algunos locales, los esclavizaban, a familias enteras, ancianos y niños incluidos, que morían extenuadas. Quizás ellos creen que esa explotación continúa hoy, y viven como nómadas para borrar su rastro. Se aíslan para protegerse, pues, por las leyendas que se han transmitido de generación en generación, temen que les quieran echar el lazo, y por eso rehúyen acercarse».

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