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Análisis

El circo solidario y benévolo

Éxito en la operación de rescate de los pasajeros del MV Hondius y fractura entre el Gobierno central y el Ejecutivo canario

Éxito en la operación de rescate de los pasajeros del MV Hondius

Éxito en la operación de rescate de los pasajeros del MV Hondius / LP / ED

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Alfonso González Jerez

Alfonso González Jerez

El crucero MV Hondius entró lentamente en la línea de atraque del puerto de Granadilla. Hace media eternidad la instalación fue el icono del desarrollismo despótico de Coalición Canaria en Tenerife. Nadie recuerda muy bien por qué, exactamente, porque el puerto, aunque construido tardíamente y más pequeño que lo inicialmente proyectado, no supuso la destrucción caótica de ningún ecosistema. Ahora, todavía no integrado del todo en el sistema portuario insular, lucha por dejar de ser un monumento a la testarudez paralizante de defensores y detractores. A las seis y media aún no había amanecido, aunque la claridad ya amenazaba por el horizonte, mientras el navío, con una pinta ligeramente decadente, se detenía poco a poco hasta que pareció estremecerse y quedó inmóvil a unos veinticinco metros de tierra. La diferencia entre atracar y fondear, a esa distancia, es más bien retórica. Un helicóptero de la guardia civil comenzó a sobrevolar el puerto. Al cabo de pocos minutos se acercaron dos patrullas de la Benemérita y, a mayor distancia, una embarcación de Salvamento Marítimo. En la explanada, frente al atraque, ya esperaban medio centenar de periodistas. Los tres ministros (García, Marlaska y Torres) llegaron minutos después, ya bien desayunados, y acompañados por el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom. Se metieron en una carpa de la Guardia Civil y no se les volvió a escuchar durante mucho tiempo. Terminó de aclarar un día espléndido, tibio, luminoso y azul.

La noche había sido borrascosa. El presidente del Gobierno autónomo, Fernando Clavijo, había roto conversaciones con las autoridades del Gobierno central exasperado tanto por la falta de información como por las informaciones contradictorias. Aunque respetuoso con las competencias de cada cual, Clavijo había insistido en que su Gobierno debería, al menos, tener voz a la hora de tomar decisiones y acceder a toda la información. No fue así. Se sintió estafado por una deslealtad difícilmente comprensible. Mónica García lo admitía como figura silente y sonriente para la foto, pero no como interlocutor sobre la gestión. Así que Clavijo, a última hora de la tarde del sábado, comenzó a reflexionar si era conveniente continuar como convidado de piedra, en especial cuando desde la Secretaría de Estado de Comunicación comenzó una guerra de guerrillas contra la actitud (y más tarde la persona misma) del presidente canario. Se filtró, por ejemplo, que Clavijo había recibido sopotocientas llamadas y wasaps por parte de la ministra García y otros altos cargos del Gobierno central como prueba del enorme caudal de información y explicaciones que había recibido, cuando en su mayoría apenas tenían valor documental y eran o textos redundantes o señales de cortesía. La presión llevó al presidente a convocar una extemporánea rueda de prensa a las diez y media de la noche donde llegó a afirmar que el Gobierno autonómico no autorizaba que el Hondius fondeara en el puerto de Granadilla. El Gobierno autonómico no puede autorizar ni desautorizar tal cosa pero, sobre todo, en la política, como en la vida, está penalizado anunciar solemnemente una determinación inflexible si luego no puedes materializarla. ¿Qué podía hacer el Ejecutivo canario? ¿Mandar una falúa con policías autonómicos cabreados haciendo sonar bucios? Galvanizado por las damas y caballeros de la Secretaría de Estado el ecosistema de los medios progresistas de la madre patria -llamémosle así- empezó a crucificar y, peor aún, a intentar ridiculizar al jefe del Gobierno canario. Se articuló rápidamente un relato dual: en Granadilla se estaba ejerciendo una maravillosa y enaltecedora solidaridad gracias al machihembrado de sensibilidad progresista y ciencia de la buena, mientras que el Gobierno canario apostaba por el egoísmo, la difusión de bulos para asustar a la gente y la hechicería clavijista con pócimas de pelos de rata. Este choque marcará las relaciones entre Madrid y Canarias en lo que resta de legislatura. En lo que se refiere a las relaciones entre CC y PSOE tal vez, incluso, más allá.

El barco había atracado con precisión fotográfica justo frente a la explanada de los periodistas, y a las ocho de la mañana docenas de cámaras recogían la estampa del Hondius, que parecía un crucero maltratado por el tiempo y en su día capitaneado por Joseph Conrad. Los periodistas, como es habitual, no sabíamos nada, y se preguntaban unos a otros hasta que la superioridad ministerial soltara prenda. Según la percepción general, el Hondius era un barco sorprendentemente pequeño para albergar una amenaza tan grande. En la explanada, como en el poema de Eliot, un embajador y varios cónsules iban y venían hablando de Miguel Ángel, es decir, de cualquier cosa salvo del virus andino. Se les distinguía fácilmente porque no llevaban el ridículo chaleco refractante que se obligó a poner a periodistas y fotógrafos y todos parecían practicar pilates o calistenia. El sol empezaba a pegar fuerte. Seguían llegando periodistas. Los de televisión contaban una y otra vez lo mismo: ahí está el barco, lo rodean lanchas de la Guardia Civil, eso que oyen es un helicóptero, los pasajeros serán trasladados con la máxima seguridad. Por fin se convocó a los medios, y los primeros en traspasar las vallas de seguridad y hacerse un hueco frente al micrófono de la ministra fue un equipo chino de televisión. Intentaron aplacarlos hablando como los chinos de las películas y de los chistes de Pepe da Rosa, pero una periodista del grupo dijo en un español cristalino bajo el ceño fruncido:

- Periodistas de la televisión de la República Popular China.

El del Ministerio retrocedió como si se le echara encima el Ejército Rojo. De su recoleta tienda de campaña salieron Mónica García, una profesional de la sonrisa enrollada, Fernando Grande Marlaska, siempre con el aspecto engurruñado de haber superado una tisis con mediano éxito, y Ángel Víctor Torres, cuya coronilla y barriguita consiguen humanizarlo indefectiblemente. La ministra estaba radiante, sin duda, porque el bien estaba venciendo al mal, y quien presidía la victoria era nada menos que ella misma después de semanas lidiando con una huelga de médicos con la que no sabía qué hacer. Resumió la situación del operativo en marcha y muy sucintamente avanzó el orden por el que los pasajeros abandonarían el buque, empezando por los españoles, como ya se había comentado. Cuando le preguntaron por las declaraciones de Clavijo casi se encogió de hombros. No mencionó al presidente ni al Gobierno canario. «No nos va a distraer el ruido, estamos aquí por responsabilidad y solidaridad, para resolver esta situación con las máximas garantías sanitarias e impedir así cualquier riesgo de contagio». Y volvieron los tres a su tienda de campaña, donde estaba el mandamás de la OMS, directamente conectados con los equipos de seguridad del aeropuerto Reina Sofía, porque la obsesión metodológica consistía en no desplazar a los pasajeros al aeropuerto hasta que los aviones no estuvieran a punto de despegar, a fin de abreviar su estancia -por mucha estanquidad que se proclame- en las instalaciones aeroportuarias. Unos minutos más tarde el Hondius comenzó a girar sobre sí mismo hasta que comprendimos que su propósito era hurtar a los periodistas la imagen del descenso de los pasajeros hasta la patrulla de la Guardia Civil, que se efectuaría por estribor. Un locutor radiofónico de insondable sabiduría lo explicó amablemente a todos:

- Está claro, lo hacen para proteger la intimidad de los pasajeros.

- Pero qué intimidad, si desde aquí no se ve nada.

- Todos tenemos derecho a la intimidad, se vea o no.

Mientras empezaba el transporte en la explanada los botellines de agua empezaban a apreciarse de verdad y te encontrabas con gente sorprendente, como Adasat Goya González, director del Servicio Canario de Salud, que daba paseos cortitos, miraba en lontananza con la melancolía de un príncipe guanche e intercambiaba algún comentario con el director general de Salud Pública del Gobierno de Canarias, José Díaz Flores, de evidente mejor humor que su jefe. Si Clavijo había decidido no incorporarse al puesto de mando del operativo, ¿que hacían bajo el solajero de Granadilla el director del Servicio Canario de Salud y su inmediato subordinado? Por fin apareció la lancha con los primeros siete ciudadanos españoles que abandonaban el buque. Aunque estaban lejos eran fácilmente identificables porque se les distinguía envueltos en una indumentaria de aislamiento de un color azul pitufo, mientras los sanitarios llevaban un traje blanco impoluto cerrado hasta los puños y con la cabeza encapsulada. Llegaron al pantalán en tres minutos y subieron al muelle con cierta lentitud, por pura prudencia. Los esperaban dos autobuses rojos de la Unidad Militar de Emergencias. Llevaban unos grandes bolsos blancos, supuestamente, con los mínimos objetos de equipaje que se les permitió. Allí, junto a los autobuses, esperaron un rato, tal vez diez o doce minutos. Eran seis o siete. No mostraron ninguna curiosidad por las cámaras ni por los saludos de algunos periodistas. Salió otra vez la lancha para buscar a la otra mitad de los españoles. Y por fin los primeros tomaron la guagua -sentados aisladamente, nada de grupos- y salieron hacia el aeropuerto. Pasaron cerca de plumillas, fotógrafos y locutores y tampoco hicieron maldito caso a los saludos renovados y solidarios de los más entusiastas. En cambio servidor se quedó un poco atónito cuando pudo ver, fugazmente, como una de las pasajeras rescatadas se había quitado uno de los guantes y otro llevaba la mascarilla mal colocada. En las fotos de su traslado a tierra puede verse, asimismo, que los pasajeros no levaban guantes y que algunos iban con pantalones cortos y los trajes azules les llegaban hasta las rodillas. Pero la guagua de los primeros siete afortunados ganó velocidad mientras la seguía durante un rato un dron militar más silencioso que cualquier gaviota de la costa.

Mientras se esperaba la segunda lancha conseguir agua se había convertido casi en una cuestión existencial. El responsable de la mala instalación de los periodistas, es decir, de no poner a disposición de la prensa, la radio y la televisión, era el presidente de la Autoridad Portuaria, Pedro Suárez y López de Vergara, que llegó a la explanada como si desembarcase en un encuentro social, quizás un coctel, y se dedicó, básicamente, a agasajar al embajador -un hombre joven que en algún momento había aprendido a no sudar- y a los cónsules reunidos. Así como los reyes llevan la corona y el cetro como símbolos de su autoridad, Pedro Suárez (y López de Vergara) sí se había puesto el chaleco refractante y llevaba cubriéndole la cabeza una cachucha muy profesional. Era casi tan extraño como otras presencias ya mencionadas la del presidente de la Autoridad Portuaria, que mantuvo una poco matizada ambigüedad en la tarde y la noche del sábado, como si pudiera hacer algo distinto a lo decidido por el Gobierno de España que, como es obvio, tiene las competencias y el control de los puertos del Estado. El mismo Suárez es empleado eventual del Gobierno central. ¿Se incorporó finalmente al puesto de mando? ¿Estaba a disposición de los ministros presentes en Granadilla? Allí, en la explanada en la que decenas de periodistas se turnaban para poder sentarse en las pocas sillas disponibles y escribir en sus ordenadores portátiles, Pedro Suárez estrechaba la mano de cónsules como si él mismo perteneciera al cuerpo diplomático, intercambiaba algunas risas, daba amistosos golpecitos en el hombro a su interlocutor, se rascaba la calva parsimoniosamente como si tuviera todo el tiempo del mundo, parecía transmitir alguna confidencia insignificante. Por fin apareció la segunda lancha tras el barco. Parecía navegar más rápido. Yo juraría -si acostumbrase a jurar- que un pasajero se estaba colocando ya en la lancha la dichosa chaqueta color pitufo. Un compañero me pasó unos prismáticos. Efectivamente, tres de los transportados en el segundo viaje tampoco llevaban guantes. Igual la estanquidad, como la solidaridad o el orgullo patrio, es básica y felizmente un sentimiento.

La segunda tanda subió a las guaguas de la UME y emprendió camino al aeropuerto. En esta ocasión ya solo saludaron con la mano cuatro o cinco periodistas. Afortunadamente algunas nubes bajaban desde las medianías hasta la costa y el sol daba treguas. A la media hora, aproximadamente, algunos periodistas que seguían el traslado desde el Reina Sofía nos informaron que el avión de los españoles había despegado hacia Madrid. Lo vimos sobrevolar el puerto y algunos intentaron grabarlo con los móviles. Casi me produjo compasión. El avión rugió triunfalmente y se perdió en el horizonte. Los tres tenores ministeriales aprovecharon la ocasión para convocar un segundo encuentro con los periodistas y allá nos fuimos todos otra vez, y en esta ocasión a la señora García y los señores Grande-Marlaska y Torres los acompañaba el director de la OMS, Tedros Adhamom, un inmunólogo etíope que lleva al frente de la entidad nueve años. García se felicitó de que todos los españoles -asintomáticos- volaran ya hacia Madrid y subrayó que todo iba fenomenal pese a la complejidad de la operación. Los últimos que abandonarían el barco y el suelo español serían los australianos, «porque como pueden ustedes imaginarse un avión tarda tiempo en llegar desde Australia». El argumento, de verdad, sonó un poco Barrio Sésamo. También aclaró que el barco holandés repostaría en el mismo muelle de Granadilla, no en el de Santa Cruz. Y por último, casi por decir algo, se refirió de nuevo a Clavijo, al que pidió que «nos dejara trabajar». Se supone, por supuesto, que esto no es una declaración política. Es pura solidaridad, pura ciencia, puro espíritu de colaboración.

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